
En esta lámina, que también incluía otras insignias nacionales del país (como el animal patrio, el árbol patrio, etcétera), se indicaba claramente que el rojo de la bandera debía ir arriba cuando la bandera flameara en forma horizontal. O, en su defecto, a la izquierda si es que la bandera se colgaba verticalmente.
Las autoridades lanzaron una campaña en todos los medios nacionales para evitar ver las banderas colgadas al revés. No pudieron evitarlo. Aún hoy, esa bandera de la nación arco iris se ve indistintamente colgada de cualquier manera. Quizá tenga que ver con su cantidad de colores: es difícil identificar su reverso y su anverso, su arriba y su abajo. Pero también tiene que ver con que esa bandera es una mutación, una suma de otras banderas. Sudáfrica, como se conoce hoy, es un país demasiado joven como para haber aprendido sus símbolos correctamente. Recién está en etapa de aprendizaje y de unificación.
Para su diseño, se tuvieron en cuenta los colores de las antiguas banderas sudafricanas que se usaron durante la época del apartheid y se las combinó con aquellas que representaban a los partidos políticos negros. Todos los colores de la actual insignia estaban presentes en esas otras. Incluso había uno más casi unánime, el naranja, que no se llevó a la bandera actual porque se confundía con el rojo cuando la bandera flameaba al sol.

Y allí está la resultante, negro, amarillo, verde, azul, rojo. La forma de "Y" acostada que ornamenta la bandera también responde a una intención: simboliza los caminos separados que se unen. La nación dividida que se hace una sola. Nelson Mandela insistió en que se utilizara esta bandera para alentar a los Springboks en la Copa Mundial de Rugby de 1995. En aquel momento se la veía mezclada con la antigua en las gradas del Ellis Park. Hoy, la vieja es sólo un recuerdo de museo.
El otro símbolo patrio en proceso de aprendizaje es el himno. También este resulta un híbrido entre dos canciones anteriores. Una era "Nkosi sikelel' iAfrika", que significa "Dios bendiga a África" en IsiXhosa, que representaba a la porción negra de la población. La otra era "Die Stem van Suid-Afrika", que quiere decir "El llamado de Sudáfrica" en Afrikaans, y usaba la porción blanca del país.
El himno actual mezcla ambas, e incluso está compuesta por cuatro párrafos, cada uno en un idioma diferente. Arranca en IsiXhosa, pasa al Sesotho y continúa en Afrikaans, primero, y por último en inglés.
Estas son sólo cuatro de las 11 lenguas oficiales que tiene el país. Es por eso que en aquel mismo suplemento aparecía la traducción de la letra a cada uno de estos lenguajes. La idea es mostrarle al pueblo qué es lo que se está cantando en su propio idioma.
Resulta bastante necesario todavía, es cierto. Basta ir a ver un partido de Sudáfrica en el estadio para ver a miles de personas con un papel en la mano a la hora de cantar el himno. Todavía no saben la letra. Y, en muchas ocasiones, ni siquiera la entienden.

JOHANNESBURGO -- En el estadio Soccer City, un hincha sudafricano aparece con seis botellas de cerveza. Tiene dos en cada mano, sostiene la quinta haciendo presión con las otras cuatro y lleva la sexta tomada con la boca. "Compartirá con sus amigos", pienso, y lo sigo con la mirada hasta su asiento. Está solo. Guarda cinco de sus preciados tesoros debajo del asiento y empieza a sorber, lenta, dulcemente, sus primeros tragos.
La práctica, con el pasar del Mundial, se va multiplicando, sin importar la nacionalidad del portador. Comprar una cerveza es lo menos común: la gente camina por los pasillos con dos, tres o cuatro porrones para saciar su sed de alcohol. La hidratación no puede ser la causa: el calor arrecia. Igualmente, la consecuencia tampoco resulta nefasta: ni una sola vez, dentro de esos predios gigantes que albergan las canchas, el clima se pone violento.
Sin embargo, allí está la tendencia. Gente que bebe, y mucho. Y una empresa, Budweiser, con exclusividad de venta, con stands exclusivos dentro de cada estadio, en los que sólo hay heladeras con su producto (las gaseosas y la comida se venden todos juntos, por separado del alcohol). La botella se vende sin tapa, en un envase plástico marrón que simula ser vidrio, y que vale 30 rand: menos de 4 dólares.
¿Gente usando vuvuzelas como embudos para introducir cerveza en su boca? Claro que sí, también, a la orden del día. Es que para la empresa estadounidense tanto como para la organización del mundial, la consigna es clara: nadie deja Sudáfrica hasta que se haya bebido la última gota. Y en total, hay mil millones de litros en gotas de cerveza para consumir. Mucho, demasiado quizá para un mes.
En un ejemplo de movida de márketing, las empresas cerveceras que se quedaron fuera de este acuerdo intentaron recortar un poco la diferencia de ventas llevando camiones contenedores a las ciudades que albergaban un partido para poder abastecer en corto tiempo a los pubs que tuvieran bajo stock de su producto. Incluso la empresa argentina Quilmes llevó un bar móvil a Sudáfrica, que instaló cerca de los estadios cada vez que jugó Argentina.
El único temor restante después de toda esta cuestión es si la cerveza sería suficiente. En las primeras semanas del Mundial, los Fan Fest (festivales gratuitos con pantalla gigante) de Pretoria y Sandton albergaron una cantidad de gente tan enorme que los sitios de venta de alcohol tuvieron que cerrar. Aunque en principio se temió que esto fuera por causa de la falta de abastecimiento de cerveza, la SAB (South African Breweries, Cerveceras de Sudáfrica) lo desmintió rápidamente vía su vocera Robyn Chalmers.
"La razón para dejar de ofrecer cerveza en esos casos fue por una cuestión de seguridad. Los fanáticos habían comenzado a ponerse agresivos.", comenta Chalmers y agrega un punto de preocupación para lo qu resta del Mundial. También sostiene que tienen una respuesta: "Tenemos muy claro cuáles son nuestras responsabilidades, y desde la segunda semana del Mundial cooperamos con las autoridades en la resolución de situaciones que podrían causar un daño potencial al torneo".
La SAB estima que venderá unos 100 mil hectolitros extra de cerveza en el Mundial, comparado con un mes cualquiera. Lo que resulta en 300 millones de botellas de 340 centímetros cúbicos. "Nos aseguramos de estar preparados para ello tanto operacionalmente como en la logística", agrega Chalmers.
Amplía: "Nuestros procedimientos garantizan que todos los vendedores tengan stock suficiente y que haya reservas. Aumentamos la producción de cerveza en mayo y abril, meses previos al evento, e incluso llevamos camionetas refrigeradas con stock adicional a los estadios en los que se juegan partidos importantes para rellenar refrigeradores en caso de ser necesario. También hay un número para los clientes, al que pueden llamar en caso de precisar un abastecimiento de emergencia".
No sea cosa que la fiesta se termine y todavía sobren un par de botellas. O peor aún, pecado enorme, un par de miles.

JOHANNESBURGO -- Un hincha inglés, antes del duelo ante Eslovenia, ofrece a su hijo a cambio de una entrada para el Mundial. El hombre se ríe, es un chiste. Pero el mensaje de fondo está bien claro: precisa una entrada, y va a pagar un precio alto para obtenerla.
Y aunque sesupone que los tickets están agotados, puedo asegurarles que ese hombre consiguió lo que quería. Es que la reventa está fuera del control de cualquier autoridad en este Mundial.
Resulta tan sencillo como ir al estadio y esperar en las cercanías por algún oportunista. De cuando en cuando se acercará cautelosamente a nosotros y nos susurrará la plabra mágica: "¿Tickets?". Los precios, un poco inflados, suelen arrancar en un 50 por ciento de sobrevalor con respecto a las compras originales. Pero eso quiere decir, sin más, que para los partidos de primera ronda se podían comprar entradas minutos antes de un encuentro desde 60 dólares. El precio más oneroso que yo llegué a escuchar fue de 300 dólares. Tampoco parece una fortuna.
A veces no hace falta acercarse tanto a la zona del partido. Con caminar por los shoppings de Sandton, Rosebank o Melrose Arch, cerca de Johannesburgo, o acercarse a las pantallas gigantes de los Fan Fest, también parece alcanzar. "¿Tickets?", se escucha.
En el partido de Argentina ante Grecia me encontré con un par de hinchas del equipo de Maradona que buscaban llegar al estadio. Les indiqué el camino correcto y me respondieron con un agradecimiento inquisitorio: "Genial, ahora falta que sepas quién necesita tickets y estamos completos". Ellos también buscaban una ganancia con su entrada de más.
En el aeropuerto, se suele ver a fanáticos de selecciones eliminadas sacándose de encima las entradas para octavos y cuartos de final, a unos 50 o 60 dólares más que el precio oficial.
El problema básico para el control de FIFA es ese mismo: no se trata siempre de revendedores profesionales. Si bien la policía ha logrado algunos arrestos (por ejemplo, un nigeriano fue sentenciado a tres años de carcel al encontrarse en posesión de 30 tickets robados por valor de 6.500 dólares), en general su fuerza resulta inútil ante el pequeño comerciante. Se trata de fanáticos que adquirieron sus boletos de manera legítima o empleados de empresas que las recibieron de regalo y quieren revenderlos. La seguridad no puede tomar medidas contra estos individuos.
Este último caso es bastante común, según el diario local The Star. "Parece que compañías extranejras en Estados Unidos, Gran Bretaña, México, Alemania, Francia y Holanda otorgan tickets legítimos a sus empleados y estos los terminan revendiendo. También sucede que empresas de venta de estos países comercian de manera legal sus tickets con revendedors, que a su vez hacen un negocio propio e ilegal".
El sistema es complejo. Su control, casi imposible. Según los cálculos más optimistas, al menos un 25 por ciento de la asistencia final a los estadios está compuesta por tickets de reventa. Algunos medios locales han llegado a decir que se trata de un 40 por ciento. Si esto se evitara, habría que enfrentar el problema de las gradas vacías, un mal que la FIFA prefiere evitar a toda costa.

Además, ¿cómo se hace para controlar si las entradas que ya fueron vendidas se vendieron a legítimos hinchas o a revendedores? Cada entrada tiene el nombre de la empresa o del individuo que la adquirió, pero en ningún momento de la entrada al estadio se verifica si ese nombre coincide con el portador del boleto.
Aún peor resulta la burla explícita a los mecanismos de venta de la empresa madre del fútbol mundial. El Ticket Centre de FIFA sacó a la venta un remanente de boletos para octavos y cuartos de final. Cuando se agotaron, los revendedores se acercaron a ese mismo centro para negociar con los que no habían conseguido su entrada de manera oficial.
Quizá lo más grave de todo es que aún hoy se revenden tickets pertenecientes a los dirigentes de las federaciones, con la inscripción "Not for resale" ("No usar para reventa"). Muchos directivos de seleccionados nacionales hacen negocios con las entradas de favor que reciben de FIFA.
El gran inconveniente que genera esta cuestión de la reventa es la desigualdad de oportunidades. No alcanza con ser apasionado, paciente y previsor: llegar temprano, hacer cola, buscar una entrada. Para comprar un boleto, uno puede llegar 20 minutos antes del estadio, sin tickets, y resolver todos sus problemas con un sólo factor: el dinero.
No parece demasiado justo.

JOHANNESBURGO -- Ayer, por primera vez, vi un partido de este mundial fuera de la ciudad: me trasladé hasta Polokwane para ver el duelo entre Argentina y Grecia.
Fueron unos 600 kilómetros de viaje en total. Como toda la experiencia -que duró desde las 11 de la mañana, cuando subí al omnibus, hasta las 3.30 del día siguiente, cuando regresé a mi hotel- resultó extraordinaria, decidí elegir 11 momentos, como postales, en orden cronológico, de lo que fue sucediendo en un día de furia.
1) Viajé en un bus de 69 asientoss, aunque sólo había 28 pasajeros, casi todos argentinos. También acompañaba un chileno y un estadounidense, pero digamos que podíá pasar tranquilamente por un vehículo partidario. Tras una hora y media en la ruta, el grupo decidió que la parada obligada para reabastecer víveres sería en una estación de servicio. Cuando llegamos, descubrimos que unos 1500 hinchas embanderados con sus colores habían tomado la misma decisión. Todo era azul y blanco: griego y argentino. Los cantos no se hicieron esperar y se dio una batalla dialéctica entre dos hinchadas que no se entendían ni una palabra, pero no lo necesitaban: se entendían perfectamente. Entre grito de aliento y canción enfervorecida, se daban algunas fotos conjuntas y algún diálogo internacional, en inglés. Yo escuché este:
Argentino: -Hoy les ganamos, van a ver.Griego: -¿Juega Messi?
A: -Sí, dicen que jugaría un tiempo.
G: -Bueno, mejor, así podemos verlo al menos un rato en acción.
A: -Mejor sí, mejor para nosotros.
G: -¿Y de Grecia quién les gusta?
A: -Charisteas es bueno...
G: -¡Pero Charisteas hoy no juega!
A: -¿No juega? ¿Ustedes no tienen que ganar?
G: -Vamos a concentrarnos primero en no perder...
A: -Jaja. Me parece muy bien. Ojalá que no lo logren.
G: -Les deseo mucha mala suerte para hoy, y muy buena para el resto del mundial.
Nos fuimos. Compré un paquete de papas fritas y una gaseosa. No había sandwiches. Eran las 12.30
2) Apenas llegado al estadio me señalaron un cartel grande, a la derecha de nuestro estacionamiento. Caminé 600 metros y llegué a una especie de campamento argentino organizado por una cerveza de ese país. Había latas frías a precios módicos e incluso un par de rubios sudafricanos que vendían unas salchichas de dudosa procedencia mientras anunciaban entre la risa de los sudamericanos: "Un choripán, boruro". "Boruro", para quien dude, es la fonética traducida en afrikaans para el cordial insulto argentino "boludo". Me comí un choripan. Era espantoso. Y era cualquier cosa menos un choripán. Eran las 14.30.
3) Un poco más allá, una pantalla gigante enfrentada por una multitud era un llamado ineludible. Era uno de esos famosos Fan Fest, los centros que FIFA creó para que los hinchas puedan ver los juegos del Mundial en espacios públicos. En ese momento había dos partidos, jugaban Uruguay-México y Sudáfrica-Francia. Por supuesto, los sudafricanos preferían ver a su selección, y ése fue el duelo elegido para la transmisión multitudinaria. Me acerqué abrumado por la cantidad de gente. Disfrute de la pasión local y hasta me puse un rato largo del lado de los Bafana. Grité tres goles. Dos valieron y uno fue anulado. Vibré con una platea enloquecida que cantaba. CANTABA. Y tocaba las odiosas vuvuzelas. Pese a la victoria parcial de Sudáfrica, resultaba imposible averiguar el resultado del otro partido del Grupo A. Llamativamente, nadie tenía una radio de mano o un teléfono para preguntar a un amigo cómo estaba la cosa. Me fui justo antes del gol de Francia. Menos mal. Eran las 16.20, más o menos, cuando enfilé hacia el estadio.
4) Antes de entrar en la cancha pasé por el micro que me había llevado hasta allí para buscar un abrigo. Subí, y el chofer estaba descalzo, con los pies entre el tablero y la palanca de cambios. Nada alarmante. A su lado, sin camisa, y con una barriga prominentemente desnuda, estaba acostado el chofer de un micro vecino. Un hombre obeso y negro de imponente porte que ocupaba al menos cinco asientos vacíos. "¿Todo en orden?", pregunté. "One hundred percent", fue la respuesta. Parece que es una expresión común. Se acercaban las 17.
5) Perdón, vuelvo atrás, de nuevo son las 16.10. Dije: cantan. Y cantan estos muchachos como ninfas griegas, como musas inspiradas por el arte. Cantan una canción divina que era un himno minero y que está ausente en el mundial ante el sonido unísono e insoportable de las cornetas. Cantan y agitan en el aire sus vuvuzelas. Cantan y armonizan, y las mujeres esperan su turno para cantar su parte. Canten, señores. Canten. Y ellos cantan. Pregunto. Un muchacho se ríe, escribe en su celular una palabra y me la muestra. "Shosholoza", dice. Busquen en YouTube. No se la pierdan.
6) A las 17.10 ya estaba en el estadio, una joyita recién estrenada de dimensiones modestas y el lujo de la novedad. Di vueltas, compré una camiseta de regalo para mis amigos en un Fan Shop. Busqué sin éxito algún stand donde vendieran café. Fui al área de fumadores a espiar hacia afuera mediante un alambrado. Pasó un patrullero, y otro. Y un vehículo de seguridad, y uno más, y cinco. Una caravana seguida por un helicóptero. Faltaba el tanque. En su lugar pasó un micro con la bandera griega. "Hellas", me dijo un viejo fumador helénico. Eran los jugadores. Eso pasó cerca de las 18.30. Todavía faltaban dos horas para el partido y yo ya estaba listo para irme a casa lleno de recuerdos.
7) El primer tiempo dejó muy poco, pero en el entretiempo un argentino beodo comenzó a gritar en un baño repleto: "¿No era que los griegos estaban pobres? ¿Si están tan mal qué hacen en el estadio? ¡Son mentirosos! ¡Mentirosos! ¡En 2001 cuando Argentina estaba en crisis nadie viajaba a ningún lado! ¡Tenemos que alentar a Argentina porque los griegos son unos farsantes!". Mis ganas de volver a casa se redujeron notablemente. Muchas veces uno siente vergüenza de su nacionalidad. A mí me pasó cerca de las 21.30.
8) Messi pegó un tiro fenomenal en el palo. La hinchada argentina coreó su nombre por primera vez por una actuación en la Selección. Palermo hizo un gol que sólo los argentinos pueden poner en perspectiva. Yo perdí noción del tiempo y de las sensaciones. Dejé que sonara el bombo y la gente gritara, pensando que -pase lo que pase- Maradona ya superó las expectativas de la mayoría.
9) De nuevo en la ruta hacia el ómnibus, los festejos eran mucho más medidos que lo esperado. Los griegos, sobrios, sin tristeza, buscaban su camino de regreso. A mi lado, un muchacho argentino recibió una oferta europea: "Te cambio la camiseta". La respuesta fue un gesto universal, la cabeza de un lado a otro y un significado único: no. Los argentinos no se quieren desprender de sus colores. No por ahora. "Él no la necesita más", me explica el fanático. Él sueña. Yo tengo sueño. Son las 23 y pienso que no voy a llegar a mi hotel hasta las 3 de la mañana. Todavía no lo sé, pero tengo razón. Tres muchachos, desesperados, se acercan a preguntar si nuestro bus va a Johannesburgo. "Nos abandonaron de la agencia de viajes. Nos dejaron acá", aseguran. Les decimos que suban con nosotros. Ellos se van. Un misterio. Espero que hayan llegado bien,.
10) A las 23.30 estamos listos para salir. Subo al ómnibus y el gordo de torso desnudo sigue allí, pero ahora vestido y a punto de partir para su propio vehículo. Nuestro chofer, en cambio, se ve sospechosamente arropado con guantes de lana y un gorro térmico. Arranca y enfila el rumbo de nuevo a Jo'burg. Le pedimos que prenda la calefacción, el frío aprieta. El clava la velocidad a 120 kilómetros por hora, unos 20 por encima de la máxima permitida, y dice que sí: "Ya la prendí, ahora calienta". Pasa de todo menos lo que él predijo. Eso sí, a su lado mantiene dos cajas con pollo frito que, guantes y todo, se va comiendo sin mover un ápice la aguja de su velocímetro. ¿La calefacción? "Ya calienta". Come y maneja. Y pelea para poner en su lugar una radio que no parece querer entrar en su sitio. "¿Todo en orden?", le preguntamos. "One hundred percent". Son las 2.30 y ya me gustaría estar acostado.
11) Subo al ascensor, agotado, con otro señor argentino. Tres empleadas del hotel se ríen sonoramente, y los dos sospechamos que se ríen de nosotros. "¿A qué piso van?", pregunto. Una de ellas toca todos los botones, del 1 al 8. Yo me iba a bajar en el séptimo y la demora no me hace gracia. Ellas se ríen todavía más. "Estábamos esperando a un cliente del Spa que iba a llegar a las 12 de la noche. Nunca vino", explpican. Las risas continúan. "Ustedes están fumando mucho", acota mi compañero de viaje, y se baja en el cuarto. En los tres pisos que restan una de ellas grita su confesión: "Estoy tan borracha". Está bien. A las 3.30, todo vale. Incluso en los hoteles.
Getty Images¿Serán griegos reales o estarán camuflados? Todo puede ser...JOHANNESBURGO -- España está precalentando para su partido ante Honduras. Un hombre morrudo, con un aro en cada oreja se me acerca con una cámara en la mano. Tiene puestas una bufanda y una camiseta de la selección española. Lo acompaña su novia, una rubia de pelo corto con una campera roja y amarilla. Lleno de fe, le hablo en español: "¿Quieren que les saque una foto?". Desconcertado, él me mira y vuelve a señalar su cámara. No entiende una palabra de castelllano.
Pienso, en un arrebato de inocencia, que es un local que le tomó cariño al equipo de Del Bosque. Sin embargo, no: es estadounidense. Su selección todavía está viva en el Mundial y él anda por el Ellis Park alentando a un equipo ajeno. Su nombre es Paul, y vive en Atlanta, Georgia. Y es el típico exponente del hincha camaleónico.
"Aquí, uno tiene que ser fanático de un equipo diferente cada día", asegura convencido. Su doctrina parece aplicarse con muchísima justicia. Para él, como para muchos otros, la neutralidad es aburrida. Es cierto que algunos presencian duelos ajenos con las camisetas de su propio equipo. Pero son los menos. La generalidad es usar los colores del que juega, por lo general del equipo más fuerte (léase: Brasil, Inglaterra, Italia, Argentina, España), sin importar la nacionalidad de origen del portador.
"Ayer jugaron Costa de Marfil y Brasil -continúa Paul- y yo tuve que vestirme entero de naranja. Compré una camiseta, un chaleco, unas medias. Todo". Él, obviamente, no es el único que sigue esa costumbre. Delante mío, cuatro hombres de habla desconocida con la cara pintada visten la ropa de Cesc Fabregas. Ante el interrogatorio, confiesan ser de Argelia. Dos jóvenes despechugadas se acercan adrede a los fotógrafos para que retraten sus cuerpos breves pintados de rojo y amarillo. Una de ellas, rubia, tiene el 9 de Torres dibujado en la cara. De nuevo, ante la consulta, admiten nacionalidad: australianas.
El fenómeno del camuflaje se ve facilitado por los Fan Shops, esas carpas de venta que están dentro de los estadios, y que facilitan al fanático la posibilidad de comprar cualquier adminículo ligado a la selección que se presenta en el campo de juego. Que alguien esté vestido hasta el tuétano con los colores de España no significa, para nada, que sea Español. Puedo asegurarlo.
Pero hay otro factor importante que influye directamente en esta cuestión. Y lo explica Jean, uno de los muchachos marroquíes: "Nosotros somos fanáticos del Arsenal, y Fabregas está aquí, jugando, es obvio que lo vamos a apoyar". Secunda Paul: "Yo sigo a muerte al Chelsea, por eso ayer estuve con Drogba y los Elefantes".
Esto es muy común aquí, en Sudáfrica, como lo es en miles de otros países. El fanatismo loco por clubes europeos, extranjeros y lejanos. En este caso, hay un punto que delata el amor de los espectadores por el fútbol inglés, y es la ovación que recibe cada jugador en el momento de ingresar a la cancha. Salvo algunas excepciones obvias (Messi, Cristiano Ronaldo, Kaká), los hinchas enloquecen por los hombres con presente o pasado en la Premier League.
Así, desde mi experiencia presencié griteríos dedicados a jugadores como Xabi Alonso, Fernando Torres, Robinho, Drogba, Kolo Touré, Kalou, Tévez, Mascherano o Ji Sung Park que superaron por mucho al aliento para, por ejemplo, Maicon, Xavi Hernández, Iniesta o Yaya Touré, como para nombrar a algunos futbolistas pertenecientes a los clubes más exitosos de los últimos años.
Fanatismo extranjero, colores ajenos, aliento propio. Esa es la lógica en los estadios del Mundial. Claro que hay hinchas auténticos, viajantes de sus propios países. Pero créanme que, por ahora, son minoría. La ilusión de los estadios llenos de color se crea con esta ilusión óptica: hombres vestidos de rojo y amarillo que no hablan español.
JOHANNESBURGO -- Comer en Sudáfrica es una experiencia apasionante. Cuando uno puede escapar a los clásicos restaurantes que ofrecen los innumerables centros comerciales (restaurantes que, debo admitir, superan ampliamente lo que uno podría esperar de un patio de comidas de un mall), se encuentra con una variedad y una calidad notables.

Los platos locales más clásicos son el boerewors (una especie de salchicha que suele servirse con puré), el biltong (carne seca y salada que por lo general se consume como un snack), los vetkoek (una masa frita rellena de carne) y hasta el Bobotie (a falta de sustantivos y adjetivos que le hagan justicia diré que es como un pan de carne que se suele acompañar con algún componente agridulce). Las cocinas locales también ofrecen variedades magníficas de pollo, pizzas y pastas respetables, sandwiches calientes de todo tipo, combinaciones de ensaladas increíbles y una variedad marítima de primera calidad. La santísima trinidad, podría decirse, es el pollo, la palta y la mayonesa, que es invariablemente ligera y casera.
La más notable aventura culinaria en Johannesburgo ocurre en un par de lugares típicos que sirven carne de animales exóticos. Los más tradicionales son Gramadoelas, en el centro de la ciudad, o Carnivore, una laureada parrilla algo más popular en la que se sirve jirafa, cebra, kudu, impala, avestruz, cocodrilo y otras especies según la variedad del día. Cada jornada, el comensal se garantiza elegir entre al menos cuatro de estos manjares.
Ahora bien, comer en los estadios es otra cuestión completamente diferente. En principio, la oferta es limitada. Si uno quiere ingerir algo caliente, se deberá conformar con una salchicha. Hay de tres tipos: regulares (Hot dog), rellenas con queso (Cheese Dog) y picantes (Chili dog, aunque no tenga estrictamente chili). Después se puede optar entre dos sandwiches fríos: pollo y mayonesa, o vegetales asados con queso cheddar. Ninguno de los dos es demasiado rico, a decir verdad. No hay mucho más.
Es posible comprar un paquete de papas fritas o esa carne deshidratada tan famosa en el país. Eso es todo. Para beber: cerveza o gaseosa de las marcas que son sponsors. Servidas en botellas plásticas y sin tapa, para evitar que éstas sean arrojadas al campo de juego. También hay café o chocolate caliente, y algún muffin dulce que prácticamente nadie compra.
Esto no sería tan importante si no fuera porque no está permitida la entrada de alimentos o bebidas al estadio. Aunque los guardias se ponen un poco más celosos con las botellas y dejan que se escabulla alguno que otro sandwich ilegal, la idea de FIFA es que la gente se alimente básicamente con estos grupos alimenticios.
Los precios, a pesar de la exclusividad, no son excesivos. Una cerveza cuesta 30 rand (menos de 4 dólares), igual que los panchos y sandwiches. Las bebidas cuestan 15 rand (menos de dos dólares). Pero el tema, aquí, es otro: ¿qué comerá un espectador promedio que vea 7 u 8 juegos durante este mes? Mucha comida chatarra.
El problema para la organización se dio con las voces que se levantaron para defender la comida sana. Ya había habido problemas antes de comenzaar el torneo por la oportunidad desperdiciada por el torneo, un campeonato a la vista de todo el mundo que cuenta con algunos de los atletas más impresionantes del planeta, para enviar un mensaje correcto acerca de la buena alimentación. Los sponsors ya eran un problema: Budweiser, Coca Cola y McDonald's no son precisamente un ideal de vida sana.
Pero la cuestión fue un poco más lejos con la escasez de opciones para la compra en los estadios. Un reporte previo al torneo de la Heart Foundation de este país, indic{o que el 29 por ciento de los hombres sudafricanos y el 56 por ciento de las mujeres padecen de sobrepeso, un mal que afecta al 17 por ciento de los niños entre uno y nueve años.
La presidenta del Foro Nacional del Consumidor, Thami Bolani, aseguró que el campeonato desperdició una "perfecta oportunidad para educar a la comunidad en cuanto a lo que es una alimentación sana". Además, el grupo World Cancer Research Fund (Fondo Mundial para la Investigación del cáncer) que asegura que hay evidencia concluyente de que el exceso de grasa en el cuerpo incrementa el riesgo de seis tipos distintos de cáncer, también tildó a la FIFA de elegir de manera irresponsable la alimentación de sus fanáticos.
Si uno hila fino, se dará cuenta rápidamente de que nadie está obligado a consumir. Cada uno puede decidir si come o no dentro del estadio. También se podrá alegar que un sandwich y un pancho son comidas sencillas para ingerir sin cubiertos, parado, sentado en una butaca o caminando en las afueras del estadio. Pero lo cierto es que, en juegos de dos horas de duración, con la recomendación de llegar antes para evitar inconvenientes y aglomeraciones, durante partidos que se programaron a la hora del almuerzo (13.30) y de la cena (20.30), una opción saludable no vendría nada mal.

JOHANNESBURGO -- La chica, coreana del sur, estaba casi llorando. Un guardia la tenía tomada del brazo, mientras hablaba con sus superiores mediante un comunicador de radio. Ella, joven, bonita, pintada en su cara con los colores de su país, lucía una falda muy, muy corta que coronaba un vestido/uniforme de colegiala traviesa tan rojo como el color de camiseta de su seleccionado. Era un típico exponente de la fauna mundialista. Algunos se visten de oso, ella se disfrazó de niña seductora. El guardia no la quería dejar ir.
Toda la escena tuvo lugar dentro del estadio Soccer City, justo detrás de la tribuna media lateral opuesta al sector de prensa. Allí hay algunos puestos de venta de comida y bebida. Allí se juntó la gente para engañar a su estómago antes del duelo entre Argentina y Corea del Sur. Allí daba el sol, y la falsa colegiala elegía ese sector para exponerse, también como una forma de evitar el frío que tan valientemente enfrentaba con sus piernas desnudas.
Pero el guardia no la dejaba ir. Tuvo que formarse un pequeño convoy de protesta a su alrededor para que finalmente soltara a esa muchacha. Solamente lo hizo cuando ella le prometió solemnemente que tenía un pantalón en su asiento, en la tribuna, y que se lo pondría de inmediato para cubrir su carne. El guardia le tomó la palabra y la siguiió con la vista hasta que se aseguró de que había cumplido.
En aquel momento pensé que había sido una curiosidad, apenas. Un capricho de un hombre de seguridad demasiado celoso. Pero el tema se complicó cuando una escena casi idéntica se repitió entre varias señoritas estadounidenses que, muy ligeras de ropa, acudieron al Ellis Park para alentar a su equipo nacional en su duelo ante Eslovenia.
¿Qué es, entonces, lo que está pasando en los estadios, que regulan la ropa que pueden y no pueden usar las fanáticas? El gran problema comenzó con el ya famoso conflicto entre FIFA y la marca de cerveza Bavaria. En el duelo entre Holanda y Dinamarca, 36 mujeres fueron detenidas, retenidas e interrogadas por utilizar un vestido corto de color naranja con el logotipo de esta compañía. FIFA no soportó esta "publicidad encubierta" y amenazó a estas señoritas con encarcelarlas hasta seis meses. Todo para proteger a Budweiser, empresa que tiene exclusividad de venta y publicidad en los estadios de la Copa Mundial.
En principio, FIFA aseguró que se trataba de mujeres sudafricanas contratadas por Bavaria para hacer publicidad en el estadio. Esto, se comprobó, era falso. Al menos en el caso de tres de ellas, las que pudieron hablar con la prensa, se trataba de holandesas. De hecho, dos de ellas, Mirthe Nieuwpoort y Barbara Castelain, quedaron efectivamente detenidas hasta que la propia Bavaria se hizo cargo de su fianza de 10.000 rand (unos 1.000 euros). De hecho, sus pasaportes aún no les fueron devueltos y serán enjuiciadas por algo así como una "emboscada publicitaria". Muchas de ellas enfrentaron estas acusasiones directamente en llanto.
Las chicas alegaron que no tenían relación comercial alguna con Bavaria, y que sencillamente se habían puesto un modelo de vestido naranja que había hecho famoso la esposa de Rafael Van der Vaart. Bavaria emitió un comunicado en el que aclaraba que los vestidos habían sido regalados en los países bajos con la compra de ocho cervezas, y que en total habían obsequiado unos 200 mil. El tamaño de la etiqueta azul con la palabra Bavaria escrita en blanco no superaba los cuatro centímetros.
Al parecer, un video que se subió en YouTube demostró que este grupo de mujeres habían ingresado al estadio cubiertas con los colores de Dinamarca, y sólo habrían revelado su vestimenta naranja dentro del estadio. También ciculó que un pequeño grupo de holandesas que sí tuvieron contacto con la empresa contrató a tres decenas de sudafricanas rubias que parecieran holandesas. Todo es bastante confuso.
Un par de frases pueden valer para graficar el conflicto. "No conozco ninguna ley sudafricana que le prohíba a la gente vestirse de naranja", fue lo que dijo Aad Meijer, vocero del ministerio de relaciones exteriores de Holanda. Peer Swinkels, representante de Bavaria aseguró que "la gente debería poder ponerse la ropa que quiera" y agregó: "Esta vez no pusimos nuestra marca en el vestido, y la FIFA no tiene el monopolio sobre el naranja".
Esta última afirmación se refiere específicamente a lo que pasó hace cuatro años, en el verano de Alemania 2006, cuando muchas mujeres que tenían el vestido naranja con la marca de Bavaria fueron intimadas a quitárselo antes de entrar al estadio. Eso resultó, sencillamente, en que muchas de ellas entraran a las canchas en ropa interior.
Eso, ahora, tampoco sería posible. La nueva metodología de la FIFA opera desde la paranoia. Prohibe las minifaldas provocativas y los vestidos excesivamente cortos. Mejor prevenir que curar, piensan, aunque ni siquiera saben qué previenen.
Sea como fuera, la compañía Bavaria consiguió muchísima más publicidad de la que hubiera conseguido si el tema se hubiera dejado de lado. Lo dice, fuerte y claro, Leyland Pitt, profesor de marketing en la universidad canadiense Simon Fraser: "Creo que la FIFA y la policía sudafricana terminaron pasando por tontos. Después de todo, uno pensaría que tienen mejores cosas que hacer que arrestar a un grupo de rubias bonitas".
Señores, escuchen a Pitt. Dejen que la coreana se vista como quiera.

JOHANNESBURGO -- Esta no es una ciudad sencilla. La gente de Johannesburgo tiene por costumbre cubrir largas distancias. Aquí, el automóvil es casi fundamental. En un paseo por Soweto uno puede encontrar miles de viviendas precarias con lujosos coches de lujo estacionados en su frente. Es la ley de la urbe y la autopista. Como en una buena ciudad estadounidense, faltan las veredas para pasear a pie. Miento: las veredas existen, pero sólo en el epicentro bancario y comercial de una ciudad que no late precisamente al ritmo del ocio. Entonces, ¿qué se hace cuando no hay un partido para ver en el estadio?
Las opciones son varias, aunque no demasiado cercana. Excluido el turismo ciudadano (léase: visitar Soweto, ver el Union Building en Pretoria), propongo dos categorías para cubrir las preferencias de los fanáticos.
SHOPPING, MALL, HOTEL, CASINO, SQUARELos grandes complejos de compras son casi un estilo de vida por aquí. Si uno transita una autopista (por supuesto, manejando al revés de como está acostumbrado, con lo cual en lugar de poner la luz de giro permanentemente enciende el limpia parabrisas) verá a uno y otro costado hoteles de lujo, que tienen sus propias tiendas, restaurantes y casinos. Para el Mundial, al combo se le agregan las pantallas gigantes.
Pongamos ejemplos concretos. La parada favorita de los que se alojan en este lugar es una plaza llamada Mandela Square. Claro que no es estrictamente una plaza, sino parte de un mega complejo hotelero en la coqueta ciudad de Sandton, a unos 15 kilómetros de Johannesburgo aunque sea parte de los suburbios, que cuenta con un shopping gigantesco, miles de sitios para comer y una pantalla en la que los fanáticos miran partidos que les son ajenos, mientras cantan por sus equipos propios. Por lo general, aquí predominan los mexicanos (y su "Cielito lindo" a capella), aunque también pueden verse muchos estadounidenses, hondureños, argentinos y brasileños
A unos 2 kilómetros del aeropuerto OR Tambo, se encuentra el flamante Emperors Palace, un sitio construido a la medida de Las Vegas, como una imitación en miniatura de la ciudad norteamericana, con cinco hoteles, un casino, un cine y un teatro. También tiene sus restaurantes, y se ha transformado en parada casi obligada para los argentinos y uruguayos por la carne que venden en una parrilla de su patio de comidas. Entre otros platos exóticos, se pueden comer filetes de kudu, de impala -un pequeño ciervo local- o de avestruz.
Un poco más cerca de la ciudad está Montecasino, otro extravagante shopping-casino, fabricado a la manera de un castillo medieval, que cuenta con su propia pantalla gigante. Para los más aventurados, Sun City, 200 kilómetros al norte, cuenta con el hotel más lujoso del país, The Palace, un paraíso que simula ser una ciudad perdida, con su propia pileta con olas y tres toboganes de agua (uno de ellos completamente cerrado, y por ende completamente oscuro). Allí, por supuesto, también hay casinos como parte de una cadena hotelera en la que hay un campo de golf con cocodrilos en sus lagos y en la que se pueden hacer actividades acuáticas,
En esta categoría las opciones abundan, porque los lugares varían. La actividad, muy poco: es comprar, apostar y comer. Aunque no lo crean, hacia allí se inclina la mayoría.

¿Usted quiere jugar con un cachorrito de león? Puede hacerlo en el Lion Park, a escasos 20 kilómetros de Johannesburgo. ¿Prefiere subirse a un elefante, o darle de comer? También es posible, en el Elephant Sanctuary, a 60 kilómetros. ¿Quiere ver monos? El Monkey Sanctuary, llamado también Bush Babies, está a la vuelta de esa esquina. ¿Tiene ganas de subirse a un huevo de avestruz a ver si sostiene su peso? Visite cualquiera de las granjas que proponen conocer a fondo estos animales. ¿Le gustan los cocodrilos? Aproveche su viaje al Lion Park y pase por la granja que los cría y los exhibe, a 2 kilómetros del parque de leones. ¿Le gustan las cheetas? También hay un parque privado para usted.
Las opciones ligadas a la vida salvaje que existen en los alrededores de esta metrópoli son prácticamente innumerables. Y aunque todos estos parques que nos acercan a las especies en cautiverio son apasionantes, las experiencias más codiciadas son aquellas en las que se puede interactuar con los animales en su habitat natural.
Ojo, es cierto que uno manejando su propio coche puede pasearse entre docenas de leones, por ejemplo, en el Lions Park. Pero cuando uno ve que un guía se baja de un camión entre los felinos y empieza a jugar con una botella de agua para que ellos se acerquen al camión del guía, no puede evitar sentir cierto desengaño ante la sospecha (certeza, en este caso) de que esos leones están domesticados.
En cambio existen reservas naturales que mantienen a su población de animales en estado puro. El Parque Kruger, la vedette absoluta de este país naturista en ese sentido, está a más de 500 kilómetros (y según dicen los lugareños, más de 10 horas en auto) de este lugar, con lo cual se vuelve casi inaccesible. El sustituto inmediato es la reserva Pilanensberg, la tercera más grande del país, con 500 kilómetros cuadrados.
Allí, lo que se hace es algo que los sudafricanos denominan Game Drive: manejar por caminos, casi siempre sin pavimento, mientras se busca entre árboles, lagos y pastizales espiar algún animal. A mí me tocó encontrarme con un elefante, dos rinocerontes, una manada de búfalos, unas cebras que casi estropean mi guardabarros (pasaron corriendo por delante y por detrás del auto detenido) y una especie de gacela que no pude determinar.
Claro que lo mejor fue el almuerzo, en medio de esa misma reserva. Paré a almorzar, desilusionado por tener que perder tiempo de esa cacería fotográfica. Sin embargo, allí, desde mi mesa, estaba a 20 metros de un pequeño lago en el que dos jirafas decidieron ir a tomar agua. Fue una escena increíble que se completó con la presencia de una manada de jabalíes allí mismo, y de unos springboks que se quedaron a una distancia prudencial, pero que también pude espiar. No menos de cuarenta argentinos habían tomado la misma decisión que yo, y ahí estaban, almorzando.
Lo más gracioso fue que un mono, más rápido que la vista, descendió de un árbol y ante el estupor general le robó la hamburguesa a un comensal. Estrictamente, le robó los dos panes, y dejó la hamburguesa. Les aseguro que la velocidad de la maniobra fue impresionante. El muchacho, un poco indignado, lejos de amargarse hizo su pedido a la camarera: "Tráigame otras dos hamburguesas. Una para mí. Otra para el mono porque esta no le gustó".

JOHANNESBURGO -- El 16 de junio no es un día más en Sudáfrica. Menos en Johannesburgo, particularmente en Soweto. En la actualidad se lo llama Día Nacional de la Juventud, es feriado. Y conmemora una de las muertes más terribles y más simbólicas en la lucha que el país supo cargar frente al apartheid.
La brutal razón de la congoja: ése día, en 1976, la policía asesinó a 566 niños que protestaban pacíficamente en las calles porque no querían recibir lecciones en afrikaans, un idioma que ellos consideraban el lenguaje del pueblo opresor. Uno de esos niños fue Hector Pieterson, de apenas doce años.
La muerte del pequeño Hector se transformó en un retrato periodístico de la situación sudafricana gracias a una fotografía del reportero gráfico Sam Nimza. En esa terrible imagen, se puede ver al niño al borde de la muerte, cubierto de sangre, con su compañero de escuela, Mbuyisa Makhubo. En esa foto también se ve a la hermana mayor de Pieterson, llamada Antoinette.
Hector recibió sus disparos en los cruces de las calles Moena y Vilakazi. Hoy, allí, se levanta un monumento en su honor. En esa misma esquina también está erigida la fotografía que recorrió el mundo. Para muchos, fue la clave para que el resto de los continentes se enteraran, finalmente, de lo que estaba sucediendo en este país.
Vilakazi es un camino pequeño, angosto, asfaltado y en subida, en el tradicional barrio de Orlando, en Soweto. Si uno camina desde la base de la calle hasta el monumento erigido en honor de Pieterson, se encontrará con las casas de dos Premios Nóbel. Verá, primero, la antigua morada del reverendo Desmond Tutu. Más adelante, de mano izquierda, chocará con la ex casa de Nelson Mandela.
Madiba (que según pude averiguar significa "el reconciliador"), vivió allí con su esposa Winnie. Más tarde, con su marido preso, Winnie pasó 27 años en esos cuartos. Cuando Mandela fue liberado, allí se separaron. A cien metros de ese pequeño lugar en el que ni siquiera había un baño, en el que el héroe de esta nación arco iris comenzó su lucha por la igualdad racial durante la década del '60, mataron a Pieterson.
Causa, efecto, consecuencia. Dos héroes y cien metros.
Hoy, Mandela vive en el coqueto barrio de Houghton, reservado para millonarios o padres de la patria. En su casa hay tantas cámaras y gendarmes que uno podría pensar que Spielberg decidió filmar de nuevo el desembarco de Normandía. Orlando, en Soweto, ya no es la barriada pobre que solía ser. El mismo Soweto (nombre proveniente de las South West Townships, viviendas informales del sudoeste), hoy es expuesto con orgullo ante los turistas como un sitio de fuerte tradición, en el que la marginalidad no es regla. Hace poco más de una década, según los locales era una mala palabra, algo que había que esconder. Hoy es un destino obligado para el visitante.
En parte, eso sucede gracias a Mandela. La lamentable muerte de Pieterson fue una demostración clara, en medio de un proceso de terribles batallas, de que el hombre tenía razón. Dos muchachos fueron unidos por su ideología y por su barrio. Y unieron a un país, aunque hayan sufrido, muerto incluso en el caso del niño, para hacerlo.
Sudáfrica es un sitio increíble que hoy guarda luto. Se guardará, por fin, un poco de silencio en Johannesburgo, la ruidosa ciudad en la que, en este día, casualidad o no, no se celebran partidos.

JOHANNESBURGO --Justo antes del partido entre Paraguay e Italia, en Ciudad del Cabo, los oficiales de seguridad que estaban a cargo del partido decidieron dejar sus puestos de trabajo como forma de protesta, por una disputa salarial con su empleador. Más de mil reclutas que aún están en fase de entrenamiento tomaron su lugar para que pudiera continuar el evento.
El presidente del Comité Organizador del Torneo, Danny Jordaan, aseguró al diario local The Times que se trató de una "disputa privada" y dijo que se tomarían "acciones en consecuencia". "No es aceptable que interrumpan el procedimiento normal en medio de un partido", agregó.
Eso no fue todo. En Johannesburgo, más de 90 conductores de bus colgaron sus llaves, también como protesta por sus condiciones laborales. El problema es que los servicios de transporte agregaron nuevas rutas y hacen a sus empleados trabajar durante más horas sin cambiar la retribución.
La consecuencia fue que muchos holandeses y daneses quedaron varados en sus hoteles, sin posibilidad de ir al partido que se jugaba en el Soccer City. O incluso más preocupante, muchos de ellos permanecieron largas horas en el estadio sin posibilidad de regresar a sus alojamientos.
Sin buses, los casi 83 mil fanáticos que llegaron a ver el duelo se vieron obligados a tomar trenes hasta una estación llamada Park Station. Claro que, desde allí, tampoco hubo servicios que funcionaran para acercarlos a su hotel.
Este gran problema se suma a otra preocupación general de la organización: los asientos que se ven vacíos en los estadios. Incluso en la inauguración, en un estadio con entradas totalmente agotadas, la capacidad de 88 mil personas no fue colmada. Faltaron tres mil. En Porth Elizabeth, para ver el juego entre Grecia y Corea del Sur, 8 mil gradas quedaron sin dueño. Y un número similar que la FIFA no quiso dar a conocer se notó ausente en el menos glamoroso Argelia-Eslovenia.
Muchas de estas ausencias, se presume, tienen mucho que ver con los graves problemas de transporte que se repitieron en toda la ciudad. Los paros y las huelgas de los últimos días no han hecho las cosas más sencillas.
Ahora, bien, valdría la pena preguntarse, en un país en el que la desocupación roza el 25 por ciento y en el que la mayor parte de los trabajadores cobran solamente dos dólares por día, ?cuán poco se les estará pagando a los conductores de bus como para que pongan en riesgo su fuente de trabajo por un conflicto de salarios?
La única respuesta que puede avizorarse es que los grandes ingresos de este Mundial no parecen estar quedando en manos de los choferes. Ni de los policías.

JOHANNESBURGO -- En Sudáfrica, una de cada cuatro personas es portadora del virus HIV. Así de terrible como suena: un 25 por ciento de la población del país tiene SIDA. Las estadísticas reflejan un número más alto que la generalidad del continente, y aunque no llega al 50 por ciento que tiene, por ejemplo, Botswana, la cifra no deja de ser alarmante.
En pleno proceso mundialista, ni los medios de comunicación ni la gran maquinaria publicitaria puesta alrededor del evento hablan del tema. Eso sí, los preservativos se regalan en cada baño de hombres. Sorprendió la presencia de un condón inflado en el campo de juego durante la inauguración. La respuesta es sencilla: los regalaban en los servicios del Soccer City. Pero lejos de alcanzar un volante informativo, o de tener un puesto de consulta por dudas acerca de la enfermedad y su prevención, los preservativos están allí, simplemente, en los estadios, para quien quiera usarlos.
El proceso se repite en bares, restaurantes y pubs de Soweto, Pretoria, Santon o cualquier otro suburbio de esta inmensa ciudad. El gobierno británico, sin más, donó 42 millones de condones para que fueran repartidos en el Mundial. Esto no parece suficiente.
Sin contar, claro, que -como bien indicó el periodista Ezequiel Fernández Moores en su nota "Fútbol en el país del SIDA", publicada en el diario argentino La Nación, en el mundial se puede agravar "el problema ya agudo del tráfico de peronas que llegarán al país como esclavos sexuales". El muy buen artículo refiere en particular a "mujeres y niños y rescata una interesante frase de Buti Tlhagale, el arzobispo de Sudáfrica: "¿Para quiénes serán esos condones? ¿Para esa industria de explotación sexual de menores y mujeres engañados con ofertas de trabajo y luego reclutados para el sexo?".
Si bien es discutible (más allá de los preservativos, el comercio sexual existe y es peor si ocurre sin profilaxis), es algo que da para pensar.
Tircie, una guía turística local que lleva 16 años en el oficio, asegura que el problema real de la propagación no es la promiscuidad, sino la poligamia que profesa la mayoría Zulú en este país. Eso incluye al presidente Jacob Zuma, que tiene tres esposas y algunos problemas por sus aventuras extramaritales. "Si cada hombre tiene relaciones sexuales con cuatro, cinco, o seis mujeres al mismo tiempo, el problema no está por resolverse", asegura Tircie.
Y aunque sostiene que hay "toneladas de campañas de concientización", también advierte que hay "mucha ignorancia sobre el tema del VIH, sobre todo en los sectores pobres". Tampoco ayudó la postura del ex presidente Thabo Mbeki, quien durante su presidencia repitió su rechazo ante el consenso científico de que el SIDA era causado el virus VIH. Esta postura llevó a que el mandatario no repartiera medicamentos en su país. Según un informe publicado por el diario El País de España, de haberlo hecho se podrían haber evitado más de 365 mil muertes prematuras.
"Incluso uno de sus Ministros de Salud aseguró en aquel momento que el ajo y el jugo de limón mejoraban el sistema inmunológico. Aquí lo malinterpretaron y muchos dejaron de tomar sus pastillas, sus medicinas", aporta Tircie. Según el mismo informe anteriormente citado, durante los casi 10 años de gobierno de Mbeki murieron por causa del SIDA 1,5 millones de personas.
Las cosas han mejorado, pero no tanto. El símbolo de la patria, Nelson Mandela, admitió haber perdido a su hijo por el SIDA. El propio Mbeki admitió sus equivocaciones al encarar el tema. Dos buenas noticias. Una mala: el actual presidente Zuma, absuelto en un juicio por violación en 2006, admitió haber tenido sexo con una mujer que él sabía infectada. Según Fernández Moores, confesó que "no usó preservativo y contó que se duchó inmediatamente después de la relación creyendo que así reduciría las posibilidades de contagio. No ayuda mucho en un país en cuyas zonas rurales más precarias cada tanto circula la teoría de que el sida se cura teniendo relaciones con una chica virgen".
Es cierto, el fútbol sigue. Los partidos se juegan, la gente se mueve: en el Soccer City Holanda se mide con Dinamarca. También allí regalaran preservativos.
