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Yo sí votaría por Bonds, Clemens, Sosa y compañía para Cooperstown

Barry Bonds, Sammy Sosa y Roger Clemens están en la boleta para ser exaltados al Salón de la Fama del béisbol. Getty Images

Lo prometido es deuda. En mi blog anterior, "Omar Vizquel, Cooperstown y el voto de Juan Vené", dejé entrever mi preferencia por permitir la entrada al Salón de la Fama a jugadores que brillaron en la llamada era de los esteroides.

Aunque todavía no tengo los diez años requeridos de membresía en la Asociación de Escritores de Béisbol de Estados Unidos (BBWAA) y mientras llega el 2024, cuando me tocará votar por primera vez, escogí en una boleta imaginaria a Barry Bonds, Roger Clemens, Sammy Sosa y Gary Sheffield, todos bajo la sombra de los esteroides, junto a Chipper Jones, Trevor Hoffman, Jim Thome, Vladimir Guerrero, Mike Mussina y Vizquel.

¿Por qué Bonds, Clemens, Sheffield y Sosa, a quienes muchos califican de tramposos?

En primer lugar, porque cuando ellos supuestamente acudieron a los esteroides para mejorar su rendimiento deportivo, no estaba prohibido por las Grandes Ligas.

Y lo que no está expresamente prohibido está permitido.

En segundo lugar, porque los números que pusieron sobre el terreno de juego no se los regaló nadie. Puede que los esteroides hayan ayudado, pero el talento estaba ahí.

En la década de los 90 y principios del siglo XXI se estima que una gran mayoría de los jugadores apelaron a los esteroides, pero no todos consiguieron esas cifras de Bonds, Clemens y compañía.

De hecho, las estadísticas extraordinarias quedaron reservadas para unos pocos, cuya calidad era indiscutible.

Entonces, si no hay talento natural, uno podrá meterse un camión de inyecciones, pastillas y cremas, que seguirá siendo un mediocre.

La mejor prueba de ello la dan los hermanos José y Ozzie Canseco, gemelos idénticos.

Ambos usaron esteroides, hormonas de crecimiento humano y cuanta sustancia podría ayudarlos a mejorar su juego, pero sólo José fue una estrella, porque superaba a su hermano en talento y por mucho.

Y en tercer lugar, porque nadie puede garantizarme 100 por ciento que todos los que han sido exaltados al Salón de la Fama estuvieron limpios en su carrera.

Y con ello no intento revisar o cambiar la historia. Cada persona es un producto de sus circunstancias. A la luz de los acontecimientos actuales, Ty Cobb, de quien se dice era miembro del Ku Klux Klan y hasta un muerto se le achaca sobre sus espaldas, posiblemente hubiera sido expulsado del béisbol por sus actitudes racistas, antes de llegar a sus 4,191 imparables.

Y ni hablar de Cap Anson, la primera estrella genuina que tuvo este deporte en sus orígenes en el siglo XIX, innovador y creador de los entrenamientos primaverales de pretemporada, pero factor fundamental en el establecimiento de la barrera racial que mantuvo a los peloteros de raza negra marginados de las Grandes Ligas hasta 1947.

Entonces, prefiero juzgar a cada persona de acuerdo con su época y aunque muchos lo nieguen, la era de los esteroides fue parte de la historia de las Mayores.

¿Acaso no es el Salón de la Fama de Cooperstown un museo donde se recoge la historia de este juego?

Además, al menos yo no me siento para nada guardián de la moral, como algunos pretenden erigirse, sobre todo cuando las Grandes Ligas y el propio Salón de la Fama no han regulado en ningún momento cómo tratar este asunto de los esteroides.

¿Quiénes no conseguirán jamás mi voto? Manny Ramírez y Alex Rodríguez, aunque no precisamente por falta de talento.

Una vez que se estableció una política de control y castigo hay que ser muy tonto, estúpido o imbécil para reincidir en el intento de engañar al sistema.