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Un martes épico percudido por Falcao y Walter López

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LOS ÁNGELES -- Fue también un martes negro. Sí, dentro de un martes estremecedor, estrujante, luminoso, en que la voluble ruleta del Mundial detuvo sus giros y entregó pasaportes directos y a repescas. Drama y comedia.

Un martes, diría Diego Maradona, en que la pelota se percudió, como él mismo lo hizo ante Inglaterra con su mano atea invocando a Dios, pero después la higienizó, con tersura, hasta inmacularla, con el segundo gol en esa huracanada embestida napoleónica, tan chaparrón y regordete, sobre los alfiles de la Reina.

Una jornada mundialista en la que Islandia es la candorosa Cenicienta que adopta la humanidad con la primorosa inocencia de la que debuta en Mundiales, hasta un Lionel Messi que despierta del letargo en su iglú pectoral y hace tres goles para ganarse, en Rusia, su última oportunidad de ser exaltado a esa Basílica donde hoy sólo habitan dos divinidades: Pelé y Maradona.

Pero, el futbol también tiene esqueletos en el armario. Bochornos que se exhiben patéticamente para demostrar que los veredictos de la cancha no siempre se asientan en la red ni siempre se oficializan en el marcador.

Hay dos manifestaciones descaradas. Una que confirma que los árbitros fingen ser ineptos inocentes cuando hay perversas indicaciones. La otra, cuando el futbolista concilia con su adversario un pacto de no agresión.

Ambos descréditos del futbol, de los árbitros, los dirigentes y los futbolistas mismos, ocurren en ese hemisferio, en el que Loretta Lynch determinó que hay más corrupción en el balompié: América. Se perpetraron delitos deportivos, morales, éticos, en Concacaf y Conmebol.

Ojo: no olvidemos que en Europa se consuman atracos similares. Austria y Alemania, en pleno mundial, pactaron jugar en media cancha, para que el 0-0 eliminara a Argelia. Y Thierry Henry encaminó a Francia a su peor mundial, de un manotazo. El karma cobra caro en el futbol.

El primero de ellos se consuma en favor de Panamá que, vale decirlo, obtiene de la manera menos grata, un visado mundialista que ya merecía y llegó a coquetearle en dos anteriores procesos. El destinatario del crimen futbolístico no es indigno del premio, pero si él es la forma.

Un balón que apenas husmeó, que apenas olisqueó la línea de gol, que merodeó en el inútil ya casi, fue dictaminada como gol. Sobre esa piedra, Panamá construyó su travesía mundialista frente a una Costa Rica ya clasificada, pero indignada por el asalto.

Panamá no es culpable. Cierto: siempre quedaba al equipo canalero el camino puro, muy improbable, de la caballerosidad y el honor, de decir que la pelota no había cruzado la línea de sentencia.

Pero, seguramente aunque Panamá intentara convencer al emisario de Concacaf, Walter López, éste, seguramente por consigna habría dado por bueno el gol. Ya no importaba si la pelota cruzó o no la franja homicida, sino que ya era oficial en el marcador.

Walter López fue, ha sido, y seguramente será, mientras la indecencia de Concacaf lo permita, un instrumento de los intereses de la zona. Es el tahúr que entrega la carta correcta al jugador correcto. Su favorito en estas lides siempre ha sido México, pero no significa que no pueda cambiar de ahijado. La corrupción y los vampiros no distinguen heráldica sanguínea.

La jugada siniestra de Walter López repercutió en oros frentes. Honduras se enteró que tenía repesca, y además ayudó al lento, penoso, ominoso, descarado, pero muy devoto suicidio de Estados Unidos.

Hay que recordar que es inexplicable que el silbante guatemalteco sea árbitro con gafete de FIFA, como apóstol del Fair Play, cuando su país está exiliado por corrupción de sus dirigentes. ¿Acaso el olmo da peras? O Infantino no lo sabe, o lo sabe y lo aprueba. En cuakquier caso, es cómplice.

El otro es escenario no es menos lamentable. Uno siempre defiende que lo más purificado en la cancha, generalmente, sí, generalmente, es el futbolista. Perú y Colombia arrullaron nuevas dudas hacia el gremio.

Aceptemos que Ospina se bloqueó mental, física y futbolísticamente, y por eso no llega al cobro de Paolo Guerrero, aunque iba a su poste, y aunque ha salvado de esas, y muchas, en su carrera este arquero colombiano.

El video lo muestra. Radamel Falcao deambula, casi cínicamente, pavoneándose, como ofreciendo algo prohibido, y tapándose la boca, con los jugadores peruanos. "Tregua, que estamos vivos", el mensaje.

El goleador colombiano asegura que "sólo les actualizaba sobre otros resultados de la eliminatoria", y claro el mensaje indicaba que el empate los tenía en la zona de clasificación. Pacto de no agresión.

Los jugadores peruanos aceptaron los diálogos con Falcao y agregaron a la lista de embajadores de paz, cuando en la cancha sólo debe haber guerra leal, a Cuadrado, quien redondeó el discurso pacificador de su compatriota.

Obviamente, aficionados de Colombia y Perú, defienden el gesto de divulgación de no agresión por parte de Falcao y Cuadrado, y la forma de consensuarlo con los resignados, abnegados y felices peruanos.

Y es entendible, porque, como seres humanos, y más en algo intrascendente, relativamente, como el futbol, para muchos, insisto, importa poco el cómo, especialmente si incluye un visado mundialista.

Cierto que Chile no hizo su tarea, pero en los códigos que tanto defienden a muerte públicamente los futbolistas, si estos comportamientos de pactar resultados los ejecutan con su selección, ¿lo harán también con sus clubes?

Puntualmente, en este caso, ese espíritu pulcro de futbolista, con quimeras de infancia y adolescencia en el barrio, se gangrenó. Y lo podrido, o se amputa o contamina.

Ya alguna vez el portero mexicano Oswaldo Sánchez pidió clemencia en una desesperada e histérica mímica, cuando sus adversarios hondureños estaban en pleno abordaje. Querían la zalea del Tri extendida en San Pedro Sula.

En el Mundial de 2002, en Oita, Japón, después de que Alessandro Del Piero consigue el empate a uno al minuto 85, Franceso Totti se acerca a Rafa Márquez para decirle que ese 1-1 los ponía en la siguiente fase para el deceso de Ecuador.

Insisto, no son vicios nuevos, pero no por habituales, son saludables.

¿Qué es más lamentable: la consigna conkakafkiana para Walter López o la procesión de rendición, pacificación y tregua de Falcao y Cuadrado y la sumisión de los peruanos?

Confirmo: lamentablemente, el fin justifica los medios... y los miedos.