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Chivas empezó a abdicar, el mismo día que se coronó

LOS ÁNGELES -- Chivas tuvo derecho a soñar y a hacer soñar. Durante el primer tiempo, durante una fracción del segundo, con el 1-0, con el dominio sobre el América. Y de ahí, del ensueño, a la pesadilla. Brutalmente.

Hasta que Rodolfo Cota rebotó un disparo frontal, potente, pero directo al cuerpo, de esos que, dicen los arqueros, los aprietas contra el pecho, como si fuera tu primer balón de futbol. Pero Cota lo escupió, lo entregó, y Oribe Peralta, depredador de colmillo largo y corta clemencia. Y de ese 1-1, el mundo se vino sobre Chivas.

El saldo es despiadado: derrota en el Clásico, confirmación, por si hacía falta, de su derrocamiento, como el monarca más breve del futbol mexicano, y encima, de regreso a la enfermería Carlos Salcido y Alan Pulido, donde ya los espera el Chapito Sánchez.

El Rey del Clausura 2017 reinó en un nosocomio: donde curaba las heridas de sus resultados y las dolencias de sus lesionados. Y el América lo envía a terapia intensiva.

El 1-1 desestabilizó totalmente a Chivas. No sólo por el empate en sí, sino, seguramente, porque el traspiés de Rodolfo Cota los colocaba en una situación de fragilidad inesperada, porque, irónica, injusta, desgarradoramente, era el único que no podía equivocarse en una jornada perfecta para los otros diez en la cancha.

Porque Chivas había jugado, hasta antes de ese 1-1, aún con el ingreso de Cecilio por el América, en una línea de cero tolerancia, de casi perfección.

Y con el 2-1, con el agregado dramático de las lesiones, Chivas, en sus intentos de reacción, encontró a un América perfectamente acomodado, en ese recurso tan sofisticadamente pulido por Miguel Herrera, para defender una ventaja enclenque, anémica, que lo ponía nervioso.

Y como aves de rapiña, las Águilas vivieron, tras el 1-1, sus mejores momentos, hasta que con la entrada de Orrantia, El Piojo se decidió a cerrar el partido, Ahorcó la mula de seises, y con la pelota en sus pies, el Guadalajara ya no encontraría rutas, menos aún cuando caía en precipitación, y casi de resignación en la entrega de la pelota.

Para desgracia del Rebaño, el americanismo aún bailoteaba en la tribuna, en ese ritual exuberante del festejo, cuando cayó el segundo con disparo cruzado a Renato Ibarra, con toda la estructura defensiva de Chivas totalmente desordenada.

Y entonces, Miguel Herrera se dio unos minutos de tolerancia. Permitió que sus jugadores aprovecharan el total desconcierto del rival, que lo habían enredado demencialmente en el manejo de la pelota, hasta que se dio cuenta, que no debía correr más riesgos, en medio de la angustia de un último tiro de esquina en el que Chivas sumó al área rival a Rodolfo Cota.

Así pues, un saldo absolutamente rojo para Chivas, que ahora, como un consuelo muy amargo, muy magro, muy endeble, lastimoso casi, se dedica a reconquistar la Copa MX.

El derrocamiento y el desbarrancamiento del rey efímero, de este rey de breve mandato, se hace más amargo, porque al terminar de rodar cuesta abajo, todas las galas de la realeza, terminaran en los andrajos de un menesteroso.

Ese mismo día en que Chivas se coronó, ese mismo día, sin saberlo, empezó a abdicar. Las coronas se llevan mejor con una cabeza llena de humildad que con una cabeza llena de soberbia...