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Atlas, el hospicio de los charlatanes

LOS ÁNGELES -- Atlas tiene nuevo director deportivo. Se llama Fabricio Bassa, es uruguayo y miente. Lo presentó el presidente, Gustavo Guzmán, es mexicano... y sigue mintiendo.

Alberto de la Torre queda fuera. Rojinegro genuino, de cuna, de apellido, de masoquismo comprobado, pero Manobeto es una buena persona que no hace cosas malas, pero hace mal las cosas.

Bassa se inmola a cada palabra, a cada reflexión. Es uno de esos tantos hijos bastardos, futbolísticamente hablando, que ha regado Marcelo Bielsa por el mundo, como accidental incubadora de rémoras.

¿Alguno de los tantos llamados discípulos de Bielsa ha hecho algo en México? Como patronímico del fracaso; como gentilicio del oportunismo, todos ellos anteponen a la escualidez de su currículo, una tarjeta ajena de presentación: "Soy bielsista". ¿Y...?

La más enquistada versión de Bielsa, según él mismo, fue Javier Torrente. En el León, sus jugadores le arrebataron el equipo y él ni la camisa se cambió hasta que lo cambiaron.

Bassa presume también que estuvo al lado de Luiz Felipe Scolari, sin precisar si es más discípulo del campeón del mundo en Corea del Sur/Japón 2002 o en el 7-1 ante Alemania en Brasil.

Bassa miente cuando habla de conocer y entender la pasión, y de sentirse ya amamantado e irradiado por ese fascinante cáncer de sadomasoquismo que implica ser, pertenecer, a la aflicción semanal de ser del Atlas.

¿Cómo puede ya entender que en 90 minutos el aficionado rojinegro va de la euforia y la ilusión, tal vez al compungimiento irredimible?

"Le voy al Atlas hasta cuando gana", es la frase del añorado Ney Blanco de Oliveira, hijo del Santos, tutor de Pelé y con reseñas memorables en América, Atlas y Toluca, aunque él siempre fue al Estadio Jalisco con su jorongo rojinegro presumiendo "yo soy de Cocula".

Así, ¿en un parpadeo del cinismo y del oportunismo, en un carraspeo del descaro, Bassa entiende lo que es el Atlas? Además de la mentira, la infamia de querer engañar a La Fiel, y ante el impertérrito Gustavo Guzmán, cómplice profano en esa fechoría de desfachatez.

Claro, Guzmán, lego y bisoño, también de la historia del propio club que dice dirigir, es testigo del embuste.

"Hay que limpiar el cochinero que dejaron los Gustavos (Matosas y Costas)", dijo hace unas semanas, olvidándose de que en su propio nombre iba implícito el pecado, la acusación, y que el escupitajo que lanzó al cielo se le estampó en la cabeza. Cochinero tripartita, pues.

¿Pero sabrán Guzmán y Bassa de Zetter, de Mercado, del Pistache, de los Delgado, de Chavarín, del Berna, o de extranjeros como Valdatti, Cubero, Albretch, Chumpitaz?

¿Sabrán al menos que la mejor columna vertebral en la historia de la selección mexicana salió del Atlas: Oswaldo Sánchez, Rafa Márquez, Pável Pardo y Jared Borgetti, y que a ellos se agregó Andrés Guardado?

Ni Fabricio Bassa ni Gustavo Guzmán lo saben, mucho menos lo entienden, y menos aún lo sufren. Ejercieron la mentira con premeditación, alevosía y ventaja.

Ser atlista no es una elección, es una devoción estoica por el sufrimiento permanente, en una arquidiócesis del dolor que suma ya 67 años de desengaños, más que de desesperanzas. La autoflagelación de la fe.

En el Atlas el hedonismo se convierte en el placer del suplicio de esperar que cada año no ocurra el milagro de ser campeones, porque entonces, cuál sería el sentido de ser rojinegro... Es el martirio de fecundar la desesperanza.

¿Eso lo entiende ya Bassa? Si Guzmán ni siquiera ha podido, porque ha hecho de la equivocación un culto a su incapacidad. "Fallo, ergo sum (me equivoco, luego, existo)", parafrasearía el presidente del Atlas a Descartes.

"Vengo a cumplir sus sueños", dijo Bassa, como arribista e intrusa versión futbolera del Hada Madrina de esta Cenicienta rojinegra que perdió la zapatilla aquella medianoche del 22 de abril de 1951.

Inundado de obscenas, fracasadas, apestosas y sospechas compras de jugadores, el Atlas ha convertido en estériles sus raíces. Acostumbrado a generar jugadores de gran nivel, hoy el Atlas tiene la matriz más seca que el necrófilo atractivo de Guanajuato: sus momias.

¿Por qué no llegó Ricardo LaVolpe como director deportivo y a hacerse cargo de fuerzas básicas del Atlas, como tanto lo anhela? Gustavo Guzmán lo explicó hace años en petit comité: "Lo prohíbe TV Azteca, no yo. No puedo traer a un entrenador con un antecedente como el de la podóloga (en Chivas), en una empresa que combate fuertemente el acoso sexual".

¿Y Chucho Ramírez? Ha hecho de su peregrinar un apostolado en el futbol de Japón, donde pagan mejor, obedecen sin intrigar, y parten de un principio de orden y disciplina. Sí, igualitititito que el Atlas.

Pero llega, pues, Fabricio Bassa y llega mintiendo al decir que ya tiene al Atlas dentro de la piel y el alma, y claro, tiene aún más adentro, en su cuenta bancaria, la mayor cantidad de dólares que ha visto juntos en su vida.