Boxeo
Wright Thompson | ESPN The Magazine 74d

Conor McGregor está lo suficiemente loco para pelear ante Mayweather

La siguiente crónica aparece en la edición del 21 de agosto de ESPN The Magazine, dedicada a deportes de combate.

Antes de navidad, los narcotraficantes que merodeaban una esquina del Norte de Dublín, vieron el BMW blanco de Conor McGregor pasar por su callejón sin salida.

No lo podían creer. La calle Sheriff era una de las peores de la ciudad, bloqueada a un lado, y en un área controlada por una de dos pandillas locales. La familia Hutch dominaba esta parte del área norte, y los Kinahan operaban en los barrios al sur del río que divide la ciudad. Algunos de los jefes y tropas de los Kinahan vivían en Crumlin, donde McGregor se crio. Ambas pandillas estaban en medio de una disputa sangrienta que tenía a Dublín en ascuas. Sus periódicos llevaban la cuenta mortal: 10 asesinados por los Kinahan, dos por los Hutches. McGregor empezó a desacelerar. Los jíbaros bloquearon la calle y su escape.

Una dama me cuenta esta historia, en la tienda de la esquina en una calle que es denominada por un periodista de sucesos local como "El Álamo" de la familia Hutch.

"Es del lado sur", explica. "Él no es de este lado".

Al final del camino, hay un festival. Un organizador abre cajas llenas de agua embotellada y, tras ser preguntado, da mayores detalles de lo que ocurrió después. "Le estoy contando de la noche en la cual McGregor llegó a parar a la calle Sheriff por accidente", afirma y una dama le acompaña.

"Sí", dice ella.

"...Y estaba loco por salir", dice.

"Dio la vuelta equivocada...", completa ella.

"...En un Beamer blanco", responde él.

"Y todos los chicos estaban corriendo", dice ella.

"Toda la pandilla estaba afuera vendiendo drogas", dice. "Al manejar por la calle, todos los chicos gritaron, '¡Oye, McGregor!' Al llegar al final de la calle Sheriff, entendió que no había forma de salir e hizo una vuelta en U. Al dar esa vuelta, tres o cuatro quedaron en el medio de la calle. El pleito entre bandas estaba en su apogeo, y él está conectado de una forma u otra con varios miembros del cartel Kinahan".

McGregor pisó el acelerador y su carro rugió por la calle. Los jíbaros trataron de buscar refugio en cualquier lugar posible. Fue una idea astuta, pero McGregor había subestimado la manía que corría por los barrios de clase baja de Dublín. Los narcos no querían enfrentársele.

Tenían cada uno un teléfono en sus manos.

Querían tomarle fotos.


ES UN HÉROE DE CLASE TRABAJADORA en una ciudad de clase trabajadora. Si bien es visto alrededor del mundo como alguien que profiere insultos como, por ejemplo, decirle a Floyd Mayweather "baila... muchacho", McGregor es adorado en barrios como Crumlin, cerca del Dock Ward, el sitio en los cuales los barcos llenos de irlandeses hambrientos se dirigieron a América, en la calle Sheriff y en los clubes de boxeo cercanos a los barrios insulares. Sentado en un vestidor, en plena preparación para su pelea del 26 de agosto contra Mayweather, McGregor dice de forma humilde con respecto al apoyo que recibe de Dublín. "Es mi gente", dice con calmada ferocidad. "Es lo que soy".

La mayoría de los campeones deportivos irlandeses son reflejo de la rítmica tranquilidad de las colinas verdes. Conor no es así. Él es la personificación de los barrios de Dublín. Tiene el espíritu de los territorios cercanos a la calle O'Connell, los barrios de Oliver Bond y la cruelmente denominada Fatima Mansions, donde su antiguo entrenador de boxeo Phil Sutcliffe perdió a su hermano por un ajuste de cuentas de drogas. Cualquier misterio con respecto a él puede resolverse en su tierra: un área denominada Crumlin, construida en los años '30 al sur del centro de Dublin, cuando el gobierno demolió las áreas existentes y necesitaba un nuevo lugar para albergar a los pobres. El escritor revolucionario irlandés Brendan Behan fue uno de los que se mudó hasta allá, y describió su nuevo hogar como un sitio "en el que se comen a sus jóvenes".

Dublin se entiende mejor al explorar sus muchas divisiones, sus límites interminables físicos y mentales. La ciudad y su actual campeón, McGregor, son definidos por esos límites. Es un lugar parroquial y de clanes. Cruzar a calle equivocada ha sido tradicionalmente razón suficiente para una golpiza. Muchos hombres han tenido que dejar a sus cortejadas en paradas de autobús en vez de llevarlas hasta sus casas. Cerca de 60 clubes de boxeo aún hacen vida en la ciudad, entrenando a los jovencitos a defender su cuadra y a sí mismos, siendo cada gimnasio un mundo propio. Sutcliffe, quien maneja el histórico Crumlin Boxing Club, donde Conor comenzó, recuerda crecer en el barrio siguiente, en Drimnagh. Las comunidades vecinas y rivales de Crumlin y Drimnagh se encuentran dentro del código postal 12 de Dublin, separadas sólo por Crumlin Road, en una diagonal este-oeste. Sutcliffe, quien boxeó en los Juegos Olímpicos de 1980 y 1984, quería entrenar en el gimnasio de Crumlin, que tenía mejores entrenadores. Golpeó a varios que intentaron evitar que cruzara Crumlin Road.

"No lo hice solo", dice modestamente. "Con mis hermanos".

Hay otras divisiones dentro de la ciudad que dependen de la clase social. Si bien el éxito de Conor le permite pasar de forma segura los límites de los territorios de pandillas, él no puede escapar a ser señalado por sus raíces oriundas del código postal Dublín 12. Los periódicos nacionales irlandeses han sido por mucho tiempo voceros de la clase educada y afluente. Rara vez, McGregor es mencionado en sus páginas. En la primera mañana de la gira promocional de la pelea, The Irish Times y The Independent publicaron un gran total de 128 palabras al respecto: una noticia muy pequeña sobre los problemas fiscales de Mayweather. Luego, McGregor profirió sus insultos racistas durante la gira, y ambos periódicos llenaron sus páginas con análisis y piezas de opinión. Un artículo lo comparó con Donald Trump, lo llamó una desgracia para Irlanda, su gente y su bandera. Han estado en las sombras, esperando que rompa algún tipo de código de vida moderna, y si bien se muestran legítimamente ofendidos por sus comentarios racistas, está claro que la idea de su existencia también les incomoda.

McGregor disfruta coquetear con las dos capas de la sociedad de Dublín. Esta primavera, adquirió un bote y lo dejó a resguardo en una lujosa marina en un pueblo costero, cerca de la residencia de Bono y The Edge de la banda U2. Lo denominó The 188, el monto de los pagos semanales de seguridad social que recibió hasta que empezó a hacer dinero en la jaula. El Dublín de estratos altos lo desprecia: el malandrín de Crumlin, formado por los límites que lo definen, lo acorralan y lo hacen sentir enjaulado.

El viejo barrio de McGregor, y todo el código postal Dublín 12, vive bajo normas antiguas. "Puede ser peligroso si te cruzas con la gente equivocada", afirma Jamie Kavanagh, boxeador profesional que creció junto a Conor. El padre de Jamie, Gerard, era sicario de la mafia y fue muerto hace tres años, a punta de pistola en España. Los tabloides lo llaman "El Hacha". Otro pariente de Kavanagh, Paul, fue asesinado un año después. Ahora, Jamie vive en Londres y lleva a su familia a entrenar a Estados Unidos. "Cuando creces en ese barrio, todos se cuidan mutuamente", dice. "Cuando sales del barrio, te metes en problemas. No quiero vivir en Dublín otra vez. No quisiera que mis hijos crecieran en los mismos barrios que yo".


MCGREGOR SE SIENTA en su vestidor tras una reciente sesión de sparring y habla con respecto a la forma en la cual pudo navegar por los límites de su ciudad natal. Él y un amigo de su niñez cuentan historias sobre crecer en Crumlin (lugar en el cual los dos duelos de bandas más prominentes de Dublín en los últimos 20 años comenzaron. Los chicos lo vivieron. El amigo de Conor dice que escapó un tiroteo en auto, y a un tipo con escopeta en mano. Conor una vez peleó con el hermano menor de un mafioso conocido.

"Amo Crumlin", dice McGregor. "Te convierte en una persona fuerte".

Todos en Dublín seguían la disputa entre Crumlin y Drimnagh, la cual comenzó en 2000, pero McGregor conocía a las personas encargadas de matar y a los muertos. El pleito comenzó cuando Conor cumplió 12 años, y su transición de niño a hombre sucedió en este lugar marcado por la violencia y la venganza. En total, 16 personas murieron, muchas más fueron a prisión y casi cada combatiente entrenó en el Crumlin Boxing Club al lado de McGregor.

"Los hombres metidos en ese duelo, todos cruzaron esas puertas", dice Kavanagh, el boxeador. "Todos ellos han estado en ese gimnasio. Todos."

Los tabloides parecían ser una novela de Dennis Lehane, día tras día: un hombre muerto en su lecho, otro apuñaleado en el corazón con un cuchillo de cocina, otro llevando contrabando en un lanzacohetes con dirección a Dublín. Quizás ningún otro personaje atrapó la atención de la ciudad como un pandillero de nombre Micky Frazer. Presuntamente era el chofer de "Fat" Freddie Thompson, uno de los actores principales del duelo, y en algún momento Frazer cayó en desgracia con alguien en el séquito de Fat Freddie. Hasta hoy, Frazer ha sobrevivido por lo menos cinco intentos de arrebatarle la vida. Le dispararon en el estacionamiento de una iglesia. Lanzaron una granada a la casa de su madre. Un pistolero disparó a las ventanas del frente. El Sunday World informó que en una ocasión Frazer bailó en la mesa de un pub ufanándose: "¡Soy invencible!"

McGregor y sus amigos vieron a Grazer y a mucha gente como él, siendo marcados para morir. La gran cantidad de hombres dispuestos a matar por poco dinero causó honda impresión, al igual que la interminable lista de víctimas. "Eran 'el hombre' la semana pasada", dice McGregor. "Y ahora no pueden salir de casa. Como grupo de amigos, todos lo vimos".

Sentado, Conor se pone algo nervioso al hablar tanto de las pandillas de Dublín. Su gimnasio de artes marciales mixtas queda fuera del viejo vecindario, y si bien su familia se mudó a los suburbios cuando él tenía 17 años, se encuentra en ocasiones de vuelta a esas calles familiares. "Aún paso por Crumblin a diario", dice. "Hay mucha mi---- aún. Ahora tenemos carteles".

Conor habla sobre el duelo entre Kinahan y Hutch, el cual salió a relucir el año pasado en el pesaje previo a una de las peleas de Kavanagh. Seis pistoleros de Hutch, varios con rifles automáticos, ingresaron en un salón de baile lleno de aficionados y niños y ejecutaron a un jefe de Kinahan, lo cual desató una orgía de asesinatos en ajuste de cuentas y que aún no se han detenido. En los días posteriores al tiroteo, surgió una foto del mafioso fallecido y McGregor juntos. Crecieron entrenando en el gimnasio en Crumlin, y el jefe y su grupo presuntamente volaron a Las Vegas a fin de ver a Conor pelear contra José Aldo. McGregor fue fotografiado en el funeral de un presunto miembro de los Kinahan. Su hermana se casó con un ex vendedor de marihuana que pasó tres años en prisión.

Ese mundo siempre estuvo presente en la vida de Conor, sin embargo, nunca fue el cobrador de deudas más carismático y terrorífico. Él y sus amigos sabían que no querían la paranoia, los periodos en prisión o la muerte prematura que sigue a la venta de cocaína. Fue una posición valerosa y difícil de mantener. Sin embargo, McGregor nunca comerció con estupefacientes, de acuerdo a un alto oficial de policía que investiga al crimen organizado y solicitó su anonimato. Los criminales concuerdan, de acuerdo a un ex traficante de nombre Johno Frazer, el "invencible" hermano menor de Micky. Dice que Conor nunca vendió drogas. Él debería saberlo.

En una ocasión, él y Conor pelearon por una chica.

Johno venció.


UNA SEMANA ANTES que McGregor mudara su campo de entrenamiento de Dublín a Las Vegas este verano, en una casa en Drimnagh, Johno Frazer estaba frente a su residencia, la cual heredó de su madre, recientemente fallecida. Este fue el mismo lugar atacado en una ocasión con una granada. La puerta está marcada con un pliegue, y el cristal estallado con un balazo sigue en la ventana encima de esta. Johno tiene cicatrices a ambos lados de su cuello, un recordatorio permanente de un intento de asesinato en prisión. Comenzó a caminar por la calle y recordó su pelea contra McGregor. "Le di unos cuantos golpes a Conor", dice. "Yo era miembro de una pandilla. Conor no. Estaba caminando por Crumlin Road con una chica con la cual estaba en una relación, y lo golpee".

Frazer admira el hecho que McGregor nunca se unió a una pandilla ni traficó drogas, prefiriendo el empleo seguro y mal remunerado de plomero. Luego, afirma, se hicieron amigos, muchachos que cruzaban el camino en lo que pretende ser una zona central entre Crumlin y Drimnagh: una tienda de fish and chips y un pub, una carnicería y una tienda de conveniencia. Dice que incluso fueron a Grecia de vacaciones con un grupo de amigos. "Todos éramos narcotraficantes, teníamos mucho dinero", dice Frazer, entre risas. "Conor no tenía nada. Conor se quedaba en nuestra habitación durmiendo en una cama inflable. Su papá lo llamaba por teléfono: 'Debe volver a casa, que vuelva a la plomería'. Pues, no quería volver".

Abrió la puerta e hizo un gesto.

"Sienta las ventanas", dice. "Las ventanas son a prueba de balas. Golpéelas".

Los chicos del viejo vecindario respetan la nueva vida de McGregor. Recuerdan cuando llegó cerca de su casa en el Peugeot 206 desgastado de su novia. La noche de su última pelea antes de hacer vida en la UFC, había olvidado su copa, su protector bucal y no tenía suficiente saldo en su teléfono para llamar y pedirle a alguien que se las trajera. Ahora tiene millones de dólares y sigue yendo al barrio. "Nunca olvidó sus raíces", dice Johno. "No olvidó de dónde viene":

En una ocasión, dice Johno, él y Conor caminaban por las calles, sin planes más allá del día a día, y ahora viven en mundos distintos. Johno le dio unos golpes a un hombre ahora famoso cuando eran más jóvenes, sin embargo, su propia ética personal le evita hacer algún signo distinto al respeto por la distancia que Conor ha cubierto, cuando Johno sigue en la casa en la cual la mafia trató de matar a su hermano, ahora con las cicatrices de por vida del duelo Crumlin Vs. Drimnagh.

"No intentaría pelear contra él ahora", dice Johno. "Es un hecho. Y Conor no me tenía miedo. No temía a lo que podía hacerle. Tenía miedo que le apuñaleara. Ya eso pasó hace mucho tiempo".


EL GIMNASIO EN DUBLIN en el cual McGregor comenzó a prepararse para su duelo contra Mayweather queda a una milla y media al oeste de la casa de Frazer, la última ubicación para el mundo aislado y familiar creado por John Kavanagh. Conor entró por primera vez a uno de los gimnasios de artes marciales mixtas de Kavanagh siendo un adolescente que necesitaba aprender a defenderse. Tenía la rabia de ser alguien aprisionado contra la ventana de sus sueños. En su primer día, golpeó a los dos mejores peleadores del lugar, que se puso demasiado candente para una sesión de sparring. Molesto, Kavanagh lo golpeó fuertemente hasta que Conor prometiera que estaba ahí solo para entrenar y no para buscar pleitos callejeros.

El gimnasio le dio un sitio para ventilar la furia que sentía con respecto a su futuro como aprendiz de plomero. Su familia se mudó a un suburbio de nombre Lucan en los años posteriores a su pelea con Frazer, para darle a su hijo la distancia suficiente para hacer una vida sólida y con un sueldo digno. Conor consiguió empleo instalando tuberías en zonas industriales. Vio el vacío en los ojos de sus compañeros de trabajo. Cada mañana, se despertaba y se dirigía a la autopista, donde esperaba su transporte. Su vida se sentía dividida: la mitad que era real, trabajando sin mucho futuro que esperar, y por el otro, el loco sueño de ser campeón de artes marciales mixtas. Durante un receso para almorzar en su empleo de plomería, sentado en medio de un aguacero en un estacionamiento, sabía que necesitaba renunciar. De lo contrario, un día se despertaría y tendría 50 años sin conseguir nada. Lo dejó todo, prometiendo que se dedicaría a pelear.

Sus padres no lo entendían. Tony McGregor se había partido el trasero por no aceptar la vida que se espera de gente como él. Un padre de clase trabajadora teme el momento en el cual su hijo descubre la decepción y futuro limitado que tienen a nacer. Los dos pelearon tanto que dejaron de hablarse, de vivir en la misma casa, evitándose el uno al otro en silencio. Las palabras terminaron inevitablemente con los puños, y cada pedazo de castigo que Conor le dio a su padre fue luego transmitido a cualquier oponente que tuvo la mala fortuna de pisar el octágono para enfrentarlo.

McGregor ganó sus primeras dos peleas, luego asistió a la UFC 85 en Londres en 2008 y gritó el nombre de Chuck Liddell. Captó la atención del peleador y se tomó una selfie con él. Veintiún días después, Conor perdió por primera vez. Peor aún, vendió boletos para Kavanagh y se gastó el dinero, básicamente robándole dinero a su entrenador. En vez de enfrentarse a las consecuencias, McGregor se escondió de Kavanagh, avergonzado y sin poder pararse de la cama. Cuando lo hizo, Crumlin comenzó a volver a él. Todos esos años de evitar problemas estaban a punto de quedar perdidos. Su madre le rogó a Kavanagh una segunda oportunidad. El entrenador accedió.

Kavanagh entendió a McGregor y las arenas movedizas de Dublín. Kavanagh es el hijo de un obrero de la construcción. En su entrenador, McGregor consiguió cosas que él no tenía: una presencia tranquilizante, un hombre que supo cómo canalizar su talento y minimizar sus limitaciones. McGregor, a pesar de su bravura, puede ser frágil. Norman Mailer dijo que había que acercarse a la psique de Muhammad Ali como acercarse a una ardilla. Eso también aplica a Conor. "Debes tener mucho cuidado con lo que dices cerca de Conor", dice el entrenador Owen Roddy.

Ha pasado una década desde que McGregor entró al gimnasio y, sin Kavanagh, es un rifle de francotirador sin mirilla. El entrenador equilibra la furia de su estudiante más famoso; Kavanagh sueña en convertirse en un granjero, criar pollos y beber agua de su propio pozo. Se han levantado juntos en este loco mundo y ahora entrenan para su primera pelea de boxeo, contra un campeón invicto al cual sacaron del retiro. A veces toda esta locura sorprende a Kavanagh, como ahora, cuando habla con Roddy en su oficina. Se ríen.

"¿Has estado en la esquina de una pelea de boxeo?", pregunta Kavanagh.

"No", responde Roddy.

"Tampoco yo", dice Kavanagh. "Nunca he estado en una esquina, ni como amateur ni profesional".

"Si vas a hacerlo, hazlo en grande", dice Roddy.

Ahora se ríen de verdad.

"Sigo con la intención de hacerlo", dice Kavanagh.

Cuando recibió un mensaje de texto de Conor diciendo que la pelea estaba confirmada (llegó a las 6:10 de la tarde del miércoles 14 de junio) entendió que no tenía un lugar adecuado para entrenar a un boxeador. Solo tenía cuatro días para crear algo así. Llamó al dueño del centro comercial en el cual está ubicado su gimnasio, y le pidió prestado una venta de vehículos abandonada. Recibió las llaves y comenzó a limpiar. Pusieron una sábana entre el salón de exhibición y las zonas de servicio e instalaron el gimnasio en la parte trasera. John consiguió que se construyeran soportes para las bolsas. Consiguió que un electricista encendiera las luces a cambio de hacer favores. Un plomero puso el agua a correr e instaló duchas. Consiguió un cuadrilátero de boxeo en Inglaterra e hizo que lo transportaran por ferry a Irlanda. Finalmente, y porque manejar la mente de Conor es muy importante, consiguió que los miembros de un colectivo de arte local llamado Subset hiciera un mural al estilo graffiti de Conor golpeando a Mayweather. Los artistas se rieron en la primera ocasión que vieron el sitio, preguntándose cómo era el gimnasio de Floyd, con chistes de Rocky entrenando en la nieve. Se pintó el mural en 12 horas, con el olor de las pinturas intoxicando a los artistas. Kavanagh quiere que esa imagen trabaje la mente de Conor.

"Cada día, él ve ese golpe caer", dice.


EL ÉXITO DE CONOR le dio mucho más que un nuevo futuro. Llegó a su pasado y le ayudó a curar viejas heridas. En una noche de verano reciente en Dublín, Tony McGregor se sentó en la cuarta fila de un evento local de artes marciales mixtas. Todo el conflicto entre padre e hijo quedó en el pasado. Nunca un padre ha estado más emocionado al admitir que estaba equivocado. Tal es el nivel de la fama de su hijo, que incluso Tony tiene sus 15 minutos de fama, vistiendo chaqueta oscura, corbata azul y pañuelo en el bolsillo. Los aficionados lo detienen durante toda la noche.

"Me están tomando fotos", dice entre risas. "¿Qué tal?".

Durante toda su vida trabajó, primero en una fábrica, después como taxista y ahora disfruta su tercera etapa. Recientemente, un periódico hizo una sesión de fotos de moda con él. Maneja un BMW que Conor le compró; Conor le dio a todos en su familia un Beamer y pagó la hipoteca de sus padres. Durante un receso en las peleas, Tony McGregor trata de llegar al baño. Debe pasar por una fila constante de gente.

"¡El hombre que creó una súper estrella!", dice un aficionado.

"¿Está aquí?", dice otro.

"No está aquí", dice Tony, de forma cálida y cordial. "Hablaba con él por teléfono, por lo que estuviste cerca de él esta noche".

Tony dice que aún no sabe cómo ser famoso en un lugar público, evitar cuidadosamente el contacto con la vista, cualquier truco de esos. "¡Hombre, debo ir al baño!", dice, disfrutando cada momento de este viaje, sin aún saber cuánto durará.

INCLUSO cuando una figura como McGregor está en ascenso, su caída aún se siente muy cercana. Casi todos los peleadores famosos terminan donde empezaron, acabados, como testimonio de su incapacidad de evitar cualquiera haya sido el motivo que los impulsó a pelear. McGregor se ufana que va a comer langosta por el resto de su vida mientras sus críticos y oponentes se comerán sus palabras. Quizás sea cierto. Cuando lo conoces y notas el orgullo en sus ojos cuando se refiere al hecho que le dará a su hijo recién nacido un tipo distinto de vida, uno quiere que eso se haga realidad. Está haciendo mucho dinero, al igual que lo gasta, y lo que su familia y amigos temen más no es a su próximo oponente sino al momento en el cual ya no tenga un oponente a quien enfrentarse, cuando pierda su concentración. Hay muchas historias de advertencia. Ha recibido consejos financieros de Mie Tyson. Está peleando contra un hombre llamado "Money" y que no puede pagar sus impuestos. Su vuelo a Las vegas lo llevó directamente al cementerio en el cual se encuentra enterrado Sonny Liston con flores falsas, luego de haber muerto sin dinero y con una supuesta adicción a las drogas. Liston dijo una vez: "Un día, van a escribir una canción de blues solo para boxeadores. Tendrá guitarra lenta, trompeta suave y una campana".

Las convenciones y contratos sociales no aplican. McGregor caminó una vez por la Quinta Avenida de Nueva York sin camiseta. Dice que come cuando tiene hambre. Si está cansado por la tarde, toma siesta. En una sesión de fotos para Reebok con 24 peleadores de UFC, 23 fueron puntuales. Conor llegó dos horas tarde. No escuchará consejos si no le gusta el "tono" de la persona. Si sus días tienen algún tipo de teoría unificadora, es que Conor no quiere que nadie le ponga ningún límite. Quiere una vida nueva libre de los límites de Dublín 12. Maneja Rolls-Royce y Lamborghini alquilados. Una vez presumió a la revista GQ de haber gastado $27,000 en una tienda Dolce & Gabbanna de Los Ángeles. "Compra un reloj, y a la semana está en su caja y no lo ve más", dice John Kavanagh. "Debe haber un ímpetu al comprar algo material, creo".

Está obsesionado con sus cuentas en redes sociales. Hay una línea entre la imagen de internet que ha cultivado y la vida de verdad en casa con su familia. El querido boxeador irlandés Michael Conlan, quien conoce a McGregor, denomina la diferencia entre el hombre público y el privado "como la tiza y el queso... Opuestos completos". Una línea así, creando un personaje que vender, siempre conlleva el mismo riesgo: perder el control de la creación y convertirse en el ego maniático que una vez sólo pretendía ser. Ha llegado a un nivel conocido por solo pocos, con márgenes muy delgados. Si pueden verlo cuando él no lo sospeche, parece humano y vulnerable. La fiereza de Conor sugiere que aún ronda por ahí un niño asustado, tratando de mantener muchas cosas bajo su control, principalmente su miedo que su viaje sea en círculo, de Crumlin a Crumlin, con un cuento de hadas de por medio.

SESENTA Y OCHO DIAS antes de la pelea en Las Vegas, McGregor llegó a su nuevo gimnasio en Dublin por primera vez. Kavanagh estaba ansioso de mostrarle el mural. Los chicos de Subset esperaban cerca del cuadrilátero para ver su reacción. Cuando McGregor vio gente que no reconocía, su metabolismo cambió. Dio unos pasos hacia los artistas. Preguntó quiénes eran, y Kavanagh le dijo que se alejara un poco y viera el muro. Kavanagh solo podía sacudir la cabeza. El fundador de Subset, quien no deja que su nombre se haga público en una extraña forma de reclamar credibilidad callejera, podía sentir el peligro. "Nunca había estado en un lugar al lado de alguien que fuese solo energía masculina", dice. "No había energía femenina. Y no en forma machista. No era que buscase un reto. Tiene esta energía cruda, al estilo de la cadena alimenticia, de la evolución, "sólo los más fuertes sobreviven". Es frío. Así es él. Fue abierto, caballeroso, pero frío en su profundidad".

Después, Kavanagh le preguntó a McGregor sobre esa reacción. Ha pasado mucho tiempo tratando de entender a Conor, comprender las raíces de su paranoia y sospecha constantes.

"¿Por qué miras sobre tu hombro?", pregunta Kavanagh.

"Pensé que iban a saltar encima de mí", le dice Conor.

Aun ahora, vive en un estado casi constante de pelear o volar, y si bien mucho de ello se debe al lugar en el cual Conor creció, Kavanagh piensa que es más su naturaleza que su crianza. Hay algo en la forma en la cual Conor está formado. Esa es una de las razones por las cuales Kavanagh no trajo entrenadores con mayor experiencia boxística. Muchas cosas nuevas con alguien que no manejara la mente de Conor como ardilla, sería un desastre. McGregor, en su núcleo, es un acto de imaginación. Di la verdad sobre alguien, dijo una vez, y se desharán. Su verdad es que Conor es un aprendiz de plomero de Crumlin tratando de quitar la inevitabilidad de esos hechos. Ha escapado a tantas trampas que ahora busca salir de ellas por instinto.

Es todo lo que sabe, y es la razón por la cual terminó retando a Floyd Mayweather a un combate boxístico, aunque Conor no boxea. Va a ganar $100 millones, motivación suficiente para pelear. Sin embargo, hay algo más: un hombre que va contra los límites de forma tan feroz que bordea los límites de la sanidad mental. Al definir los detalles financieros, Conor apartó a Kavanagh a un lado. Estaban en casa de McGregor en el exclusivo y rural K Club, una vez sede de la Ryder Cup. "A mí me importa un ca---- el dinero", le dijo a su entrenador. "Esto es una mi---- estilo Bruce Lee. Esto es el agua que rebosa el vaso".

McGregor entrenó en Dublín durante 21 días antes de cruzar el Atlántico y pelear por su nueva vida una vez más. Su abuelo era marinero y, cuando se retiró, vivió sus últimos días en una habitación con vista al mar para así poder ver las naves y las corrientes. Conor tiene algo de eso. La voluntad de arriesgarse hacia lo desconocido. Esa es la historia más irlandesa que hay. Antes de partir, un carpintero llamado Trevor Sweeney fue en van a casa de Conor. Trabajó por seis meses en un juego de ajedrez especial para el peleador, con su logo y frases famosas.

El tablero y sus piezas fueron hechas de materiales de plomería, un recordatorio para Conor, al partir hacia América, del mundo del cual escapa. "Cuando veas ese tablero", dice Sweeney, "es una representación de tu camino de ser aprendiz de plomero a un rey"

McGregor se sintió abrumado y no podía mostrar su ferocidad.

"Estoy tan agradecido", le respondió.

AHORA, CONOR ESTÁ EN LAS VEGAS, entrenando, esperando, y su equipo de peleadores y entrenadores irlandeses viven en tres casas alquiladas. Son días grandiosos. Una compañía de salud local les prepara sus comidas. Levantan pesas, comen pollo, arroz y brócoli, y pelean. Los acentos irlandeses se escuchan por doquier en el gimnasio UFC en el campus corporativo de la organización pugilística, en un parque industrial cercano a la ciudad. El Lamborghini verde alquilado de Conor está estacionado a un lado (no usa uno de los cien espacios vacíos alrededor del gimnasio) y está sentado mientras le cortan el pelo.

Le pide al barbero que sea un corte cuadrado, tal como le gusta. Son las 10 de la noche. Cubierto en todo el barullo, es tranquilo y pensativo. Su hijo está en la ciudad. Un bebé, Conor Jr., que empieza a mostrar su personalidad. El chico ya ha volado en dos jets privados. Conor se preocupa que su hijo crezca como ciudadano de la otra Irlanda, la de vistas al océano para estrellas de rock, lujosas escuelas privadas y debates acalorados sobre un editorial de política económica en The Irish Times. Por ende, tan pronto como tenga edad suficiente, empezará a entrenar artes marciales mixtas ("en combate", dice Conor) y así enseñarle como pelear, sufrir y triunfar. Debe conocer el dolor a fin de tener la vida que quiera. Conor y un amigo cuenta más historias de tiroteos y peleas a las manos con narcotraficantes, y Conor se detiene para hacer contacto a los ojos conmigo.

Los detalles de su vida antigua no se conocen ampliamente. Aunque no pide que estas historias no sean publicadas, tampoco quiere ofender a los hombres peligrosos que aún mandan en su ciudad o irrespetar a las personas que aún viven allá. Aún hoy, no ha escapado de un todo de Crumlin. El Dublín de clase trabajadora tiene brazos largos. "Haz lo que debas hacer", dice. "Sólo está consciente que eso sigue y que aún estamos metidos en eso".

Y en algún lugar, alguien hace un chiste: "Y sabemos dónde vives".

Todos se ríen. Conor se reclina y mira alrededor.

Por tres semanas y media, disfrutará la libertad de su propia creencia, protegido del futuro y la verdad que este contenga. ¿Podrá ver a sus hijos y nietos crecer en las colinas verdes y cadenciosas, como ciudadanos de un mundo creado a puño limpio por él, o tendrá que volver al mundo del cual ha luchado por escapar? Esa es la única batalla que ha peleado, contra un oponente de muchos nombres: Tony McGregor, Johno Frazer, Nate Díaz, Floyd Mayweather. El verdadero oponente siempre ha sido las paredes mentales de su ciudad parroquial, y su éxito sólo agrega un nombre a esa lista: el suyo. Ahora es imposible que lo vea, porque su vida ha quedado reducida a una pelea. Para él, Mayweather no trata de ganar una competencia deportiva. Está tratando de llevar a Conor, y Conor Jr., de vuelta a Crumlin, de donde vinieron.

McGregor sonríe y se muestra profundamente feliz.

"Fuimos de compras anoche", dice. "Versace se mantuvo abierta para nosotros. Todo el sitio. Yo, mi novia y mi hijo. Nos divertimos mucho, ¿no es así? Compramos platos y cubertería Versace. No los necesito. Es la primera vez que hice compras así con mi hijo. Hoy cumple 3 meses".

Wright Thompson es escritor senior para ESPN.com y ESPN The Magazine. Wright Thompson nació en Clarksdale, Mississippi; vive actualmente en Oxford, Mississippi. Previamente, trabajó en The Kansas City Star y The New Orleans Times-Picayune. En 2001, se graduó de la Escuela de Periodismo de la Universidad de Missouri.

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