Fútbol
Carlos Bianchi 495d

Un campeón que fue un reflejo de la Euro

PARIS -- Después de las semifinales de la Euro, dijimos que los partidos de estas instancias hay que ganarlos. Lo hicimos en referencia a la victoria de Francia ante Alemania, en la que el local tuvo mucho menos la pelota pero supo aprovechar sus oportunidades.

La misma lógica se le volvió en contra al local en la final: dominó la posesión 60/40, pero no fue capaz de trasladar eso al resultado. Tuvo algunas chances más, pero nunca marcó diferencias abrumadoras, y terminó pagándolo ante un Portugal práctico y que sacó pecho en un momento clave, en el que se hizo fuerte cuando podría haberse caído a pedazos.

Venía siendo una Euro atípica y así concluyó. Una Euro en la que Alemania eliminó a Italia, aunque siga sin ganarle en los 90 minutos en una competencia oficial. En la que, a continuación, Francia se sacó de encima a Alemania, algo que no hacía desde hace tiempo. Y en la que, finalmente, Portugal consiguió su primer título, a pesar de ganar solamente uno de siete partidos en tiempo regular. Pero lo consiguió contra viento y marea: enfrentando en la final al anfitrión, que era el favorito, y habiendo perdido a su estrella promediando el primer tiempo.

Extrañamente, la salida de Cristiano Ronaldo potenció a Portugal, como si el resto del equipo hubiera entendido que tenía que crecer ante la adversidad y demostrar que ellos también podían aportar lo suyo. Todos multiplicaron los esfuerzos y apareció eso que ya habíamos visto en la semifinal ante Gales: un equipo solidario, regular en su funcionamiento, sin grandes brillos pero sacrificado para marcar y listo para aprovechar sus chances.

Y no es menor el cambio ofensivo que se animó a meter Santos, su técnico, al enviar a Eder al campo todavía en tiempo regular. Poniendo a un punta verdadero demostró que no iba a aguantar para buscar los penales, sino que estaba dispuesto a buscar el resultado con alguien que aportara en ataque.

Y para cerrar las paradojas de esta Euro, fue un jugador de la Ligue 1 quien marcara el gol decisivo para frustrar las aspiraciones francesas. En Les Bleus no marcó nadie que se desempeñe en el torneo local, y Eder, del Lille, les aguó la fiesta resolviendo de manera impecable tras llevarse a su marcador y meter un remate abajo a contrapié de Lloris.

Hasta entonces, el partido había sido lo que se esperaba de él: Francia tuvo más la pelota y creó más situaciones de gol, pero no las suficientes. No fueron demasiadas, y tampoco tuvo la pequeña suerte que hace falta para abrir un partido de trámite favorable.

Y, sobre todo, sufrió del mismo mal que la aquejó a lo largo del torneo, donde solamente pudo resolver de manera sencilla un partido, el de Islandia: un equipo en el que los roles y las posiciones nunca estuvieron totalmente definidos.

Este es un mal característico de los anfitriones de los grandes torneos. Y tiene su raíz en que, al no jugar eliminatorias, debe armar amistosos, en los que por más que se enfrente a los mejores, no existe la presión de conseguir los puntos. Con exigencia distinta, el rendimiento también lo es, e incluso el entrenador se sabe con más libertad para experimentar.

Así fue que la Francia de Deschamps siempre tuvo jugadores para jugar mejor de lo que lo hizo, pero sin continuidad en el posicionamiento, nunca terminó de definir su identidad. Los cambios que probó el técnico no funcionaron del todo y los protagonistas nunca se terminaron de encontrar muy cómodos.

La defensa fue la línea más criticada, pero los cambios que más afectaron al equipo sucedieron del medio hacia adelante. Ya habíamos marcado que Pogba pasaba a jugar de una banda a la otra, mientras que Griezmann empezó por derecho y terminó siendo un segundo punta detrás de Giroud. Como cierre, el mejor de Francia en la final fue Sissoko, jugando por adentro... cuando en la semifinal ante Islandia lo había hecho por afuera y por la derecha.

Siendo sinceros, Portugal tampoco tuvo un rendimiento espectacular. Contando con jugadores más creativos, terminó pareciéndose a aquella Grecia campeona de 2004, la que lo amargara en su propia casa. Organizada atrás, con dificultades para anotar y ganar, pero sabiendo siempre cómo mantenerse a flote y pegando en el momento indicado.

Nada distinto a lo que se vio a lo largo de un torneo bastante regular, en el que se jugó un fútbol sin brillo, muy limitado, y que tuvo pocas actuaciones para el recuerdo, tanto en lo colectivo como en lo individual.

Pero dentro de esa mediocridad, y pese a la tristeza que me da que mi segunda patria se haya quedado tan cerca pero tan lejos del festejo final, no dejan de alegrarme dos cosas. Una es que Cristiano Ronaldo, un enorme jugador, pueda celebrar un título con su selección, en el mismo año en el que haber ganado también la Champions lo pone como gran candidato al Balón de Oro. La otra es que, finalmente, un país al que le gusta tanto el fútbol haya podido consagrarse en un torneo continental.

Y para cerrar, voy a doblar una apuesta en la que me quedé muy cerca de la orilla dos veces, pero espero que la tercera sea la vencida. Creí que Argentina sería campeón de la Copa América y Francia de la Euro y ambos cayeron en la final. Ahora me juego a que Boca Juniors se va a quedar con la Copa Libertadores.

Felicidades.

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