<
>

Una cuenta pendiente

play
A horas de la gran final (1:11)

Hinchas de River Plate palpitaron el duelo frente a Tigres por la Copa Libertadores. (1:11)

BUENOS AIRES -- -- El amor de tres generaciones. La pasión hereditaria, potente, invulnerable. El sentimiento que con los años se mantiene inalterable como ningún otro rasgo de la identidad. Eso es lo que se puede sentir en los alrededores del estadio Monumental a minutos de la final de la Copa Libertadores. El pueblo de River espera este partido desde 1966, cuando los abuelos de muchos de los pibes que hoy se pasean nerviosos por Nuñez sufrieron el primer desengaño.

"Vinimos todos como un símbolo. Hicimos lo imposible por estar acá, teníamos que hacerlo", afirma Carlos ante la mirada de su padre y de su hijo. Es un testimonio pero sirve para ejemplificar lo que se vive en la previa del partido más importante de River Plate en los últimos 19 años. Este día nació para reunir a cuatro generaciones que sufrieron y gozaron en el torneo más importante del continente, ese que la Banda ganó menos veces de las que todos los que están aquí sienten que merecen.

Carlos no existía en 1966, cuando el equipo de Amadeo y Ermindo perdió contra Peñarol después de estar 2-0 arriba; y no se acuerda de la frustración de 1976 contra Cruzeiro. Sí tiene marcado a fuego los goles del Búfalo Funes en 1986 y los de Hernán Crespo en 1996. Él tuvo suerte. Vio dos finales y festejó en las dos. Su viejo la pasó peor.

Se llama Antonio y en 1966 tenía 23 años. Sufrió los 18 años sin salir campeón y la mala suerte de un equipo repleto de cracks que peleaba todos los torneos pero fallaba en las instancias finales. Estuvo en el Monumental cuando River le ganó a Peñarol y padeció a la distancia la caída en Santiago de Chile contra Peñarol. Diez años más tarde, cuando su hijo Carlos era un niño, su equipo volvió a quedarse en las puertas de la gloria. "El equipo de Labruna fue el mejor que vi en mi vida", dice mientras mira hacia el Monumental desde la calle Udaondo.

Era un hombre maduro cuando celebró los títulos de 1986 y 1996 y hoy sueña con vivir la tercera gran alegría continental junto a su nieto. Federico no había nacido aquella fría noche de los goles de Crespo. Es decir que todavía no sabe lo que es ser campeón de América. Está a minutos de sentir lo mismo que sus antecesores: o la tristeza de su abuelo en 1966 y 1976 o la felicidad de su papá en 1986 o 1996. Una o la otra, acá no hay medias tintas.

Siempre es bueno evitar los lugares comunes, así que desde estas líneas se evitará decir "Nuñez se viste de gala". A minutos del partido soñado por todos, el barrio River está convulsionado. Esa es la palabra que mejor describe una sensación que se palpa en el aire. Hay nervios, hay tensión y hay ansiedad. Las tres (y quizás cuatro) generaciones de hinchas que hoy se citarán en el Antonio Vespucio Liberti saben que esto pasa pocas veces.

Y es justamente esa certeza lo que condimenta la espera. A veces es imposible de ver con claridad la dimensión de los hechos en el momento que suceden. Un tema de perspectiva. Si uno se aleja del cuadro, lo puede apreciar mejor. Esto hoy no ocurre. Todos son conscientes de lo que significa llegar a esta instancia. Abuelo, padre e hijo adquirieron la capacidad de comprender la realidad a la perfección. A los golpes.

Como todavía faltan un par de horas para el comienzo del partido, las avenidas Udaondo y Figueroa Alcorta están pobladas de hinchas que vienen desde el interior y de ansiosos que ya no se aguantaban la espera y quisieron acercarse antes para compartirla. Es una tentación decir que todas las provincias del país estarán representadas en las tribunas, porque fueron muchos los que hicieron el sacrificio de emprender el viaje hacia la capital para estar presentes. Desde Jujuy hasta Tierra del Fuego, cada provincia tendrá su lugar en el Monumental.

"Sufrimos mucho. Fueron años complicados, pero todo vale la pena por esto". El hombre viene con su hija. Dice que le habría encantado traer a su madre y a su esposa. Ellas lo viven como él pero a la distancia. En su familia el sentimiento también se trasladó, como en la de Carlos y en la de decenas de miles que hoy colmarán el estadio Monumental. Porque el fútbol no es sólo un juego o un deporte, es un rasgo de nuestra historia personal, de nuestra identidad. Esta noche, River tiene una cita con la gloria. Hay cuatro generaciones de hinchas que tienen el mismo sueño.