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La favela Vidigal, cuna del boxeo olímpico brasileño

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Las favelas reciben el color del deporte (0:51)

Gonzalo Aguirregomezcorta se adentra en Vidigal, una de las favelas de Río de Janeiro que reciben las bondades del deporte y la cultura para combatir la violencia. (0:51)

RÍO DE JANEIRO -- La favela Vidigal tiene unas vistas privilegiadas. Sus calles sinuosas, empinadas y angostas suben al cielo. Sólo desde ahí se puede contemplar con claridad el capricho de un relieve único. Las montañas descansan a la izquierda, carcomidas temporalmente en la cima por unas nubes sin agua. El Océano Atlántico se extiende vasto al frente y a la derecha descubre algunos islotes que embellecen más si cabe la estampa. En medio, un conglomerado de hogares superpuestos, viviendas de colores que desde la altura parecen de cartón piedra. La playa, al fondo, con un mar que baña la arena, y una arena que precede al asfalto, a la verticalidad acristalada, ese lugar que no es el morro.

Aquí arriba algunas personas apoyan sus antebrazos en la madera de los balcones, con la mirada absorta automáticamente cada vez que se asoman, con la camiseta rasgada y la piel curtida. A un par de kilómetros de distancia, las mismas vistas de las que presume una de las más de 700 favelas de Río de Janeiro cuestan mil reales por noche (alrededor de 300 dólares). En Brasil, el lujo y la pobreza son vecinos íntimos separados por algo de aire, nada más. Arriba, los que no tienen; abajo, los que sí. Todos comparten la misma belleza.

Filgueira es un policía militar que prefiere no confesar lo mal que lo está pasando la policía federal. Estos últimos siguen haciendo mucho ruido con protestas en las que luchan por unas mejoras salariales acordes con los riesgos que corren. Filgueira evita el tema y cuando explica la primera razón por la que disfruta de su trabajo en Vidigal, apunta con su dedo y un gesto de cabeza al paisaje. Como si ese espectáculo visual fuera suficiente satisfacción mientras desempeña su labor en uno de los puntos calientes de narcotráfico en Río. "Vidigal ya está mejor", aseguró con cierta diplomacia.

Cerca de la entrada a la favela, un edificio fresco por sus colores azulados y grafitis muestra una frase que sugiere: 'Instituto Todos en la Lucha'. Como si del slogan del día a día de la comunidad se tratara, Raff Giglio optó por ese nombre para dar vida a su escuela hace 20 años. En la actualidad, es la cuna del boxeo olímpico brasileño. En la entrada, seis chiquillas juegan a esquivar una pelota roída. Ríen a carcajada suelta. Raff les dedica un rato mientras de puertas adentro uno de los voluntarios de su academia imparte clases a los varones. Su misión es la de ofrecerles una salida a la difícil realidad que se vive en Vidigal por medio de leccones de boxeo gratuitas.

"El Gobierno no hace nada por los niños de las favelas", se queja insistentemente mientras intercala en su discurso elementos una gratitud honesta que procede del placer de su labor. "La satisfacción del deber cumplido, de recibir una misión para un día ir a la favela y poder ayudar a los niños. Eso hago. Con lo que me pagan es con lograr una medalla. 'Toma, profe, ahí va la medalla olímpica'".

A Raff se le llena la boca cuando habla de Esquivao Falcão, a quien observó de pequeño en un campeonato en São Paulo. Al enterarse poco después de que había dejado de competir, tomó las riendas de la situación.

"Él vivía en el estado de Espíritu Santo, le traje a Río de Janeiro con 17 años a vivir dentro de mi gimnasio, le di comida, ducha, el entrenamiento para que siguiera boxeando. En 2007 participó en su primer campeonato nacional y se llevó la medalla de plata. En 2008 le llamaron para el equipo principal de Brasil, y de ahí para arriba".

TRES OLÍMPICOS, CIENTOS DE VIDAS TRUNCADAS
Arriba es más allá del cielo desde donde se contemplan las privilegiadas vistas de Vidigal. Arriba fue la presea de plata en los Juegos Olímpicos de Londres 2012, en los que perdió por un punto contra el japonés Ryota Murata.

"Cuando Esquiva llegó de Londres, primero fue a Brasilia a una recepción con la presidenta de la República. Antes de ir a Espíritu Santo vino a Vidigal y llegó a mi gimnasio: 'Ay, paisano, la medalla'. Yo casi caí duro", presumió Raff. "Yo fabrico campeones, la selección no forma atletas. Cuando el atleta llega a ser campeón nacional se lo llevan. Patrick (Lourenço) y Michel (Borges) son dos ejemplos", agregó.

Lourenço y Borges competirán en esta edición de los Juegos Olímpicos, en su propio feudo, ante su afición, a pocos kilómetros del lugar donde llevaron a cabo sus primeros juegos de piernas antes de ser seleccionados para el equipo nacional. El papel de Raff es fundamental en la cadena de la evolución de los boxeadores. Él siembra la semilla y la riega durante años para que cuando florezca esté lista para cambiar de manos. En el Instituto Todos en la Lucha aprenden a ser disciplinados, a trabajar duro, a desconectar de realidades muy difíciles en las que en muchas ocasiones les obligan a dejar su pasión de lado para ganarse el pan de sus familiares.

"Son vidas duras porque son todos los que viven en las favelas. Pasaron aquí por situaciones muy malas cuando había tráfico de drogas y todas esas cosas. Son niños pobres, sin plata, que no pueden pagar un gimnasio. Aquí todo es gratis y le damos una oportunidad de seguir una vida mejor. Acá hacemos un trabajo de educación a través del deporte para que los niños tengan una oportunidad que el gobierno no da. Hacemos un trabajo que les puede asegurar un chance de seguir como una persona buena, una persona que sea un buen hijo, un buen padre, una persona que pueda caminar por la calle con la cabeza erguida. También se puede hacer un gran boxedor".

Los más jóvenes tienen frente a sí el espejo de Falcão, Borges y Lourenço. El último peleará en esta edición de los Juegos en el peso pluma de 49 kg, mientras que Michel hará lo propio en el pesado de 81 kg.

LA DONACIÓN DEL DÍA
El voluntario que observa la técnica de los chicos deja de hacerlo y le entrega a Raff dos pares de guantes. Él los analiza por todos los ángulos, les da vueltas, los pone del revés, del derecho, de lado... todo con una sonrisa de oreja a oreja.

"Esta donación llegó de São Paulo", expresa.

El que alguien comparta su causa altruista es otra batalla ganada en su solitaria labor. Los ingresos para mantener el gimnasio y el equipo que usan los jóvenes provienen de donaciones individuales o de empresas. En la actualidad no tienen ningún patrocinador y toda ayuda es buena para un Raff que se define como un soñador que estuvo cerca de tirar la toalla.

"Pasé unos momentos muy difíciles en los que pensé en parar. Tengo familia, tengo hijas, cuatro hijas, y varias veces pensé tenía que buscar trabajo, que tenía que sacar plata por mi familia. Algo me dijo que no parara, que siguiera: 'trabaja que va a haber un buen resultado'. Seguí, seguí, seguí y entonces, la lección fue esa, creer en el sueño y seguir trabajando con disciplina”.

La disciplina que aprendió del judo y transmite a sus chicos. El rigor de una cabezonería que le ha valido un nombre no sólo dentro de Vidigal, sino fuera de la favela de la que hizo su hogar hace dos décadas. Tenía su gimnasio en Leblon, algo más cerca de Copacabana. Lo perdió por problemas con la prefectura y se instaló en esta comunidad en la que ha rehecho su vida sentimental y profesional.

Cae el sol por el Oeste, pero desde el Este hace tiempo que quedó escondido tras las montañas. Las luces de la parte baja de Vidigal se encienden. Llega la oscuridad no sin antes brindar una gala de colores bajo el manto iluminado de esas casas superpuestas. Se va otro día y algunos ven el partido de futbol femenino entre Brasil y China (3-0) sentados con una cerveza barata en sus manos.

Otros marchan a sus casas con bolsas en las manos mientras algunos autos dejan paso a otros debido a los estrecho de la calzada. Las motocicletas van por libre. Raff cierra las puertas de su gimnasio. Ya no hay niñas jugando en la entrada, sólo un continuo trajín de adultos. Filgueira, el policía militar, insiste en subirse en nuestro auto y acompañarnos a la salida de la favela.