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¿'El mejor de todos'? Suena absurdo, pero Ronald Acuña Jr. no está lejos

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La rotación más activa de LN ante la más impresionante parte baja de la alineación de bateo (1:46)

El poder ofensivo de los Bravos aventaja por muy poco a la efectividad de los abridores de los Cardinals. (1:46)

¿SEIS PARTIDOS? Shane Greene piensa por un momento antes de asentir. Sí, eso parece ser cierto: Después de pasar seis partidos vistiendo el uniforme de los Atlanta Braves, él había visto todo lo que necesitaba ver. En esos seis encuentros, Greene vio con asombro y en silencio desde una banca del bullpen en Cincinnati, Minneapolis y Miami, mientras Ronald Acuna Jr., de 21 años, jugaba a béisbol de una forma que Greene pensaba no era posible. Cuando Acuña no bateaba jonrones, saltaba bardas para robárselos. Los resultados son una cosa; el estilo es otra cosa totalmente distinta. Acuña practica un deporte engorroso (El Juego del Fracaso™, según lo afirma cada persona que ha seguido el béisbol desde siempre), con una ligereza que roza la alegría. Greene seguía mirando de forma furtiva a los compañeros sentados a su alrededor. En su mayoría, se mantenían impávidos. Lo que Greene consideraba sorprendente, el resto de ellos (quienes ya lo habían visto todo y más allá) eran espectadores conscientes rayando en la indiferencia.

Greene era el nuevo del grupo, y parte de ser el nuevo del grupo era “mantener mi boca cerrada y observar”, según afirma. Por eso, se dedicó a observar a Acuña en una forma que se hizo cada vez más meticulosa a medida que transcurrían los días. Se maravillaba con la forma en la cual Acuña se para sobre la caja de batear, sostiene sus manos frente a su cuerpo como si fuera un desafío, cómo batea de forma perpendicular hacia el terreno como si no estuviera seguro de cuál es el objetivo de todo el asunto. Esa mentalidad indolente parece ser diseñada con el fin de convencer al pitcher que él podría superarlo antes de que éste se de cuenta de que ha hecho un envío.

“Y entonces”, afirma Greene, “aquí vienen las que quizás sean las manos más veloces que jamás haya visto”.

Greene presenció cómo Acuña bateó un sencillo impulsor de dos carreras para dejar en el terreno al rival y rescatar el blown save de Greene en el partido del 3 de agosto. Vio a Acuña ligar tres hits, cuatro carreras anotadas y un jonrón tres días después, otro cuadrangular al día siguiente y un par de jonrones y cuatro carreras remolcadas a la jornada posterior.

Pudo ver cómo Acuña roba bases y dispara jonrones a un ritmo que podría convertirlo en apenas el quinto (y más joven) pelotero 40-40 en la historia de no haber sido por una lesión inguinal que puso fin a su temporada regular, faltando seis partidos para culminar la zafra. Fue líder de la Liga Nacional en carreras anotadas (127) y bases robadas (37). Ligó 41 jonrones. Se espera que Acuña juegue en la Serie Divisional de la Liga Nacional contra los Cardinals y no hay forma de exagerar la importancia de su juego en lo que respecta a las posibilidades de que los Braves avancen durante este mes de octubre.

En algún momento de ese sexto partido, después que Acuña hizo algo que Greene no puede recordar (“No hay forma de decirlo, siendo honesto; pudo haber sido cualquier cosa”), Green descubrió que seis partidos fue la mayor cantidad de tiempo que él pudo mantenerse silente. Ya había terminado el periodo de vigencia de su obligación de cerrar la boca y seguir con los ojos abiertos; por ello, se sentó en el bullpen y se desahogó con una frase:

“Ese es el mejor pelotero que jamás haya existido”.

Para Greene, eso parecía obvio: No había visto a alguien jugar a la pelota como Acuña (“un pelotero fenómeno, único en la vida”) y cada vez que lo veía jugar, un hecho seguía dando vueltas por su cabeza, como si fuera un gráfico de noticiero incesante: Apenas tiene 21 años. Es cierto que Greene no ve partidos de béisbol con la excepción de aquellos en los cuales participa y también es cierto que no sólo está consciente de la existencia de Mike Trout, sino que cuenta con un récord (dos jonrones permitidos en tres turnos oficiales de Trout) para demostrarlo. Pero no estamos hablando de un mero aficionado con los ojos abiertos; Greene ha participado en seis temporadas en Grandes Ligas y sus ojos le advirtieron de que estaba presenciando algo que su cerebro apenas podía imaginar.

Los muchachos del bullpen se rieron. No lo hicieron en son de burla; fue mas una risa como si le dijeran tranquilo ahí, nuevo. Todos se rieron con la excepción de Greene, quien movió ligeramente su cabeza y se negó a retractarse de su proclama. Y a la noche siguiente, Acuña ligó otro jonrón y los muchachos del bullpen vieron a Greene y ellos dijeron: “El mejor de todos los tiempos”. Y seguía siendo una especie de chiste, para ser honestos, pero a la noche siguiente Acuña soltó dos jonrones para un total de tres hits y en ese momento, “el mejor de todos los tiempos” se había convertido en Algo. Cada vez que Acuña hacía algo excepcional, Greene asintió en dirección a sus compañeros del bullpen con una mirada de desafío a que le demostraran que estaba equivocado. El coro comenzaba de nuevo:

El mejor de todos los tiempos

El mejor de todos los tiempos

Esta vez ya era dicho con un asentimiento con la cabeza, en vez de risas.

Con el pasar del tiempo, con cada jonrón conectado o con cada atrapada por encima del muro, el estribillo comenzó a sonar menos sarcástico y más como si fuera un homenaje.

“Al principio, pensamos que era algo gracioso”, expresó el relevista Jerry Blevins. “A medida que pasaba el tiempo, comenzamos a pensar: ‘Pues, sí… probablemente Shane tenga razón”.


TRES HORAS Y 58 MINUTOS antes de un partido disputado a mediados de septiembre en Filadelfia, Acuña se sienta frente a su vestidor, con su guante puesto, examinándolo por todos los ángulos, apretando algunas cuerdas aquí y allá, golpeándolo ocasionalmente con su mano derecha. La novedad aquí no es lo que Acuña está haciendo, sino el dónde y el cuándo: está frente a la vista de todos, durante la ventana de una hora en la cual se permite la presencia de los medios de comunicación dentro del clubhouse.

Existen reglas no escritas esparcidas por todos los aspectos del béisbol, incluyendo dentro del clubhouse, donde los mejores peloteros usualmente desaparecen una vez que se permite el acceso de los periodistas. No siempre se trata de un tema personal: si se es un jugador estrella, la presencia de este frente a su vestidor genera una emoción dentro de personas que desean poner un micrófono frente a su rostro y hacer preguntas sin mayor sentido, con la mera intención de hacerle hablar. Se le pide que diga algo con respecto a algún tema que pueda hacer sentir al pelotero como si este fuera un títere.

No obstante Acuña, que forma parte del selecto grupo de los mejores peloteros del béisbol en la actualidad y quizás lo sea en la historia de este deporte, se sienta frente a su vestidor, sin molestarse, confiado de que ninguno de los presentes le pedirá que diga algo sobre cualquier tema, porque ninguno de ellos (incluyendo a este servidor, lamentablemente) puede decir algo con sentido en su idioma natal.

“Una súper estrella, simplemente sentado allí, ensimismado”, dice uno de los miembros del staff de relaciones con los medios de los Braves. “Es casi una locura”.

Robándonos el consejo de Greene, la mejor forma de asumirlo es simplemente, estar callado y observar.


HAY UN MOMENTO en cada partido en el cual Acuña se anuncia a sí mismo. Tres horas y 58 minutos después de que éste se sentó frente a su vestidor para examinar su guante, fue el primer bateador del partido contra el zurdo de los Philadelphia Phillies, Drew Smyly, entrando en circulación por un error, para después robarse la segunda y tercera bases. Con un roletazo posterior de Ozzie Albies, los Braves se adelantaron 1-0 en el marcador.

En el sexto inning, con su equipo en desventaja 5-4, corrió desde su ubicación en el center field hasta la pared en right-cemter y saltó para robarse un extrabase de Jose Pirela. Una entrada después, se paró al plato y vio como una curva de Blake Parker saltó en paracaídas hacia el plato. Acuña parecía no mostrar interés durante los primeros 40 pies de trayectoria del pitcheo. Pero después, el swing hizo aparición, quedando a varios niveles por debajo de la caja de bateo y causando un estruendo en su elevación. Las manos (esas manos que Acuña describe simplemente como “algo con lo que cuentan algunas personas y otras no”) acercaron el bate hacia la pelota y el bate despacha la pelota a una distancia superior a los 400 pies, por encima de la barda del jardín central.

“¿Ese swing? Ese swing no es algo normal”, expresa el relevista Mark Melancon. “La óptica es diferente. Cuentas con muchos peloteros que pueden batear un jonrón a lo profundo, pero la forma cómo él lo puede hacer… con tanta rapidez, tan tarde en su turno. Espera más allá de lo que uno cree posible antes de hacer swing y parece que el bate fuera un palillo de dientes”.

Melancon mira hacia el horizonte y mueve su cabeza. “Quiero decir… apenas tiene 21 años”, afirma. “Tengo que recordármelo todo el tiempo. No creo que haya jugado antes con un chico de 21 años”.

La edad de Acuña solo se hace evidente en su rostro: redondo y jovial, las mejillas ligeramente regordetas, que contrastan fuertemente con el resto de su humanidad. Sonríe mucho y juega con una alegría que puede ser interpretada y malinterpretada de todas las formas tradicionales: exhibicionismo, arrogancia, inmadurez. Ha sido criticado por su lento trote a la hora de batear jonrón, por mostrarse excesivamente complacido consigo mismo después de hacer atrapadas fantásticas, incluso por vestir demasiada joyería. En un brote ocasional de precisión, su estilo ha sido atribuido a su fuente principal de ser como es: la simple alegría de un joven de 21 años que juega un deporte difícil excesivamente bien.

“Cuando era pequeño, desde que le dije a mis padres que quería jugar al béisbol, siento mucha felicidad dentro de este deporte”, indica Acuña a través de un intérprete. “Todos tienen su forma de vivir la vida y cada quién en lo suyo. Dentro de mi forma de jugar, salgo al terreno y disfruto lo que hago, lo hago con el mayor de los respetos, sin la intención de ofender o irrespetar a cualquiera de los que juegan en el equipo rival. Lo hago por amor a este deporte”.

Nosotros tres (Acuña, Franco el intérprete y yo) estamos de pie dentro del camerino de visitantes en una tarde de sábado en el Nationals Park. Los peloteros pasan frente a nosotros, excusándose mientras tenemos éxito en nuestro intento de conducir una entrevista de la forma más extraña posible. Le pregunté a Acuña si él había oído que Greene lo había proclamado como “el mejor de todos los tiempos” y mientras esas palabras le eran transmitidas, se reía a carcajadas, mientras decía: “Comentarios como ese me motivan a trabajar más fuerte y mantenerme humilde. No podría decir que soy el mejor, pero practico y entreno para convertirme en el mejor”.

Los Braves, equipo que sumó 97 victorias y se alzó con su segundo título consecutivo en la División Este de la Liga Nacional, son una mezcla fascinante de personalidades. Tenemos a Albies, de 22 años, líder de la Liga Nacional en hits y dobles, que juega con la misma afición al histrionismo que su amigo más cercano dentro del equipo, Acuña; siendo capaz de robar elevados del aire como si la presencia de éstos le causara asco. También forma parte de este grupo el pitcher abridor Mike Soroka, de 22 años, quien sumó WHIP de 1.09, fue líder de la Liga Nacional con la menor cantidad de jonrones permitidos por cada nueve innings y fue líder entre los lanzadores de las Mayores con efectividad de 1.35 en la carretera. Josh Donaldson, quien comienza a asomar canas, ligó 37 jonrones a los 33 años. El jardinero izquierdo Nick Markakis tiene 35 años, al igual que el receptor Brian McCann. ¿Son demasiado jóvenes, demasiado viejos o cuentan con la combinación correcta?

“¿El tema presente? Salgan al terreno, sean ustedes mismos y jueguen al béisbol”, expresó el infielder Charlie Culberson. “Si comienzas a intentar cambiar a la gente, sus individualidades y quiénes son, puedes cambiar lo que todos somos como equipo”.

En un vestidor ubicado a un lado del de Acuña, metido entre la discreta súper estrella Freddie Freeman y Donaldson, se encuentra McCann. Durante la mayor parte de la década anterior, McCann se ganó una reputación como el hombre que regula los niveles de diversión en el terreno de béisbol. Estuvo presente cuando Carlos Gómez disfrutó en exceso y “perreó” con un trote lento por las bases. Estuvo presente cuando José Fernández hizo su pose de jonrón durante un tiempo mayor al debido. Como resultado, su semblante molesto ha sido colocado gracias al Photoshop en cuanta foto existe de una celebración deportiva desde la invención de la fotografía.

Para ser justos: McCann no lo ha hecho por un tiempo (Acuña tenía 15 años cuando McCann y Gómez tuvieron sus momentos). La madurez y la evolución de este deporte han borrado parte del granito que residía sobre su quijada. Habla de forma lenta (casi con timidez) y efusiva a la hora de elogiar a Acuña.

“A él le encanta este deporte y le encanta divertirse”, afirma McCann. “Puedes verlo; él es un tipo divertido y hace todas las cosas correctas. Soy su gran aficionado”.

“¿Acaso Acuña ha cambiado tu actitud?”.

“Aquí estamos tratando de ganar a diario”, responde, “y somos 25 hombres intentando conseguirlo”.

Mira hacia arriba y sonríe. Las preguntas han fracasado en su objetivo. Se encoge de hombros y sus ojos nos dicen: Vive y deja vivir.


DIRIGIENDO A TODO este talento joven y sabiduría de veteranos se encuentra el manager Brian Snitker, un hombre de béisbol quien a sus 63 años tiene el aspecto de un estricto profesor de educación física y entrenador de fútbol americano de secundaria. Snitker habla de forma directa y libre de pretensiones. Después de la conclusión de los partidos en la carretera, se pone de pie en su oficina contra una pared blanca adornada con una lona de plástico con el logo de los Braves. Se quita la gorra para sostener entrevistas postpartido, posiblemente porque se encuentra bajo techo y es un gesto de cortesía; exponiendo así su calva y una frente que asemeja tener una marca de inundación dentro de un edificio. Las cámaras le apuntan y las luces lo bañan. Parece que debería sostener un periódico de hoy.

La vida de Acuña dentro del béisbol no puede ser más distinta que la de Snitker. Uno de ellos fue ascendido a las Ligas Mayores a sus 20 años después de jugar 236 partidos en Ligas Menores y probablemente esa cifra fue un exceso. El otro luchó y luchó durante 36 años en Menores, cuatro de ellos como pelotero antes de comenzar su carrera como manager a los 26 años, en los niveles subterráneos del sistema de los Braves. Una cierta especie de hombre de béisbol se hizo manager a los 26 años en 1982: dedicado a enseñar a los jovenes cómo jugar este deporte de cierta forma (La Forma Correcta) y estuvo dispuesto a someter a su ego a favor de la causa. Casi una vida entre hoteles Travelodge y Days Inn, además de incontables discursos relativos a pagar su cuota de esfuerzo cuando, por exigencia del clubhouse, fue contratado de forma permanente luego de terminar la temporada 2016 en condición de manager interino.

“Yo les digo a todos: ‘Los trataré de forma justa, pero no los trataré a todos de la misma manera’”, afirma Snitker. “No voy a tratar a Ronald de la misma manera que a Josh Donaldson. La experiencia y la diferencia de edad lo justifica. Aceleramos demasiado el camino de estos chicos en Ligas Menores y no se quedan lo suficiente para aprender. Antes, solían aprender lo necesario y cómo era mejor que, probablemente, solo había que sentarse y ser visto sin ser escuchado por un tiempo. Actualmente, las cosas no suelen ser así”.

Los estilos de ambos han llegado a chocar. El 18 de agosto, en un enfrentamiento contra los Dodgers en Atlanta, Snitker sentó a Acuña después que éste se pusiera a admirar un largo elevado en dirección al jardín derecho que se convirtiera en un sencillo épico en vez de un jonrón. Snitker fue, como siempre, directo en su explicación (“Tienes que correr”, expresó) y así se mantuvo cuando le pregunté si se arriesgaba a perder el respeto de Acuña con semejante acusación en público.

“Si pierdes el respeto de un chico por algo así”, expresa, “entonces quizás él no sea lo que creías en un principio”.

Este deporte es definido por la lucha y existen algunos que hacen vida en él que se sienten con el deber de imponer sus cargas sobre aquellos que parecen inmunes. Por ejemplo, hablamos de hombres que fueron contratados como managers de Ligas Menores a los 26 años con el fin de impartir las duras verdades de este deporte y transmitir sus reglas de fe. Snitker presencia este deporte ahora (su deporte) y puede mirar cómo Acuña voltea su bate y a Albies atrapar elevados como si fueran insultos, mientras que Donaldson baila hacia el dugout con una sombrilla en sus manos después de un jonrón, en honor a su apodo (Portador de Lluvias). Se trata de un mundo totalmente distinto, salvaje y bullicioso. ¿Quién es él para interferir?

“Estoy viendo todo esto y comencé a pensar: He llegado a un punto en el cual no puedo esperar llegar al estadio”, afirma Snitker. “Estos chicos me mantienen con espíritu juvenil. Durante los partidos, puedo ver a Josh con su sombrilla. Veo a otros chicos bailando conga y toda clase de bailes. Miro hacia abajo y pienso que estoy dentro del dugout con un equipo de la American Legion (que reúne jugadores aficionados) por la forma en la cual se comportan”.

“Hay cosas que solían volverme loco y con las cuales ahora me siento conforme. He llegado a un punto en el cual veo algo y pienso: ‘¿Por qué demonios me estoy preocupando por ello? No es gran cosa’”.

Gradualmente, la felicidad viene con los triunfos. Snitker tiene sus criterios con respecto a cómo se debe jugar este deporte y esos criterios jamás van a cambiar. Fueron impartidos durante esos años de lucha y persistencia. El Juego del Fracaso™ es algo que queda de forma indeleble en el cerebro y esa carga termina siendo muy pesada.

No obstante, mientras está sentado en el dugout de visitantes en Washington antes de que los Braves disputen su partido número 149 de la temporada, Snitker alza sus manos en señal de rendición. Todos esos años de viajes en autobús y moteles de una sola estrella vuelan por los aires. Se quita la gorra y frota su calva con una mano. “Sabes… es mi culpa”, afirma. “Uno crece oyendo todas estas cosas que le adhieren a este deporte y ahora las veo y pienso: ‘Oh, qué diablos. No va a cambiar gracias a mí, entonces, ¿por qué no dejarles ser?’”.

Acuña siempre irá a lo profundo y saltará bardas para atrapar cuanta pelota sea bateada en su dirección; correrá entre primera y segunda o de segunda a tercera incluso si los rivales están conscientes de que intenta robarse una almohadilla; trotará las bases después de un jonrón, siempre a su ritmo. Entonces, ¿por qué no dejarle ser, con toda su alegría, y ver hasta dónde llega?

Quizás termine en un sitio que ningún pelotero ha conquistado antes.