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Pocho Guzmán deja de ser chivo, pero no expiatorio

GUADALAJARA -- Víctor Guzmán debe pagar por sus pecados. Y con toda severidad. Pero no debe pagar por los del sistema de incompetencia del futbol mexicano.

El eventual positivo del Pocho Guzmán es un reflejo del entorno negativo de una Liga MX en la que desde hace años el proceso antidopaje no existe. Se recolectan muestras de orina, pero no se procesan.

Para la FMF y la Liga Mx este tipo de escándalos es equivalente a un hilo corrido en la media de la mujer galante en que se ha convertido en el futbol mexicano. No obedece a lineamientos de ética, sino a reclamos de sus intereses.

Un futbol que ha hecho de la anarquía su ley de vida, especialmente en aquellos temas que no afectan los intereses de la industria. El pecado se tolera, pero tratar de quitarse el yugo, no.

Se pueden permitir casos como el de Kuri, o el cohecho de promotores y entrenadores, o la irrupción del narcotráfico, o los casos de dopaje como el de Guzmán, pero que nadie se atreva a mencionar siquiera los derechos de transmisión de la selección nacional, porque entonces la mano del amo es despiadadamente implacable.

Víctor Guzmán había confesado hace meses sus pecados. Reconocía que había tocado fondo, pero que había encontrado la ruta de rehabilitación. Evidentemente, mintió. Confesarse culpable es la mejor forma de engañar. La lástima conduce al indulto del “pobreteo”.

En este entramado, en el que el futbol mexicano elige la mejor mascarada de los culpables, el silencio, aún quedan demasiados hilos sueltos, en el que insisto, ese silencio, busca cebarse sobre el principal responsable: el jugador.

¿Cuánto y desde cuándo lo sabía Pachuca? ¿Por qué se le mantuvo en competencia? Queda en entredicho la solvencia moral de los Tuzos, esa misma que ya había sido estercolada de manera despiadada por un reportaje impecable por Televisa, a no ser por los motivos secundarios que la originaron.

Que Pachuca se atreviera a usar a Guzmán, implica que, sabiéndolo el equipo, no advirtió a su entrenador, o que si lo hizo poco le importó a su entrenador Martín Palermo. Y que ambos sabían que el antidopaje en el futbol mexicano ha sido una farsa desde hace un par de años.

Chivas ha hecho bien en guardar silencio. Los clubes no están obligados a denunciar positivos de antidopaje ante su federación, confederación, FIFA y WADA, cuando ocurre fuera de temporada.

El Guadalajara habría detectado la situación del Pocho Guzmán antes del silbatazo ante Ciudad Juárez, por lo tanto, no debe asumir ninguna responsabilidad, incluso no se verá forzado a hacer ninguno de los cuatro pagos negociados ante Pachuca.

Así, la postura de Chivas, decidida por Ricardo Peláez, es la correcta. No debe manifestarse sobre el caso de un jugador que dejaba de pertenecerle en el momento mismo en que eventualmente se comprobaba su violación al reglamento de competencia.

Serán, sin embargo, Pachuca y la Liga MX las que deban aclarar su participación, pasiva o activa, al callar o documentar en todo caso, el desliz detectado por el Pocho Guzmán.

Insisto, el jugador ya vive su propio infierno. Necesitará de una delicada manera de conducirse y de manejar la situación por parte de los clubes y de los diferentes involucrados de la FMF, para tratar de rescatar su carrera. El estigma queda.

Lo importante, y también poco probable, es que la FMF decida exponer hechos, responsabilidades, con argumentos convincentes sobre todo nuevo dramón del futbol mexicano.

Ojo: siempre será importante que se hagan públicas todas las anomalías, los errores, las infracciones y fechorías, que se hagan las denuncias correspondientes, porque la verdad no tiene fecha de caducidad.

Pero lo más importante, es la capacidad para reaccionar. Lamentablemente, en el sistema de corrupción coludida del futbol mexicano, Víctor Guzmán dejará de ser chivo, pero no expiatorio.