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Pobre México, víctima de grandes tragedias y atracos

LOS ÁNGELES -- El futbol de México nunca fracasa, engalana sus derrotas con la mortaja de la tragedia. Algo así como: “No pierdo yo, me ha derrotado el Universo”.

1.- O viste de héroes a sus victimarios para declarar su derrota a manos de lo extraordinario.

2.- O viste de forajidos a sus vencedores para declarar su derrota como un tratado de injusticia.

3.- O elige el suicidio, sin dejar nota aclaratoria, para que nadie pida explicaciones con la Ouija.

Como metáfora agregada al vía crucis mexicano del futbol, encaja la reflexión de Octavio Paz en El Laberinto de la Soledad: “Para el mexicano la vida es una posibilidad de chingar o de ser chingado”.

Como penitencia, el futbol mexicano termina como la víctima de sus grandes victorias y como el invencible de sus grandes derrotas. Nunca falla: el sufrimiento nunca decepciona.

Este lunes 29 de junio se cumplen seis años del #NoEraPenal. México se asomaba al milagro del #QuintoPartido con gol de un rutilante Giovani dos Santos al 48’. Pero, los milagros, cuando se visten tricolor, nunca llegan al altar guadalupano de los mexicanos.

Al minuto 88. Sneijder empareja. Y después Rafa Márquez mordisquea el juanete izquierdo de Robben, quien se desploma con la gracia de Chaplin. Pero nadie ríe cuando la tragedia se carcajea. Penalti que Huntelar canjea en la red al 94’. La desgracia salta trémula de su sarcófago: seguía teniendo bajo su custodia al futbol mexicano.

Para México, no hay historia sin histeria en el futbol. Su ángel de la guarda se colapsa ante el drama. Ocho años antes, en Alemania, ante Argentina, Maxi Rodríguez tuvo una epifanía. Se posesionó de él el espíritu guerrero pero avejentado de Maradona.

Hoy, Maxi, aún no se explica cómo mulló el balón con el pecho y su habitualmente errática pierna izquierda se convirtió en la bazuca de Rambo e hizo estallar la trinchera de Oswaldo Sánchez. “Lo he intentado muchas veces, en juegos, en entrenamientos, y no, nomás no…”, reflexiona en ese diván glorificado de los héroes accidentales.

Si el futbol mexicano regenteara el infierno, estaría poblado de las vicisitudes ajenas. Goza santificándose en la satanización de sus verdugos. Insisto en Octavio Paz: “Para el mexicano la vida es una posibilidad de chingar o de ser chingado”.

Es decir, ni en 1986 fue culpa de sus federativos, ni de los calambres misteriosos de Hugo Sánchez, ni de los penaltis errados, sino del árbitro colombiano Jesús Díaz, que le hurtó un gol al Abuelo Cruz, y del arquero Schumacher. Vea pues: el héroe ajeno y la injusticia al propio.

Y del Mundial de 1990 no lo exilió la intriga tramposa de los cachirules, sino la maldita prensa que difundió las actas de nacimiento adulteradas. La traición de la verdad. Sí, entre la eutanasia y el suicidio, sólo cabe la mala fe.

Y para Estados Unidos 1994, no es que Mejía Barón se guardara los cambios, o si Hugo quiso entrar o no, o si desde el palco de la FMF, bloquearon su entrada, ni los tres cobros fallidos en la tanda de penales. No, todo fue culpa del arquero Mikhailov que jugó el mejor partido de su vida.

Y así, desde los desaciertos en los enroques de Manuel Lapuente en Francia; la alocada agresión de Rafa Márquez a Cobi Jones y sacar a Ramoncito Morales de la cancha ante EE.UU., y otros funestos capítulos más, hasta Rusia 2018, cuando México no sobrevive a su victoria sobre Alemania, para claudicar con los delirios napoleónicos de Juan Carlos Osorio ante Suecia.

Es decir, la fascinación del futbol mexicano en sus grandes derrotas, consiste en explicarlas con la mitificación de lo increíble. El fracaso lo acepta sólo como la confabulación siniestra de la adversidad y el infortunio.

Por eso, en este 29 de junio, el #NoEraPenal es un onomástico humorístico para que el mundo del balompié entienda que México, su futbol, como tal, desde esa tumba eterna del cuarto partido, nunca pierde…