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¿Sanción a Messi? Que le caiga encima todo el peso de la... ternura

LOS ÁNGELES - Barcelona apelará la expulsión de Lionel Messi. Que ni se moleste. El video demuestra que hay una agresión flagrante, inconfundible. Debe ser sancionado.

Ojo: no cabe ninguna de las tres agravantes. No hay premeditación, ni alevosía, ni ventaja por parte de Messi. Pero, la agresión existe, por definición misma. Y como tal, merecía la expulsión y merece la sanción.

No fue un manotazo a traición, queda claro. Fue un empujón a dos manos. Como para quitarse de encima un estorbo. Fue como una escena típica en una tienda estadounidense durante un Viernes Negro, peleando con otro fodongo o fodonga, por un par de calcetines blancos para el más insoportable de los cuñados.

Ni premeditación, ni alevosía, ni ventaja. ¿Cómo ventaja? Si a uno le apodan La Pulga y al otro El Búfalo. ¿Cómo ventaja? Si Villalibre dobla en todo a Messi. Lo dobla en peso, en estatura, y hasta en el número de la camiseta: uno es el “10” y el otro el “20”.

¿Premeditación? En la acción, Messi embestía como un búfalo enano de laboratorio, buscando seguir la jugada. No razona, ni organiza, ni fragua el empujón sobre Villalibre, sólo quería vía libre para continuar el ataque. No hagamos un lío en torno a Leo. Lo suyo no es un elevado I.Q. No es Goethe, Einstein, Da Vinci, Newton, Hawking, o este bloguero (¡ajá!). Lo suyo es la perfección del instinto, del impulso, de la intuición.

¿Alevosía? La Pulga sólo ve el balón. Hay más lealtad a la pelota, a la jugada, a la ansiedad por el empate; reacciona más por la salvación del Barcelona, que por hacer daño. No hay deslealtad ni traición, hay obsesión. Alevosía es perfidia. Lo de Lionel es desesperación. Un león batiéndose ante los épicos Leones de San Mamés, ante las fieras ajedrecistas de Marcelino García Toral.

Messi es tan inocente de los cargos, como culpable del hecho. Por eso, que caiga sobre él todo el peso de la ley… y de la ternura. Pero, que sobreviva, implacablemente, el peso del reglamento. La acción es el epítome de la impotencia. El epitafio del Barcelona ya ensangrentaba el marcador, y agregaba holanes de luto a la temporada azulgrana.

Tras el empellón, Messi no le dejó otra opción al árbitro Gil Manzano, quien no quiso hacer el gil (tonto), y buscó el manzano de la discordia en el VAR, para amparar la roja contra el argentino.

Barcelona apelará la roja. Acreditará todo eso: que no hubo dolo, que no hubo ni premeditación, ni alevosía ni ventaja, y que más que intentar dañar, solamente quiso desplazar vertiginosamente semejante obstáculo, ante su ansiedad por aparecer en zona de definición en el ataque catalán.

La comisión disciplinaria del futbol español es como la de cualquier otra parte del mundo: juzga con los colores y por los intereses. ¿Lo indultará o lo castigará? Dependerá del humor de los involucrados, entramados y entrampados por la pandémica encerrona en la que también ellos viven.

Messi es un afortunado. Esa poderosa intuición, ese instinto de supervivencia, ese olfato exquisito para detectar a los carniceros y sus guadañas, lo han mantenido a salvo de lesiones graves. Su instinto arácnido rebasa al personaje de Stan Lee.

A Maradona lo cercenó un taxidermista, Andoni Goikoetxea, y mire Usted del Athletic de Bilbao. Le dejó una morcilla donde había un tobillo. A Pelé lo enviaron a casa en los Mundiales de Chile y de Inglaterra. “Me dejaron la pierna tiesa, creí que no volvería a jugar”, revelaría O’Rei.

Cada uno de ellos tomaba venganza a su manera, hartos de que los terroristas de la cancha trataran de amputarles y sin anestesia.

En el Mundial España ’82, Italia lanzó sus mastines sobre Maradona. Ridiculizando su apellido, Gentile quería desgarrarle a Diego algo más que la camiseta, de la que conserva jirones como trofeo. Impunidad absoluta. Al siguiente juego, al todo o nada ante Brasil, frustrado, colérico, impotente, El Pelusa metió salvaje plancha a Batista y cargó con la roja. De cualquier manera, ya todo estaba perdido para los albiceleste ante la filarmónica brasileña.

Pelé tenía lo suyo. ¿Cabía la crueldad? Se recuerda el codazo y la fractura de nariz al argentino Mesiano en la Copa de las Naciones en 1964. “Mi mayor arrepentimiento”, explicaría después O’Rei a El Gráfico.

Sin embargo, su amigo, representante, y alguna vez compañero, Ney Blanco de Oliveira, revelaba la forma en que Pelé recurría a medidas extremas. Si lo golpeaba un mismo tipo varias veces, O’Rei le advertía. Había un segundo aviso, casi una amenaza. A la tercera, caería la guillotina. Pelé dejaba que se alargara el balón. Cuando el carnicero se lanzaba sobre el brasileño, éste dejaba caer con toda su colosal fuerza la plancha. Fractura de tibia y peroné. En la selva, la ley la imponía el rey, O’Rei.

“Nosotros le advertíamos al contrario, cuando sabíamos lo que podía ocurrir. Le decíamos ‘no lo golpees, no te le acerques, déjalo en paz’, pero algunos se sintieron muy machos, y pagaron las consecuencias”, recordaba Ney Blanco, ex jugador de Santos, de la selección de Brasil, y en México, de América, Toluca, y en especial de su amado Atlas.

Pero, Messi, con ese portento físico e intuitivo, no sólo olisquea a las bestias que lo quieren cazar, sino que incluso las desafía, las ceba, las azuza… y se burla de ellas. Ha sobrevivido venturosamente en un futbol en el que las perfecciones atléticas hacen más peligrosos los contactos.

Ha habido dos cazadores furtivos, despiadados, a los que siempre se les ha escapado Lionel: Sergio Ramos y Pepe. En especial al primero, con un repertorio que envidiaría el más depravado y desalmado peleador de UFC, y que en su más despiadada exhibición dejó a Mohamed Salah inhabilitado, física y mentalmente, para el Mundial de Rusia.

Messi, sin embargo, más allá de otros zafarranchos y moretones en los adversarios, más allá de insultos desaforados contra rivales o contra la tribuna madridista, no ha aprendido a vengarse, porque su instinto de conservación le ha permitido ser elusivo a los intentos de asesinato en su contra.

Por eso, insisto, en esta recreación casi cómica de La Pulga contra El Búfalo, no caben los agravantes, pero sí cabe la sanción que genere esta tarjeta roja contra el argentino, y estará totalmente merecida. Y por eso, insisto, que se le juzgue con todo el peso de la ley… y de la ternura.