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¡Alta traición del Cabecita Rodríguez a Cruz Azul!

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Detrás del escándalo del Cabecita, hay un problema que es más serio y es el Cruz Azul (2:28)

Rafa Ramos opina que escándalos como el del Cabecita Rodríguez van a seguir sucediendo en La Máquina, en donde no hay autoridad. (2:28)

LOS ÁNGELES -- Alta traición. La juerga, la indisciplina, la blasfemia, la renuncia, el engaño. Sí, alta traición de Jonathan El Cabecita Rodríguez contra Cruz Azul.

En el video que denuncia la francachela que se corrió el jugador uruguayo, aparecen bebidas alcohólicas, señoritas de cabellos largos y faldas cortas. ¡Ah, y gel antibacterial! Además, el uruguayo aparece con el uniforme oficial de La Máquina.

Eso sí, sin guardar su sana distancia, ni respetando el uso del cubre bocas, pero, total, en la prostituida Liga Mx, los torvos directivos (¿y sus entrenadores?), ya pisotean –con el contubernio de la FMF–, el derecho a la salud del futbolista, mandando a la cancha a positivos asintomáticos, sin importar el bienestar de los rivales y de sus familias.

¿En dónde tendría su cabecita Rodríguez para irse de parranda horas antes del nuevo ridículo celeste, esta vez ante el Puebla, especialmente si, como aseguran, se desvivió por convivir hasta las cuatro de la mañana?

¿Por qué alta traición de Jonathan Rodríguez? ¿Por qué, si lo que ha hecho, lo han hecho y lo hacen ya tantos en el futbol mexicano?

¿Por qué lo suyo es alta traición y no lo de otros? Porque él dio mensajes de ser distinto de otros. La Chofis López, El Gullit Peña, Edwin Cardona, Alexis Vega, Uriel Antuna, Chicote Calderón, y todos los que se agreguen, son minúsculos, pequeñitos, liliputenses, momentáneos, intrascendentes, en las grandes épicas.

El Cabecita había hecho creer y había hecho crecer la fe en ese Cruz Azul, que suma 23 años de hambruna, de frustración, de impotencia, de fracasos.

Jonathan Rodríguez había ilusionado a la muchedumbre celeste, ávida, sedienta, abnegada, desesperada, de que en 2020, llegaría el momento sublime del reencuentro con esa gloria vedada y vetada para Cruz Azul desde aquel 7 de diciembre de 1997, con más de media decena de finales perdidas.

Y encima, es un acto de deserción. Es una promulga de hartazgo, de rendición, de claudicación. El Cabecita ha abandonado a La Máquina sin abandonarla físicamente. Seguirá ahí, porque su salario de casi 2 millones de dólares lo atenaza… momentáneamente.

Alta traición. Sí. Por si acaso todavía quedaba algún jugador, algún compañero, algún familiar, algún directivo, algún técnico, algún aficionado, dispuesto a creer en él, a seguir creyendo en él, a creer junto a él.

¿Patrocinó este escándalo el mismo Jonathan Rodríguez? No hay porqué descartarlo. En tiempos de crisis, los chivos expiatorios, los mártires, los sacrificados, siempre son bienvenidos. Y a la torpeza manifiesta de sus capataces, les sienta bien el flagelo público a un jugador, especialmente, a uno que fue símbolo en 2020.

A sabiendas de ello, el uruguayo decidió colmar de piedritas la vesícula de sus nuevos dirigentes, que confirman, a su vez, la impericia, la incapacidad, y la forma bisoña en la que se conducen, desde un sitio que les queda demasiado grande.

Lo más grave es que El Cabecita ha perdido la cabeza en su afán por irse de Cruz Azul. Y se irá por la puerta de atrás, por la puerta de servicio, la puerta ignominiosa que conduce a los contenedores de desechos, a los almacenes de lo execrable, al laberinto sin fin de los traidores.

Se irá como decidió largarse un día Iván Marcone. O como se escurrió Igor Lichnovsky. Y tantos otros, todos, al amparo de argucias, de patrañas de sus propios promotores.

Algo más grave: Cruz Azul pagó 4.5 millones de dólares por la carta del Cabecita, y su cláusula de rescisión es de solamente dos millones. Idéntico al caso de Igor Lichnovsky, por quien Cruz Azul asevera haber pagado 3 millones de dólares, pero acordó su cláusula de rescisión por sólo 1.5 millones de dólares.

¿Estupidez o delito? ¿Demencia o cohecho? ¿Torpeza o crimen organizado? Los directivos de Cruz Azul han encontrado siempre la forma perfecta del autorrobo, del desfalco, del suicidio financiero.

Es difícil creer que dirigentes exitosos a nivel empresarial, como los Álvarez Cuevas, hubieran perpetrado semejante estulticia. No fue equivocación, fue una forma amañada de comprar al jugador para venderlo posteriormente con pingües ganancias, utilizando a terceras personas o a mafiosos promotores.

¡Alta traición! Jonathan Rodríguez se plantó ante el umbral de los inmortales de Cruz Azul, donde habitan muy pocos. Se hunde, sin embargo, en la ominosa fosa común de los maleantes que han cruzado por el ya marchito vestidor celeste.