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Messi sigue solo, pero no abandonado

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Messi arma la goleada al Elche (0:50)

Con un inspirado doblete, el astro argentino devolvió el aire al Barcelona en la Liga. (0:50)

LOS ÁNGELES -- Hay alarmas imposibles de desdeñar. Llegan por Twitter, por WhatsApp, por mensaje de texto. Llegan, siempre llegan. Ocurrió este miércoles. “¡Ahí está tu pecho frío!”, increpaba esta alerta.

Ese reclamo tiene casi 12 años de vigencia. A veces se queda calladito, agazapado, escondido. En 2009, a través de Raza Deportiva de ESPNDeportes le aposté una bandeja paisa a Óscar Restrepo, compañero de fórmula y decano del periodismo en Colombia. “Messi no va a ganar nada con la selección de Argentina, por pecho frío”, le espeté.

Desde entonces, los correligionarios de la secta mesiánica, se agolpan en mis buzones cuando el portentoso argentino inmortaliza sus fascinantes diabluras. La firma al calce de cada reclamo, es la misma: “¡Ahí está tu pecho frío!”. Desventuradamente, para ellos, para Messi, y para el futbol mismo, sigo ganando la apuesta y no creo que el pronóstico caduque en Catar 2022.

Pero este miércoles, la alerta tintineó. “¡Ahí está tu pecho frío!”. Había visto sólo el primer tiempo del Barcelona frente al Elche, antes de atender otras tareas. Los Ilicitanos y los culés habían tenido al menos tres oportunidades de escandalizar el marcador en esa primera mitad, que mantenía esa vocecita sepulcral del 0-0.

Pero, la persistencia de esa alarma perniciosa, me obligó a rescatar el segundo tiempo para entender el 3-0 del Barcelona, no totalmente justiciero, pero sí irrefutable. Cuando ronronea ese “¡Ahí está tu pecho frío!”, es necesaria la revisión en detalle.

Algo fue evidente. Messi ha vuelto a sonreír. Brevemente, pero lo ha hecho de nuevo. Quiere creer que no está solo. Que desde el abandono masivo de los colosos del talento (Xavi e Iniesta) y el músculo (Puyol y Mascherano), aún encuentra socios. Cierto, era el Elche, el sublimado Elche, dispuesto a faltarle al respeto a un equipo de leyenda con una leyenda en el equipo.

En los tres goles ante el Elche, aparecen los genes de lo intempestivo, de lo sobrenatural, de la capacidad enorme para inventar fantasías con la solidaridad obesa del balón. Lionel Messi transforma la inofensiva pelota en una partitura estética de malabarismos letales. Y la deposita en la red, o en el ardid perfecto para que otro compañero la firme.


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Por eso, insisto en esa sensación híbrida de placer y desesperanza en los aficionados argentinos. Han levantado tantas copas en la nación azulgrana, pero aún siguen sedientos de un cáliz, de ese cáliz que aguardan de quien hoy es el mejor futbolista del mundo, especialmente cuando el mejor jugador del mundo –que no es lo mismo-, Cristiano Ronaldo, ya levantó, entre algodones, una Copa Europea de Naciones.

El 1-0 al Elche es una vieja semblanza con otros protagonistas. Messi recibe en el último tercio. Salen tres a acosarle. Hay en ellos ese temor, esa cautela, por no ser el patiño de otra genialidad. Mientras ellos dudan, él devasta. Entrega a Braithwaite quien pisa y arrastra el balón a la llegada de Leo, y él, ganando milímetros en la barrida, supera al defensa.

Y otro más. De Jong irrumpe desde media cancha. Entre velocidad y amagues, pisa el área por izquierda. En el corazón de ella, aparece Messi. El pase es exacto. Leo confronta en el área, entre seis rivales: el arquero y cinco escoltas. Pespuntea con fineza, con finura, con precisión. Pespuntea en el área como costurera de Versace. Llega ante el cristo indeciso, rendido, vencido, de Édgar Badia y levanta el balón lo suficiente, lo necesario, lo letalmente preciso. 2-0.

Cierra la cuenta con comodidad. Barcelona ya se permite lujos, porque el Elche está más preocupado por dignificar el epitafio que por protagonizar la hazaña. De Jong, de nuevo, por el centro. Por derecha saluda a Messi. Dispone de tiempo y espacio. El balón flota con su mensaje facineroso. Encuentra la calva de Braithwaite, quien baja y cede al centro del área, donde asalta Jordi Alba con una tijera a ras del suelo. 3-0.

No se malinterprete. Este Barcelona no deslumbra. Sólo que Messi lo alumbra. Y él se vio cómodo. Sonrió, esa particularidad que había perdido desde el segundo semestre de 2020. Y se vio confortable. Y no se sintió solo. Y vio que todavía puede cosechar felicidad, en el que pensó que sería el páramo de todas sus tristezas.

Encontró socios para ponerle moño a cada anotación. No fueron goles con la resequedad roñosa de la estadística, fueron embelesados con esas delicadezas y exquisiteces de jugar al futbol con el preciosismo del talento.

Ojo: fue un episodio aislado. Para regocijarse con esos tres momentos. Pero el Barcelona, Messi y sus secuaces, no parecen capacitados ni para una hazaña en la vuelta ante el PSG en la Champions, y acaso, sólo, tal vez, para seguir peleando la Liga, a la espera de traspiés de los equipos de Madrid.

Lo generoso habrá sido eso. Messi no se sintió solo al querer hacer futbol. No se sintió tan abandonado. Y recuperó un momento de felicidad. Dejó de parecer hastiado, incómodo, inadaptado.

Pareció, por primera vez, desde el día infausto del tétrico burofax, que ya no necesita refugiarse en el pasado, para resistir el presente y para no atemorizarse del futuro. Pero, no sentirse solo, no significa que puede sentirse pleno. Eso nunca. Eso, ya, jamás.

Mientras tanto, seguirán llegando esas alertas cada vez más infrecuentes, cada vez más aisladas, pero igual hay que atenderlas, como desde 2009. “¡Ahí está tu pecho frío!”.