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El Arcángel de Mena... Y los demonios de Miguel

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¿A qué se debe la eliminación de Tigres? (1:40)

Álvaro Morales considera que la falla del delantero paraguayo, Carlos González, sentenció el pase a la Gran Final. (1:40)

LOS ÁNGELES -- Una Liguilla que es un Purgatorio. Algunos ganan su salvación (Ángel Mena, Alan Mozo, Carlos Salcedo), otros confirman su condena (Miguel Herrera).

León, el primer finalista. Porque tuvo un Ángel en Mena. Tigres, al anecdotario del fracaso. Porque regresaron, lamentablemente, los demonios de Miguel Herrera.

León 3-3 Tigres, en el global. El reglamento y un punto de diferencia en la Tabla, son los jueces supremos. La Fiera aguarda por Atlas o Pumas.

Otro juego intenso, vibrante, estremecedor. Un aquelarre: patadas, codazos, provocaciones, zangoloteos, bronca, pero con la redención de los goles.

Y sí, de nuevo, la pestilencia arbitral de César R. Palazuelos, o “Porlossuelos”, como lo indica la vox pópuli. Ya saldrá bobaliconamente Arturo Brizio a indultarlo. A su torpeza, queda claro, Cesarín le agrega su personal encono contra El Piojo.

Hay un prócer en León. Había estado escondido, incluso cuando León fue campeón con Nacho Ambriz. Ángel Mena no aparecía en la vorágine de Liguillas. Era luz del torneo y tinieblas en la fase final, ya fuera por abulia, por temores, o por peculiares lesiones.

Esta vez, ha sido distinto. El ecuatoriano suma cuatro goles y una asistencia. Trepó a la guillotina al Puebla y a Tigres. La afición esmeralda tenía ese recelo, ese resquemor. ¿Se venía otra Liguilla con Ángel Mena, pero sin Ángel Mena?

No ha sido así. La noche del sábado, al minuto 8 y al ’85, vulneró a Nahuel Guzmán. En alas celestiales, las de este Ángel, las de este Mena, el León voló a la Final. ¿Atlas o Pumas? Si el goleador sigue así, poco importa.

La afición esmeralda implorará esta semana ante los altares de la Catedral Basílica de La Madre Santísima de la Luz en la ciudad de León: “Ángel de mi guarda, mi dulce compañía, no me desampares en la Final de esta Liguilla”.

Lo de este sábado por la noche, fue una batalla. Genuinamente. Comenzaron mordiendo sin límites anatómicos. Un zape en la mollera, el intento de patada a la yugular, o la guadaña sobre el tobillo. César R. Palazuelos hacía pucheros a cada silbatazo.

Ya con los nervios de punta, Ángel Mena fusila a Guzmán apenas al minuto 8. Rebotes y una torpeza de Javier Aquino generan la jugada. El ecuatoriano golpea abajo, cruzado, potente. Nahuel es una plasta roja de impotencia.

Y hablando de resucitados, de muertos que anduvieron paseando sus momificadas carreras por Europa, y parasitando a Tigres, finalmente, al ’16, aparece Diego Reyes. Un centro frontal, talladito, flotante, juguetón. En el área, ante la desorbitada mirada de Rodolfo Cota, con una exquisitez inusual en semejante palurdo, Reyes remata sintiéndose Zlatan o Cristiano. Tigres de nuevo se asomaba al coliseo de la Final. 1-1, 3-2 en el global.

La intensidad seguía. Tigres buscaba el tiro de gracia y León pujaba por la salvación. ¿Cesarín? En estado de pánico, propenso siempre más al error, y haciendo del acierto un accidente.

El segundo tiempo no mostró tregua. León, azuzado por el reloj, agobiaba, pero Tigres se mantenía sólido. Con pierna fuerte en el fondo, y buscando la aventura emergente con Gignac o alguno de sus acólitos.

Pero, mientras había furia en la cancha, el terror se metió en el espinazo de Miguel Herrera. O su mensaje no llegó claro a sus jugadores. El León arrinconó a Tigres. El Piojo saca incluso a Gignac, cuando el francés, en una pierna, impone más que Fulgencia con dosis extra de cafeína.

No fue Ariel Holan, sino Miguel Herrera quien ordenó el gallardo redoble del Toque 3 de Diana, para el ataque del León. Y como una banda de guerra, La Fiera fue al frente. La salida de Gignac, y El Piojo debía saberlo, es un acto de provocación y estímulo para el adversario.

Herrera moriría víctima de sus temores. Montó la trinchera precipitadamente. León lo sitió. Al ’85, llegaría el premio. Doble atajada, espectacular, de Nahuel, y el balón se abre por izquierda. Jean Meneses a fondo y su servicio es una golosina. Un balón de viaje alto y lento. Al segundo poste. Con alas de Ángel, Mena vuela y emboca: 2-1, 3-3 en el global.

Y tras la sentencia, el zafarrancho. El arcángel Mena y sus querubines le gritan el gol a la banca de Tigres. Empujones entre las bancas, en la cancha. ¿Cesarín? ¡Aterrorizado! Minutos de jaloneo, zarandeos, patadas traicioneras, puñetazos fallidos, arañazos. Y el árbitro sólo expulsa a dos que estaban ya en la banca: Luis Quiñones y Oswaldo Rodríguez. Alguien de ultratumba, le ordenó no echar ni a entrenadores ni a protagonistas en la cancha.

Miguel Herrera, en el maremágnum, tira un par de golpes. Hace menos de un año, otra zacapela similar le costó la chamba en el América, después de una denigrante exhibición el 19 de diciembre de 2020, ante el LAFC. Dijo que había cambiado, que había aprendido, que ya controlaba su ira. Menos de un año después, el basilisco vestido de Armani, reaparece.

Tigres, ya sin garras ni dientes, intentaría maniobras desesperadas de rescate. Lo mejor fue la aparición de David Ayala, una apuesta segura de El Piojo para el próximo torneo. Desde su ingreso al ’75, por Juan Pablo Vigón, ratificó que futbol, tiene, aunque esta vez no alcanzó, como no alcanzó una barrida del Cocoliso González, solo, a dos metros del gol, al ‘94. Al paraguayo le faltó casta, bravura, en ese lance.

Con el 3-3, León vivió bajo acoso los minutos finales. Pero estaba entero. En la cancha tenía ya al más enfadoso, peligroso y fascinante de los gnomos: Fernando Navarro, quien confirma su total recuperación.

Así, teniendo en Ángel su arcángel, León es finalista, y con mucha complicidad de Miguel Herrera, aunque él, en su discurso final, endosó la responsabilidad de replegarse a sus jugadores: “Dejamos de buscar el arco, nos metimos muy atrás, no teníamos que estar atrás, los rebotes eran fuera o dentro de nuestra área, le regalamos oportunidades al rival”, dijo.

Pero mientras Tigres rumia y brama su eliminación, el León confirma su aureola de favorito. Mucho de este León, debe, todavía, y merecidamente, arrancar una sonrisa a Nacho Ambriz.