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El Atlas, una pasión entre la fe y la locura

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Para Paco Gabriel, el Atlas vs. León es una oportunidad para que no haya una final manchada (2:15)

El tajante llamado de Paco Gabriel de Anda para que la Final del futbol mexicano se juegue de manera limpia. (2:15)

LOS ÁNGELES -- ¿Será? ¿70 años después? ¿Será? ¿Siete decenios o siete décadas (que no es lo mismo), o 14 lustros después?

¿Cuántos testigos de aquel penalti, historia grabada en oro por el tico Edwin Cubero el 22 de abril de 1951 estarán lúcidos el próximo domingo --con escala este jueves--, ansiosos de ver de nuevo campeón al Atlas? ¿Será? ¿Finalmente?

Estuvo cerca ya. Aquel Atlas fascinante de Ricardo La Volpe. Junio 6 de 1999. Muerte súbita en definición por penales. Jerry Estrada jura que “le pegué con toda el alma”. Pero, falla: fue el escribano involuntario de un nuevo capítulo de fracaso. Hernán Cristante, con apellido evangélico que significa “Con Cristo”, era, literalmente, cancerbero del Infierno. Intuyó, adivinó, atajó. Toluca campeón.

70 años de espera, en la antesala de lo improbable. Porque no hay certeza. Porque el León tiene voz y voto. Y porque La Fiera tiene futbol.

70 años de vigilia, el ayuno ascético. Anorexia involuntaria. El peso histórico de la ansiedad es el peso histórico del fracaso. Un castigo, una condena. “El tiempo es más pesado que la más pesada carga que pueda cargar el hombre”, de puño y letra de Juan Rulfo, quien jugaba al futbol con Pedro Páramo y sus fantasmas en Comala, y aunque nacido en Apulco, Jalisco, era aficionado de Pumas.

¿Será el purgatorio eterno de su nombre? Atlas, en la mitología griega, encabezó la Titanomaquia, la rebelión de los titanes contra los dioses, por el control del Olimpo. Fue condenado a cargar el mundo en sus espaldas para la eternidad. ¿Será que la eternidad es tan efímera como estos 70 años?

Irónico, perverso y cruel el karma. Los atlistas de los 50s, bautizaron con el “ya merito” a un Chivas pujante y frustrado que no podía ser campeón. El “ya merito” cambió perversamente de camiseta, y de rojiblanco pasó a rojinegro.

70 años sin título y sin embargo, el Atlas existe, crece, se multiplica y no muere. Es pasión que duerme, pero no agoniza. Sólo el calvario atlista y Chabelo resisten tantos años. Un calendario con 70 hojas en blanco. El himno del silencio.

Un ex gerente del Atlas, Enrique Aceves, hizo un estudio para su tesis sobre el comportamiento de la afición rojinegra. Insólito: sus mejores entradas en el Estadio Jalisco ocurrían cuando el equipo peligraba por descender, antes que por liderar el torneo. Más propensión al funeral que al carnaval.

Ser atlista es un pacto de sangre enfermo de hemofilia. Pasión insana. Pasión de crisis. Pasión por el sufrimiento. Pasión en la incertidumbre. Pasión que al minuto 90 crispa los nervios y el hígado. ¡A lo Atlas!

“Le voy al Atlas hasta cuando gana”, inmortalizó Ney Blanco de Oliveira, compadre y amigo de Pelé, de horas venturosas con América y Toluca, pero que se vistió de estoicismo con un jorongo rojinegro, un cigarrillo jubilando al otro, y un café eterno, como la bendición del vino en las Bodas de Caná en Galilea.

Algo hay oculto. Envenena. Se mete en la sangre. Inocula. Posee. Sólo aprensiva y aprehensivamente, se es del Atlas. La esperanza, esa de 70 años ya, es el elíxir de la eterna juventud. “¿La ilusión? Eso cuesta caro. A mí me costó vivir más de lo debido”, confiesa Pedro Páramo bajo la caligrafía de Rulfo.

Algunos tendrán un balcón entre las estrellas para apagar su sed. Ramón Cano, el más fiel de La #AflicciónRojinegra, creador del grito aquel de “¡mil veces arriba el Atlas!”, falleció a los 84 años, un 25 de octubre de 2011. Si ocurre el milagro, será el primero en besar el trofeo, esté donde esté.

Y la estampa simbólica, emblemática, inigualable de Mingo (Martín Domingo Morales Rangel) el de la gigantesca bandera, que a cada gol rojinegro ha recorrido la periferia de la Zona A del Estadio Jalisco.

El Maratón de la fe. Todo empezó en la Temporada 1980-81. Atlas tenía 11 partidos sin anotar. Hasta que Héctor Pitarch (‘65) rompió el maleficio ese 11 de abril de 1980, ante el Tampico Madero. Mingo tomó el estandarte rojinegro y corrió frenético por el pasillo central de la tribuna. Se convirtió en un ritual. Una profesión de ilusión, de esperanza, frente a alatares vacíos.

Irle al Atlas es vivir bajo el franciscano ritual del sufrimiento. Acudir al Estadio Jalisco es anhelar la victoria, pero cargar con los estremecimientos, los pataleos epilépticos de la duda, que se agigantan cuando el final del partido se acerca. La gloria y el infierno aguardan, embozados de misterio, más allá del minuto 90.

Porque el atlista hace un voto solemne de lealtad. “Hasta que la muerte nos separe”. Del Atlas nadie se divorcia, ni lo ornamenta con las astas de la infidelidad. Este tálamo futbolero es inquebrantable.

Tal vez es más mexicanísimo ser del Atlas que de Chivas. Por esa obsesión tan mexicana como deliciosa de que la desgracia se convierta en un pregón que busca cobijo ajeno. Los decibeles de la calamidad ajena salpullen con más furia que la felicidad propia. La adversidad es un credo sadomasoquista en los hijos de Tenochtitlan, que si no se comparte, no se saborea.

El bullying encuentra una carnada apetitosa en cada aficionado rojinegro. ¿Qué se siente nacer, crecer, reproducirse y morir sin ver a tu equipo campeón? La lealtad en el Atlas tiene algo de pagano, de irreverente, de satánico, es como besar una cruz invertida. El milagro no ocurre, se escabulle.

Irónicamente, entre los jesuitas, hay una devoción oculta detrás de ese inmenso santoral. Despuecito nomás, de los 7 mil santos que contempla el Martirologio Romano, los jesuitas hacen del Atlas el santo sin canonizar. Sí, el 7,001.

El padre Gonzalo García Verea, a quien su cardiólogo le prohibió ir al Estadio Jalisco, ver o escuchar los partidos en directo, confesó una vez en Radio Universidad de Guadalajara: "El Octavo Pecado Capital es irle al Atlas… y es el único que yo practico, con el perdón y el permiso

de Nuestro Señor. A Jesucristo sólo le faltó sufrir siendo del Atlas. Su vía crucis habría sido demasiado despiadado", comentaba con su gran sentido de humor, asegurando que un gran número de jesuitas seguía al equipo de El Paradero.

Como su atuendo, rojo y negro, la historia del Atlas está llena de contrastes. Cuando buscó su primer albergue, creyó que en El Paradero montaría un desarrollo con poderosa plusvalía. No fue así, el equipo de los aristócratas tapatíos quedó montado en una zona de pobreza. Irónicamente, el Guadalajara, pretendió ubicarse en una zona de baja plusvalía, pero la Colonia Providencia terminó siendo un oasis de multimillonarios.

Este jueves por la noche, Atlas buscará subir del primer escalón al podio supremo. Cierto, su futbol se parece muy poco al embeleso histórico de su sangre pura. Esta versión del Grupo Orlegi, es el espectro tenebroso de #LaAcademia, #LosNiñosCatedráticos o #LosAmigosDelBalón.

El Atlas seducía en aquellos tiempos. Enamorarse de su futbol era como un guiño con una sonrisa misteriosa de Elsa Aguirre o María Félix. Había exquisitez en la cancha.

Revise: Felipe Zetter, Edwin Cubero, Dumbo López, Eduardo Valdatti, Jesús del Muro, Campeón Hernández, Chapetes Gómez, Pepe Delgado, Berna García, Ricardo Chavarín, Pistache Torres, Magdaleno Mercado, José Luis Real, Gamaliel Ramírez, hasta la generación dorada producto de la herencia de Marcelo Bielsa, con Oswaldo Sánchez, Rafa Márquez, Pável Pardo, Andrés Guardado y Jared Borgetti.

Pero, bajo el irrefutable enunciado de que el fin justifica los medios y los miedos, Atlas tiene derecho a apelar a él. Pasó con Cruz Azul este mismo 2021. Lejos de comportarse con la espectacularidad diamantina de sus mejores tiempos, para reventar el yugo de las #Cruzazuleadas, debió traicionar su propia sangre.

¿Quién puede culpar al Atlas por renegar de su ADN, de traicionar sus genes futboleros, para poner fin a 70 años de suplicio?

Vestirse de la gala rojinegra es ese apareamiento con el sadomasoquismo, un matrimonio en el que la Luna de Miel se ha aplazado 70 años. ¿Ocurrirá, finalmente, 70 años después? Debería ser, para que Ney Blanco, y tantos miles más, se desgañiten: “Le voy al Atlas, hasta cuando gana”.