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Argentinos Juniors, campeón de América: la epopeya de un barrio

El 24 de octubre de 1985, un club humilde, de pasillos angostos y murales gastados, cruzó las fronteras de lo posible. Argentinos Juniors, el equipo del semillero, del potrero, del barrio de siempre, tocó la gloria eterna al conquistar la CONMEBOL Libertadores. No lo hizo con chequera ni con apellidos rimbombantes: lo logró con juego, coraje, y una convicción que sólo entienden los que caminan las veredas de tierra y sueñan en paredes descascaradas.

Fue en Asunción del Paraguay, en el Defensores del Chaco, donde el Bicho se plantó frente al poderoso América de Cali. Un empate 1 a 1 y una definición por penales tan agónica como inolvidable sellaron una historia que aún hoy late en cada rincón de La Paternal. Fue una victoria del alma, del barro, del que cree. Fue la noche en que los chicos del barrio abrazaron el continente.

Argentinos y el camino de un equipo inolvidable

Argentinos Juniors había dado la sorpresa al conquistar el Metropolitano 1984. Para la Libertadores del año siguiente, el club puso al mando a José Yudica, un técnico sereno, profundo, de convicciones innegociables. Su estilo era claro: juego asociado, toque, paciencia, y confianza en un grupo que se conocía de memoria.

La primera fase fue dura: compartieron el Grupo 1 con Ferro Carril Oeste, Fluminense y Vasco da Gama. Contra los brasileros se batieron en duelos exigentes, y la clasificación llegó gracias al orden, la solidez y el talento colectivo. En la segunda fase, un nuevo grupo los emparejó con Independiente —el campeón defensor— y Blooming de Bolivia. Otra vez, sin estridencias, con humildad, pero con fútbol, el “Bicho” pasó al frente.

Argentinos Juniors vs América de Cali: una final para la eternidad

La definición fue al mejor de tres partidos. En el primer duelo, en Buenos Aires, Argentinos ganó 1 a 0 con gol de Emilio Commisso, explotando su jerarquía como local. En la revancha, en Cali, América devolvió el resultado con un tanto de Willington Ortíz y obligó al desempate.

Así se llegó al 24 de octubre. En el Defensores del Chaco de Asunción, ante una multitud y con el continente expectante, se disputó el partido definitivo. Commisso volvió a aparecer para abrir el marcador. Pero Ricardo Gareca, el argentino que jugaba para los colombianos, empató de cabeza. El 1-1 se mantuvo durante los 90 minutos y también en el alargue. La historia pedía drama: llegaron los penales.

Los 11 pasos de la gloria de Argentinos Juniors

Argentinos no falló. Ejecutaron con precisión quirúrgica Olguín, Batista, Pavoni, Borghi y Videla. Del otro lado, América convirtió con Gareca, Cabañas, Herrera y Soto… hasta que llegó el turno de un joven Anthony de Ávila.

Allí apareció Enrique Vidallé, el arquero de reflejos y temple. Se lanzó con fe, tapó el remate y desató la locura. Argentinos Juniors era campeón de América. Un club sin millones, sin prensa, pero con el corazón más grande que el estadio. Fue una explosión contenida durante décadas. Fue justicia poética.

La obra de Yudica y el espíritu de equipo

El arquitecto de esa obra fue José Yudica. Un entrenador sin estridencias, con una filosofía clara: el fútbol se juega con la cabeza y con los pies, pero se gana con el alma. Ese plantel estaba lleno de nombres que luego se harían grandes: Borghi, con su gambeta insolente; el Checho Batista, equilibrando todo; Commisso, oportuno; y un grupo de jugadores que creyeron desde el primer día.

El Bicho jugaba lindo, pero también luchaba. Era lírico y obrero. Era potrero con libreto. Por eso enamoró, por eso ganó. Por eso ese título fue tan merecido como inolvidable.

La estrella más brillante de La Paternal

Con esa conquista, Argentinos se convirtió en el quinto club argentino en ganar la Libertadores, después de Independiente, Racing, Estudiantes y Boca. Para un club de barrio, sin hinchadas masivas ni estadio colosal, fue un salto hacia la eternidad.

Desde entonces, cada 24 de octubre se celebra como el Día del Hincha de Argentinos Juniors. Porque ese día no sólo se ganó una copa: se escribió una leyenda. Se tatuó el nombre de un barrio en la historia del fútbol sudamericano. Y se demostró que los sueños, si se los riega con juego, trabajo y fe, también florecen.

Final con alma de barrio

Cuando Vidallé voló y atrapó ese penal, no se atajó sólo un remate: se atajó el olvido. Cuando Videla metió el último penal, no fue sólo un gol: fue un himno en carne viva. Y cuando el árbitro pitó el final, La Paternal entera se abrazó con el continente. No ganaba un club. Ganaba un barrio. Ganaban todos los que nunca dejaron de soñar.