<
>

Independiente y la Libertadores: historia de una identidad

Siete Copas Libertadores. En siete finales. Un bicampeonato en la primera década del torneo (1964-1965), cuatro al hilo en los setenta (72, 73, 74 y 75) y la última corona en 1984. El dato Wikipedia ya está dado.

Los millennials, los que no vimos en vivo al hombre que jugó 19 años en Independiente, que jugaba como Iniesta y del que Maradona era-es fanático, disfrutamos del mito. El Rey de Copas, el Independiente omnipotente, el Dios del continente.

-Tengo que escribir una nota, abuelo. ¿Qué te acordás de las copas?
-Que les ganábamos a todos. Que ibas a la cancha a ser feliz.

El primer título de Independiente fue el primero de un equipo argentino en la Libertadores. Cortaba la racha de Peñarol (60/61) y del Santos-de-Pelé (62/63). Al Peixe lo había goleado 5-1 en un amistoso antes de la Copa; en la Libertadores hubo cruce en semifinales: Independiente dio vuelta un 0-2 en el Maracaná y cerró la llave en la Doble Visera, el estadio que hoy se llama Libertadores de América.

De ese primer campeón, Santoro y Bernao son los más conocidos para el público general. Pero hay un nombre, un emblema en la Biblia de los hinchas de Independiente: Roberto Ferreiro. Pipo, un defensor de esos duros, me contaron siempre. Ni lo tengo que volver a preguntar. Ferreiro, que también ganó la Libertadores como entrenador (74), era uno de los que levantaba los brazos en la mitad de la cancha. Saludaban a los cuatro puntos cardinales, a todas las tribunas. Pipo murió en abril de 2017 e hicimos el saludo histórico. Digo hicimos porque lo vi, porque es una página de nuestra construcción, de nuestra identidad que no necesito que me cuenten Youtube, un libro o mi abuelo. Una, dos, tres veces. El saludo quedó. Ninguna nota que hable de fútbol en primera persona puede publicarse sin su emotividad costumbrista: el 13 de diciembre de 2017, desde un restaurante en una esquina de Copacabana, lo llamé a mi abuelo. Comía una pizza bastante mala, no tomaba caipirinha. Brindaba en voz baja con dos argentinos y el dueño del local, hincha de Fluminense. Ninguno tenía puesta la camiseta de Independiente, ese día fuimos con miedo a la cancha para la final de la Sudamericana con Flamengo en el Maracaná.

-Abuelo, te hablo rápido porque me va a salir carísimo. Pero quería abrazarte en el estadio, me faltabas vos. Era como si fuera de las Libertadores que me contaste. Fue vivir la historia de Independiente.
-Este equipo jugó como esos. Para mí, que las vi todas, vale como una de esas.

Al equipo campeón de la Libertadores del 64, Pavoni se le sumó en el 65.

José Omar Pastoriza, el volante que había llegado de Racing, ganó la Libertadores del 72. Un mes después de esa final ante Universitario de Perú, iba a debutar un pelado introvertido. En nuestra Biblia también está escrito que Pelé, Maradona y Cruyff jugaron en nuestro estadio. Que Johan jugó la Intercontinental 1972 en Avellaneda.

El tetra de los setenta se completaría con cracks como Bertoni, el 10 que jugó entre 1972 y 1991, Rubén Galván, Francisco Sá y varios que me olvido. Perdón.

Goyén, Clausen, VillaverdeTrossero (se pronuncia todo junto), Enrique, Marangoni, Giusti, el ídolo de Maradona, Burruchaga, Bufarini, Barberón fue el 11 que salió a jugar ante Grémio en Porto Alegre por la final de la Libertadores 1984. En Brasil lo llamaron el partido perfecto. El mito, nuestro mito, decía que el diario Zero Hora había calificado con 10 a todos los jugadores de Independiente. Era mentira. Fueron tres notas ideales: Villaverde, Marangoni y el 10, que con un pase digno de su apellido, asistió a Burruchaga para el 1-0. La vuelta fue 0-0 y la séptima para el Independiente que dirigía Pastoriza.

El Pato, nuestro pastor. El que nos guió. Según cuenta una leyenda que nadie se debería atrever a negar, el que se plantó en la final del Nacional 77. A Talleres le cobraron un gol con la mano, los jugadores de Independiente protestaron: Tossero, Galván y Larrosa se fueron expulsados. Los 8 que quedaban se querían ir de la cancha. El Pato los frenó: “Vayan, sean hombres, jueguen y ganen”. El que cumplía 24 años ese 25 de enero de 1978, empató y el Rojo fue campeón con tres menos en Córdoba. Su nombre, que será el nombre del estadio en poco tiempo, no debe ser pronunciado en vano.

En 2004, en un equipo muy olvidable, Pastoriza hizo debutar en la Libertadores a Agüero. Nuestro hijo pródigo.