Chivas confirma que juega bien, que evidentemente puede sufrir, y que sólo las exigencias de la Selección Mexicana podrán hacerle mella
LOS ÁNGELES -- Chivas logró un triunfo milagroso el martes ante FC Juárez. Circunstancias. ¿O fortuna?
Minuto 94. José Castillo no revienta con histeria el balón, se inventa una salida NFL: un Hail Mary (Ave María). Encuentra a Ricardo Marín olvidado en media cancha, quien prolonga de cabeza, en un pescuezazo estilo Julio Furch. La entrega llega a Yael Padilla quien golpea el balón defectuosamente, in extremis, con la espinilla, como si fuera un chiripazo genial de aquel Turco Mohamed de Toros Neza. Y Jesús Murillo, quien había montado una trinchera casi 100 minutos de tiempo total, se tomó una siesta, una pestañita, a segundos del pitazo final. Y la pelota empujada por Yael entró rebotona, juguetona, con brújula de red, contoneándose ante la estirada de casi dos metros y medio de Sebastián Jurado. 0-1, Chivas en el Benito Juárez. Circunstancias. ¿O fortuna?
El reto de Chivas no era en sí el equipo de Juárez. Era la obsesión acuciosa, detallista, del técnico Pedro Caixinha, quien seguramente en su codificador de última tecnología tenía etiquetados con sus algortimos a todos los jugadores del Guadalajara, incluyendo a los dos grandes ausentes, Diego Campillo y Oso González.
Pero no les alcanzó ni a Juárez ni a Caixinha. Bastó un descuido y un resuello de Chivas. Y al técnico portugués se le cayó el sistema totalmente, como en aquellas elecciones federales de 1988 en México.
El Guadalajara amanece de líder a expensas de lo que digan Toluca, Tigres y Atlas más tarde. Pero, además, con tres adversarios en puerta pertenecientes a la fosa común de la Liga MX: Querétaro, San Luis y Mazatlán. Para el inicio de febrero, a este paso, cortesía del calendario, el Guadalajara puede terminar con 15 puntos, antes de encarar, mire usted, al América, Cruz Azul, Toluca y el siempre incómodo Atlas.
Así, Gabriel Milito tendrá aún tres partidos para ajustar a este prometedor Guadalajara, insistiendo en el tema de que pronto estarán a plenitud tanto Campillo como el Oso.
El partido ante Juárez rebasó las contemplaciones de Milito. Caixinha orquestó un complot absoluto al trabajo de media cancha de Chivas y sus conexiones en el fondo y al frente. Y el Guadalajara sufrió, especialmente mientras Ricardinho estuvo en la cancha. Cuando ingresan Rodolfo Pizarro, Guilherme Castilho y Javier Aquino, ya los rojiblancos estaban asentados y habían recuperado el control del juego, aunque no necesariamente el manejo del balón ni el de los espacios.
La notable exhibición de Chivas ante Pachuca se vio condicionada y cuestionada por el orden que durante casi 70 minutos fue capaz de mantener Juárez. Caixinha ofreció de manera gratuita a los futuros adversarios del Guadalajara, cómo complicarle la vida: presión, dos bloques compactos y obligar a los centrales a jugar bajo acecho. Aun así, ese pelotazo desde el fondo, que, vía Marín, pepenó en la red Padilla, fue la confirmación de una rara efectividad rojiblanca.
Chivas confirma que juega bien, que evidentemente puede sufrir, y que sólo las exigencias de la Selección Mexicana podrán hacerle mella, si cuatro o cinco de sus futbolistas mantienen el ritmo y obligan a que Javier Aguirre voltee a Verde Valle.
Por supuesto que vendrán otros rivales con futbolistas tal vez menos organizados que Juárez pero con más calidad y lectura de juego que harán sufrir de manera individual a Chivas, porque, definitivamente, invencible no será, pero queda claro que Milito tiene una banca más funcional y eficiente que en el anterior torneo, cuando tuvo que cargar con lastres como Alan Mozo, Eric Gutiérrez, Alan Pulido y Javier Hernández.
Circunstancias, pues. Habrá quien le llame suerte. Albert Einstein dijo que “la suerte es la forma en que Dios mantiene el anonimato”. Como sea, hasta el momento, entre la fortuna, un mejor plantel y un mejor quehacer, el Guadalajara promete ser protagonista del Clausura 2026 hasta donde las exigencias de Javier Aguirre se lo permitan.
