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Bélgica y los sueños rotos de una generación dorada

Los DIablos Rojos ven cómo a su camada prodigiosa se le escapó la que pudiera ser su última oportunidad de levantar un trofeo.

Bélgica se ha despertado abruptamente del plácido sueño en el que habitaba desde hace casi una década, deleitándose con la mejor generación de futbolistas alumbrada jamás en un pequeño país más acostumbrado a celebrar victorias ciclistas que goles. Fueron terceros en un Mundial, nada menos. Allá por 2018.

Ha sido un amanecer duro y estridente en la húmeda llanura centroeuropea, aunque no del todo inesperado porque los propios jugadores se habían quejado del pesimismo que reinaba entorno a los Diablos Rojos antes de viajar a Qatar.

Hace tiempo que el embrujo de Bélgica amenazaba con desvanecerse: estrellas alejadas de su mejor rendimiento (Hazard y Lukaku), una defensa que envejecía (Vertonghen y Alderweireld suman 68 años, Vermaelen se retiró en enero y Kompany en 2020) y perlas que no brillaban tanto como prometían (Doku, Saelemaekers y De Ketelaere).

"Estábamos en nuestro pico de forma en 2018", reconocía Hazard, de 31 años y capitán, durante la concentración previa al Mundial.

A renglón seguido, perdieron un amistoso contra Egipto (1-2) el mismo día que volaban a Qatar. No se respiraba optimismo, pero tampoco pánico al fracaso. Nadie imaginaba todavía que el despertador que ha destrozado todos los sueños futbolísticos de Bélgica fuera a sonar tan pronto y tan alto.

Con sufrimiento y un equipo desdibujado, los Diablos Rojos ganaron en Qatar el primer partido contra Canadá (1-0) y se estrellaron contra Marruecos (0-2) ofreciendo una imagen "insípida y sombría", según la crónica del diario DH Les Sports.

El equipo que hace no tanto deslumbraba por su desparpajo y solidez, de pronto, jugaba mal al fútbol. Lo reconocían el entrenador y los jugadores. Una delantera inofensiva, una defensa endeble, un centro del campo insulso y jóvenes sin frescura.

Sólo Courtois bajo palos, y ni siquiera en su mejor versión, evitaba males aún mayores para un equipo que, en muy poco tiempo, ha pasado del mimo al azote de la prensa patria.

Y entonces se resquebrajó todo. La selección que desde hace seis años dirigía el español Roberto Martínez, que ha abandonado el cargo tras la eliminación, un grupo inmaculado que es segundo en el ránking de la FIFA y al que no se le recuerda ninguna descortesía, estalló.

Hazard lanzó que la defensa ya no es tan rápida y no sentó bien. Y The Guardian publicó unas declaraciones de Kevin De Bruyne previas al Mundial que añadieron leña al fuego.

"Ninguna opción. Somos demasiado viejos (...). Creo que nuestra oportunidad era 2018", razonaba.

Se publicó en la víspera de la derrota contra Marruecos, en la que el astro pelirrojo y reservado, de 31 años, perdió 27 balones de 27 tocados contra. Y se abrió una grieta en un vestuario en el que ya había mucha presión.

Jan Vertonghen, zaguero del Anderlecht, de 35 años, reaccionó: "Supongo que atacamos mal porque también somos muy viejos alante", lanzó.

La Federación intentó contener los daños. El seleccionador dijo en la televisión pública que las "tensiones" eran algo "natural" en una "familia".

El capitán y el portero también comparecieron: Hazard y De Bruyne no se enzarzaron, como había sugerido L'Équipe. No pasó nada en el vestuario. El equipo estaba frustrado. Courtois rompió un banco de un puñetazo, nada más. Al día siguiente el míster dio una charla y los Diablos se conjuraron para ganar en el infierno de Croacia.

Pero de poco sirvió. Los Diablos Rojos pusieron actitud y probablemente merecieron la victoria. Pero el gol no quiso bailar con Lukaku, que tuvo varias ocasiones muy claras, y los de Luka Modric aniquilaron la quimera belga en el último partido de la fase de grupos de Catar.

Un escuálido empate a cero bastó para despedir a Bélgica, una selección habitual en las citas internacionales pero cuyo único título data de los Juegos Olímpicos de Amberes de 1920.

Un siglo después, la Bélgica que hizo coincidir en el campo a De Bruyne, Hazard, Courtois, Lukaku, Carrasco, Vermaelen, Witsel, Meunier y Kompany ve como a su camada prodigiosa se le escapa la que pudiera ser su última oportunidad de levantar un trofeo.

Y el aficionado belga, que huérfano de emociones mundialistas va volviendo a rutinas otoñales como esquivar la lluvia y el frío, empieza a inquietarse porque, como escribiría Mariano Rajoy en su faceta de analista deportivo, tal vez Bélgica vuelva a ser sólo Bélgica, la Bélgica de toda la vida.