Tottenham lo ganaba con gol de Bentancur, pero Leicester reaccionó y terminó goleando

(EFE) -- Ni Harry Kane ni Son Heung Min ni Kulusevski ni nadie en el Tottenham se salvó de la recaída este sábado, con el alboroto de la remontada y la goleada irrebatible con la que lo devoró el Leicester, que compite por la permanencia y que sonrojó a un conjunto que mira a la Liga de Campeones, en la que este martes visita al Milan en San Siro con la seria duda de Rodrigo Bentancur, dañado en su rodilla izquierda.

Los Spurs se habían adelantado, pero los Zorros se lo dieron vuelta
Los Spurs se habían adelantado, pero los Zorros se lo dieron vuelta
AP

No hay excusa en la baja de Hugo Lloris, reemplazado por Forster. Ni tampoco hay ninguna coartada para el Tottenham, que se pegó un golpetazo en el estadio King Power, por el marcador, pero, sobre todo, por el rendimiento, por la forma con la que se quedó sin nada y malgastó la ventaja que había promovido Ivan Perisic y había establecido Bentancur, lesionado después, al borde la hora de juego, ya con el 3-1 en contra. El duelo terminó 4-1.

En el imprevisible momento del Leicester, la lógica no existe. Ni para él ni para su oponente. Después de cuatro jornadas consecutivas sin ganar ante su afición, con un empate y tres derrotas, con un 0-1 en contra frente al equipo de Antonio Conte en el minuto 13, de pronto resurgió de la nada, con un trallazo de Nampalys Mendy. No parece que haya culpa de Forster, el sustituto del lesionado e indiscutible Hugo Lloris. Un derechazo fulminante.

Era el minuto 22 y 22 segundos. Dos minutos y 16 segundos después, en el 24:38, Faes despejó, habilitó al incontestable Iheanacho -asistente entonces y goleador después este sábado para un partido sobresaliente-, y Maddison marcó el 2-1. Inexplicable. O no tanto.

Es el Leicester. Y es el Tottenham, porque la reacción local también pesa en el debe del conjunto de Antonio Conte, que desapareció cuando tomó ventaja, con concesiones antes, durante y después inasumibles para un equipo caótico este sábado. El martes esperan la Champions y San Siro. Y el futuro.

Al borde del descanso, el desastre era aún más evidente, con el 3-1 de Iheanacho. La perdió Perisic arriba, la trasladó Castagne de primeras de uno a otro campo hacia el delantero, que la controló, la condujo, dudó, se decidió, tiró y superó a Forster junto al poste. No acertó el portero en su estirada ni, sobre todo, lo hizo Ben Davies en su defensa, contemplativo y condescendiente en todo el recorrido del atacante hasta el gol. Salió malparado.

Ni rastro de Harry Kane. Ni de Son Heung Min. Ni de Kulusevski. Mal síntoma para el grupo de Antonio Conte, de vuelta al banquillo tras la intervención de la pasada semana en su vesícula biliar, asustado por la lesión en la rodilla izquierda que sufrió Rodrigo Bentancur al borde de la hora de partido y que lo obligó a retirarse del terreno de juego y preocupado por todo lo que transmitía su equipo, desnortado, superado, irreconocible.

El 4-1 fue de Harvey Barnes. En el minuto 70 le anuló un gol el VAR, por un milimétrico fuera de juego. En el 81, con el pie derecho, puso el balón fuera del alcance de Forster. Entre uno y otro suceso, no hubo ni una sola noticia del Tottenham, desaparecido desde el 0-1 hasta el final en el estadio King Power, fuera de las plazas de la Liga de Campeones y con tres derrotas en sus últimos cinco duelos. No encadena tres triunfos desde el 6 de agosto.

Al minuto 13 nadie habría intuido su ruidoso golpetazo, en ventaja entonces. A sus 34 años, con más de 700 partidos en sus piernas, con equipos en su currículum como el Inter, el Bayern Múnich o el Borussia Dortmund, Perisic aún tiene mucho fútbol. Ya no es el tipo vertiginoso, desbordante por velocidad de otro tiempo, pero sus cualidades van más allá.

Su extraordinario golpeo fue una fuente de ocasiones para el Tottenham al principio del enfrentamiento. Todo lo que ocurrió ofensivamente en ese tramo de la visita del conjunto londinense al estadio King Power de Leicester pasó por él, por su privilegiada precisión y por sus fantásticas roscas al área. Un regalo para sus compañeros. Un jeroglífico para sus rivales.

Ya había rematado mal un contragolpe y había probado a Ward con un lanzamiento de falta que derivó a Perisic al córner. Su especialidad. El primero lo salvó Kristiansen. El segundo, tan amenazante como el anterior, fue un embrollo para el defensa, cuya pifia en el despeje rebotó en Bentancur, oportuno, para el 0-1. Al contrario de la lógica, fue el principio del fin del Tottenham en Leicester. Tan inesperado como concluyente. Un indudable batacazo.