La gira sudamericana de tenis atraviesa en este febrero un momento de definición histórica marcado por la presión de la ATP y el avance de nuevos mercados.
El debate sobre abandonar el polvo de ladrillo para adoptar canchas duras ha dejado de ser una simple especulación para convertirse en una estrategia de supervivencia frente a la confirmación del nuevo Masters 1000 de Arabia Saudita proyectado para 2028.
Este torneo en Asia, que se jugará sobre superficie rápida (y en febrero, a confirmar), obliga a los organizadores regionales a replantearse su identidad para no perder a las figuras del Top 20 que prefieren evitar la transición a la arcilla antes de Indian Wells.
Fuentes cercanas a la organización del Argentina Open y el Rio Open indican que, si bien existe una resistencia cultural lógica por la tradición de la arcilla en la región, la necesidad económica y de estatus es mayor.
Martín Jaite ha reconocido que el destino de Buenos Aires está atado a lo que decida Río de Janeiro, ya que la gira debe mantener una coherencia de superficie para ser atractiva.
Por su parte, Luiz Carvalho, director del torneo brasileño, es el principal promotor del cambio al cemento con el objetivo ambicioso de elevar su categoría a Masters 1000, algo que la ATP difícilmente concedería sobre polvo de ladrillo en esta parte del calendario.
El espejo en el que se miran es el ATP de Acapulco, que tras su cambio a canchas duras logró una convocatoria de estrellas muy superior a la que tenía anteriormente.
Aunque para las ediciones de 2027 el calendario está confirmado sobre arcilla, el circuito apuntaría a que 2028 será el año del quiebre.
