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La fe en la humanidad alivió desesperación de Alba Colón tras paso de huracán María

Alba Colón, entonces gerente de programas para Chevrolet en la NASCAR Cup Series, requirió de una semana para conocer que su familia estaba a salvo luego del paso del Huracán María por Puerto Rico a mediados de septiembre. Sin embargo, su desesperación y preocupación no terminaron luego de saber que su madre, hermanos, familia política, tíos y tías habían sobrevivido al devastador huracán. La española criada en Puerto Rico seguía preocupada, necesitaba buscar la forma en la cual su familia pudiera llegar a Estados Unidos. Ahora Colón, quien se prepara para su primera competencia de las 500 millas de Daytona formando parte del equipo de Hendrick Motorsports, comparte sus recuerdos de la dura prueba por la que atravesaron ella y su familia.

Cuando el Huracán María forjó su camino de destrucción por todo Puerto Rico, yo era gerente de programas para la NASCAR Cup de Chevrolet y estábamos en pleno inicio de nuestros playoffs. Durante una semana, dormí muy poco mientras, desesperada, intentaba encontrar a mi familia sin faltar por un momento a mis responsabilidades dentro del automovilismo.

Ahora, previo al inicio de la temporada 2018 de NASCAR, sé que mi familia está a salvo. Estoy empezando en un nuevo empleo, como directora de sistemas de competición de Hendrick Motorsports. Sin embargo, las emociones generadas por el calvario que vivimos en septiembre pasado siguen vivas dentro de mí, mientras Puerto Rico sigue recuperándose de esa tormenta tan horrible.

Hoy en día, mi familia tiene agua y electricidad, pero se requirieron de varios meses para que ambos servicios fueran restaurados. Se mantuvieron intermitentes por un buen tiempo, y el agua potable regresó mucho antes que se restableciera la electricidad. Los precios de muchos artículos se han incrementado. No obstante, estoy agradecida porque a mi familia le va bien.

La tormenta dividió a la isla en dos partes. Mi madre de 76 años, mi hermana y su familia viven en Sabana Grande, ubicada en la costa occidental de la isla. Mi hermano y su familia residen en un pueblo al sur de Sabana Grande. Ellos sufrieron daños en sus viviendas debido al impacto de las aguas, por ende, se perdieron un par de cosas, más no fue nada grave. Sus casas fueron construidas de concreto para así poder resistir las tormentas y huracanes, porque siempre están presentes. Es lo normal.

He allí la razón por la cual no creo que nadie esperara que María fuera un fenómeno tan grave. El Huracán Irma había impactado la isla dos semanas atrás, y mi madre se quedó sin electricidad por pocos días, más no se produjeron daños mayores. Normalmente, las tormentas llegan por el norte y se marchan por el sur. Nadie esperaba que un huracán cruzara por el punto medio de la isla.

Esa fue la razón por la cual temía mucho por mi madre, porque ella no tomó en serio la amenaza de lo que vendría. Hablé con mi mamá en la noche del martes, antes de la llegada de la tormenta al día siguiente. Ella me dijo que iba a resistir sola, incluso teniendo a mi hermana viviendo a dos calles de su casa. Me dijo que no me preocupara, que nada malo iba a pasar. Terminó quedándose con mi cuñada porque mi hermano estaba en Washington, D.C. para una reunión corporativa.

Me desperté a las 4 de la mañana de ese miércoles (20 de septiembre) y quería llamarla, pero no lo hice porque no quería despertarle. Hablé con un amigo en San Juan a las 5 de la mañana y me dijo que había comenzado a sentir el incremento en la intensidad del viento. Allí se interrumpió nuestra conversación. Esperé hasta las 8 de la mañana para llamar a mi mamá, pero obviamente, a esa hora ya no había comunicación.

Una vez que la tormenta pasó y comenzaron a salir los informes noticiosos, la desesperación se apoderó de mí. No podía conseguir a mis familiares y menos comunicarme con ellos. Comencé a llamar a otras personas y no podía hablar con ninguno.

Se nos informó que, si estábamos buscando a alguien, llamáramos a un número 1-800, una línea gratuita. Seguía llamando y no ocurría nada. Muchas personas con quienes asistí a la secundaría viven en Estados Unidos y crearon un grupo en WhatsApp (aplicación gratuita y multi plataforma de mensajería instantánea y llamadas de voz por Internet). Así comencé a comunicarme, tratando de conocer que ocurría de ese lado de la isla.

Ese grupo creado por mis excompañeros de la secundaria fue asombroso. Todos estábamos del mismo lado, porque todos buscábamos a nuestros padres, nuestros familiares. Claro es un operador de telefonía en Puerto Rico, similar a Verizon en Estados Unidos, y estaba funcionando en ciertos sectores. Varias personas intentaron localizar a sus familiares de esa manera.

Seguía laborando en mi empleo mientras todo esto ocurría, pero estaba desesperada en mi búsqueda. Las redes sociales ayudaron a todos. Utilicé Twitter y Facebook. Conocí que no hubo fallecidos en el pueblo donde residía mi familia, pero ¿dónde estaban ellos, entonces? Comencé a escribir mensajes de texto a mi madre noche tras noche, diciéndole que la estábamos buscando y que no se preocupara. Prácticamente, le escribí un diario. Sin embargo, ella no vio mis mensajes sino hasta su llegada a Estados Unidos. 170 puertorriqueños trabajan en General Motors y todos nos enviábamos mensajes mutuamente, informándonos del hallazgo de un familiar.

Empecé a sentirme culpable tras sentarme a la mesa e ingerir comida caliente, porque me preguntaba si mi gente en Puerto Rico podía comer así. Cada vez que tomaba una ducha caliente, sabía que ellos no podían darse ese lujo. Dormía con aire acondicionado, sabiendo que ellos debían soportar el sudor. Comencé a experimentar culpa porque yo contaba con los bienes básicos para vivir y ellos no. Cuando no estaba trabajando, mi mente siempre estaba pensando en ellos.

"Una vez que la tormenta pasó y comenzaron a salir los informes noticiosos, la desesperación se apoderó de mí. No podía conseguir a mis familiares y menos comunicarme con ellos. Comencé a llamar a otras personas y no podía hablar con ninguno."

Alba Colón

Al momento de la partida de mi hermano vía a Washington, no se tenía previsto que la tormenta azotara la isla. Cuando mi hermano entendió la seriedad del huracán, no podía volver porque se cancelaron todos los vuelos. Pasó un poco más de dos semanas antes que él pudiera regresar a casa.

En esa época, aprendí a tener mucha paciencia y a confiar en los demás. Algo que realmente me ayudó fue el apoyo moral de tantas personas. La comunidad NASCAR fue asombrosa. Todos me preguntaban que podían hacer a fin de ayudar.

En mis esfuerzos para hacer que mi hermano pudiera regresar a Puerto Rico, conocí sobre los teléfonos satelitales. Le pedí que llevara uno con él. Un día, recibí una llamada telefónica de un número desconocido. Respondí y me preguntaron por mi identidad. La llamada se perdió. Intenté devolver la llamada sin éxito.

Al día siguiente, exactamente una semana luego de mi última conversación con mi madre, recibí una llamada de ese mismo número. Escuché la voz de mi madre, quien comenzó a llorar. Me decía, una y otra vez: "¿Vienes para acá? Vienes para acá, ¿verdad?". Le dije que no podía hacerlo. Pasaron pocos segundos y la llamada terminó. Luego supe que era la vecina de mi madre y que ella tenía que ir a un lugar específico para conseguir señal. La gente no dejaba encendidos sus teléfonos por mucho tiempo ya que no había manera de recargar las baterías.

Durante todo este tiempo, estuvimos desesperados tratando de conseguir la forma de sacarlos de Puerto Rico o de cómo saber de ellos. El sentido de humanidad mostrado durante ese tiempo fue asombroso. Alguien vio una publicación en mi cuenta de Facebook y fue a la casa de mi madre. Sin embargo, para ese momento ya estaba con mi hermana.

Los niños me dijeron después que dormir se hacía insoportable debido al intenso calor. Mis sobrinos me contaron que dormían en el piso dentro del garaje porque era más fresco. Mi familia me confesó que se despertaban a la 1 de la mañana para hacer fila en la estación de gasolina, la cual abría a las 6, y así poder comprar $20 de combustible. Mi hermana dijo que pasó todo un día entre la gasolinera y un restaurante que había reabierto sus puertas. Me indicó que esa era la nueva normalidad. Lo positivo fue que la gente aprendió a comunicarse mutuamente otra vez, porque no tenían otra opción.

Dos semanas y media luego de la tormenta, finalmente pude ver a mi madre. Ella y mi sobrina de 17 años, Vanessa Manzano, pudieron volar lejos de Puerto Rico. El día en el cual recibí a mi madre fue el mismo del regreso de mi hermano hacia la isla. Mi sobrina comió mucho en la primera ocasión que tuvo de ingerir alimentos tras su llegada. Fuimos a un restaurante de barbacoa en Michigan, porque ella quería comer costillas. Allí supe que pudieron comer bien por tres o cuatro días luego de la tormenta, porque mamá contaba con un horno a gas y todos empezaron a cocinar lo que tenían antes que se dañara por la falta de refrigeración. Todos compartieron su comida.

Lo primero que mi madre quería hacer al llegar a Michigan era dormir. Igualmente querían un corte de cabello. Los pequeños placeres que nos da la vida. Lo más importante para mí fue poder abrazar a mi madre y sobrina al momento de su llegada. Hay historias que aún desconozco, porque sólo quería disfrutar el momento una vez que llegaron a Estados Unidos. Mi hermana me dijo que, un día de estos, nos sentaríamos y ella me comentaría todo lo que sucedió. No quería desperdiciar el tiempo oyendo esas cosas cuando ellas llegaron. Solo quería asegurarme que contaran con todo lo que necesitan. Mi sobrina pasó un mes antes de regresar a la escuela. Mi madre estuvo tres meses entre Michigan y Florida, antes de volver a Puerto Rico. En estos momentos, discutimos la posibilidad de tenerla de vuelta en Estados Unidos.

Tenía programado viajar a Puerto Rico durante el fin de semana posterior a la tormenta, en un viaje de reclutamiento con General Motors. Nuestra idea era traer a 14 estudiantes de la Universidad de Puerto Rico para hacerles entrevistas de trabajo y optar a empleos dentro de General Motors. Comenzamos a contactarles a través de las redes sociales para hacerles saber que la invitación a entrevistas seguía extendida, una vez pudiéramos ir a Puerto Rico. No fue sino hasta noviembre cuando conseguimos que los estudiantes llegaran a General Motors y ser entrevistados. Cuando fui a Puerto Rico junto a cuatro personas ese mes, fue desconsolador. Mientras sobrevolábamos San Juan, vimos muchas casas cubiertas con lonas azules, puestas encima de los techos dañados. Ahora, todos en Puerto Rico hablan de las cosas "antes de María" y "después de María".

Si hay una lección que aprendí de todo lo vivido es que no puedo hacer las cosas por mí misma. Necesité permitir que otros me ayudaran. Aprendí sobre la humanidad. Esto reordenó mis prioridades, me enseñó que la familia es lo número uno en la vida y que necesitamos hacer cosas que nos den felicidad. A veces, uno se olvida que la familia es la primera prioridad, al dedicarnos íntegros a los empleos que tenemos. Me asusta pensar que mi familia ya no esté conmigo.

Igualmente, aprendimos que es mejor estar preparados ante la inminencia de una tormenta. Al final del día, salimos adelante gracias a un maravilloso concepto de humanidad, el cual es necesario seguir demostrando.