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Boca y River... en la misma alcoba

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LOS ÁNGELES -- Cómo se debe jugar al futbol. Y cómo no se debe jugar al futbol.

Cómo se debe vivir el futbol. Y cómo no se debe vivir el futbol.

Cómo no se debe morir por el futbol. Y cómo se debe morir por el futbol.

A través de millones de pantallas, el universo podrá ilustrarse de todo ello en dos sesiones: Boca Juniors contra River Plate y River Plate contra Boca Juniors.

La Bombonera y el Monumental serán patrimonios académicos de los vicios privados y de las virtudes públicas del futbol más genuino, porque los ingleses se encargaron de la ingeniería dogmática del juego, pero argentinos y brasileños le pusieron frac a un deporte originalmente de overol.

Y ahí, en el Juicio Final de la Copa Libertadores, inerte, inerme, la pelota tiene ese célebre vientre claroscuro de júbilo y de tragedia. Evita bailando con Freud, diría Sabina.

Imposible es interpretar esos espasmos pasionales de un argentino por el futbol. Intentar descifrarlo es irrespeto.

Utópico entender esa pasión, porque sus entrañas de espartanos hambrientos de gloria, han ofrendado al mundo dos de los mejores futbolistas de la historia: Maradona y Messi, detrás ambos, tal vez, sólo de O'Rei Pelé.

El Gráfico de Onésime y Cherquis Bialo, de Juvenal y Borocotó (uruguayo éste), fue mi primer espasmo de asombro. Sus textos hacían magia con los magos que hacían futbol en Argentina. La Ilíada y la Odisea, semanales.

Pero, aún así, leer y releer semanalmente un portento didáctico de crónica, entrevista, análisis y reportaje, con relatos de éxitos y fracasos, de trofeos y llantos convulsionados de los protagonistas, no alcanzan para entender los espasmos de ese electrocardiograma en polo opuestos del drama, que palpita en el aficionado argentino.

En mi primera estadía en Buenos Aires, pleno invierno austral, vacié mis maletas y las llené de libros y revistas sobre futbol. Fontanarrosa pagó exceso de equipaje. Y aún así, es imposible la empatía hasta con el más apático hincha del futbol argentino.

Y esta Guerra Civil en el clímax histórico e histérico de la Copa Libertadores, con los microsismos pasionales tiene una misma explicación, pero una muy distinta connotación dentro y fuera de Argentina.

A lo lejos, basta decir: es River contra Boca, y uno empieza a regodearse con el banquete acorde al citatorio. Bacanal ante el televisor. Nerones de un Circo Romano ajeno.

Al interior de Argentina, basta decir: es River contra Boca y retumba como una proclama de guerra, estado de sitio y toque de queda. El resto de las aficiones elige la trinchera. Debajo de la cama, pero con el control remoto en ristre.

El gobierno argentino alista medidas casi bélicas de vigilancia. El presidente Macri, demacrado por el desdén, había recomendado que cada club albergara en su estadio a unos miles de hinchas rivales. Iniciativa al holocausto.

River y Boca se opusieron. Pretenden, saludable y desesperadamente que se pinte de rojo sangre, pero sin mancharse los estadios, sólo el marcador, y claro, la efemérides histórica de la doble jornada.

A veces los actores tiran buscapiés de efecto retardado. Borrado de la escena por meterse al vestidor de River a detonarles sus granadas de testosterona, Marcelo Gallardo deberá reencaminar el folklore lúdico de sus palabras: "Que Macri haya sido presidente de Boca y Tapia sea hincha de Boca nos hace tener que estar con la guardia alta siempre". Apaga el fuego con buches de gasolina.

Y paradójico, el destino -más que la Conmebol- elucubra que la última de las finales a visita recíproca de la Libertadores sea una épica entre Boca y River, para, insisto, mostrarle al mundo cómo se debe jugar al futbol y cómo no se debe jugar al futbol.

Al final, la decisión magnífica para que esta fascinante doble saga entre los dos imperios del futbol argentino termine con saldo blanco y los paramédicos muertos de aburrimiento y no de pavor, pasa por ese indescifrable, inescrutable e indomable aficionado argentino.

Ojalá, como deseo muy lejano, Boca y River se ultrajen a goles, y las hinchadas terminen como un tango sin desgracia: con las dos, en la misma alcoba.