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Chile mostró un poco de Chile, Argentina no fue Argentina

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Chile campeón de la Copa América (1:07)

La Roja celebró su primer título continental en el Palacio de la Moneda. (1:07)

BUENOS AIRES -- Los dos mejores equipos de la Copa América, ambos con apuestas muy ofensivas, nos habían hecho ilusionar con ver una final cargada de goles. Nos quedamos con las ganas, pero eso no quita que, en el balance final, Chile haya sido un campeón merecido. No solamente por lo hecho durante todo el torneo, sino por haber estado, durante 120 minutos, mucho más cerca de su mejor versión de lo que estuvo Argentina.

Es que los dos finalistas terminaron cancelando mutuamente tanto potencial ofensivo. Las precauciones que tomó cada uno hicieron que disfrutáramos de un partido emotivo desde el resultado incierto, pero chato en el desarrollo, con 90 minutos más 30 agregados en los que nunca se terminó de ver el juego abierto que se esperaba.

De cualquier manera, en esa paridad fue Chile quien mostró un poco más, a partir de sostener mejor las ideas que lo habían llevado hasta el encuentro decisivo. Aun si aceptamos que los penales puedan ser una lotería, en los 120 minutos de juego, para usar términos boxísticos, Chile ganó por puntos.

Tanto se había hablado en la previa de que Chile iba a cambiar: de que iba a sacrificar a Valdivia, de que iba a armar una línea de cuatro, de que se iba a parar 4-4- 2... nada de eso sucedió. Sampaoli usó el mismo esquema de siempre e hizo la misma apuesta: presión alta, control de pelota y búsqueda del arco rival.

Así, Chile jugó el partido que se había planteado hacer, si bien eso no significó que creara demasiadas chances. Aprovechó bien el flanco derecho y penetró varias veces por ahí, aunque siempre le faltó precisión en el último pase. Adelante tuvo también a un equipo como Argentina con un arquero confiable como Romero y una organización defensiva muy prolija.

Si Chile fue bastante parecido al equipo que todos esperaban, Argentina, en cambio, no pudo seguir el libreto con el que había llegado a la final. Funcionó la defensa, sí, pero salvo en algunos momentos aislados, careció de juego asociado para generar situaciones de gol. Y ni siquiera cuando terminó esperando para salir de contra lo pudo hacer de manera precisa, a excepción de la oportunidad que terminó con Higuaín sin ángulo para definir cuando se acababan los 90 minutos reglamentarios.

Hay muchos factores para explicar por qué Argentina no pudo desarrollar su plan, empezando por la temprana lesión de Di María, que le quitó velocidad para aprovechar los espacios que Chile dejaba al atacar. También la falta de gravitación de Messi, quien tuvo que alejarse demasiado del área para entrar en juego y aún así lo hizo de manera esporádica. Y su socio natural, Pastore, tuvo buenos momentos en el primer tiempo, pero se fue apagando hasta terminar reemplazado.

En los cambios tampoco consiguió Argentina revertir esa tendencia. Lavezzi, el reemplazante de Di María, fue más importante tapando las subidas de Isla que sumándose en ataque. Y para cuando Banega ingresó por Pastore, para armar un mediocampo de tres volantes centrales, ya estaba claro que Argentina difícilmente se regalara, ya que atrás no iba a quedar expuesto ni en inferioridad, pero que el precio que pagaba era falta de peso ofensivo.

Una vez más, se hizo evidente la Messi-dependencia. Y el mejor del mundo estuvo lejos del nivel que había mostrado a lo largo de todo el torneo: no desequilibró por su cuenta ni distribuyó juego, las dos facetas en las que se había lucido. Aclarando, por supuesto, que quienes lo critican se olvidan de que las derrotas son de conjunto y nunca responsabilidad de una sola persona.

Del lado de Chile, en cambio, así como fue superior el rendimiento colectivo, también lo fue el individual, en especial de los hombres que podían ser desequilibrantes.

Si en Argentina Di María se fue temprano, Pastore se fue apagando, Agüero luchó muy solo y Messi parecía uno más, en el local sus figuras estuvieron a la altura del compromiso y dieron todo lo que se esperaba de ellos y más también.

Desde Bravo, siempre seguro en el arco, y Medel, organizando a una defensa siempre firme y cubriendo y apoyando hacia los costados. Con un Vidal que, sin dejar de aportar en la recuperación, tuvo llegada con un remate y un cabezazo que estuvieron entre las jugadas de más peligro. Con Valdivia jugando un gran partido, con pausa y toques precisos para colar a sus compañeros entre líneas.

Hasta en los cambios Chile ganó más que Argentina. La entrada de Matías Fernández le dio frescura para la recuperación, sin dejar de tener claridad en la salida: tal es así que de su pie salió la asistencia para una volea de Alexis Sánchez que pasó muy cerca.

Y fue justamente Alexis, a mi entender, la figura del campeón en la final, aportando una enorme cuota de sacrificio y desequilibrio también. Fue justo que tuviera a su cargo la definición de la serie de penales que terminó dándole la copa a su selección.

Se hizo justicia también con un Chile campeón, que coronó un gran torneo de principio a fin. Quienes hablaban de que lo favorecían con fixture y arbitrajes no podrán negar que se fueron al descanso con sus tres defensores centrales amonestados. Y que en la final nunca fue menos que Argentina, subcampeón mundial y gran candidato a partir de sus nombres y de su rendimiento. De hecho, haberle ganado la batalla por la posesión 57 a 43% demuestra cuál de los dos planteos predominó.

Chile no le tuvo miedo a Argentina ni a sus seis goles en las semifinales. Al contrario, se animó a atacar, le quitó la iniciativa y terminó ganando en los penales una final que mereció definir antes. Y es, como decíamos, un título justo y que, al ser el primero, amerita una enorme celebración.

Felicidades.