


Esta es una producción especial de ESPN FC.
El partido, la vuelta de la final de la Copa Libertadores entre Boca Juniors y River Plate, iba a ser uno de los acontecimientos deportivos más tensos e importantes de la historia. Los archirrivales de Buenos Aires, los dos equipos más grandes del fútbol argentino, nunca habían jugado entre sí por el título sudamericano. Mientras viajaba en autobús al estadio por una de las principales avenidas de la ciudad, me sentía inmensamente afortunado de tener una entrada para verlo. Debido a la violencia que existe en el fútbol argentino, el partido iba a jugarse sin público visitante en el Estadio Monumental de River. Solamente cruzamos fanáticos con camisetas rojas y blancas, cantando canciones de River. Las calles estaban custodiadas por un sinnúmero de policías antidisturbios con armamento negro. Debería haberles prestado más atención, considerando el caos en el que se sumiría la ciudad durante los días siguientes. Faltaban dos horas para el partido, y a unas pocas cuadras, el autobús de Boca intentaba atravesar la locura de las calles.
En el partido de ida en La Bombonera los equipos habían empatado 2-2, lo que preparó el escenario para una definición de la que el equipo ganador se jactaría durante generaciones. Los fanáticos de River siguen cantando canciones sobre lo sucedido en 2015, cuando un hincha de Boca le tiró gas pimienta al equipo de River cuando salía del túnel y volvía a la cancha después del entretiempo. River se negó a seguir jugando y finalmente fue declarado ganador. La canción tacha a los hinchas de Boca de "cobardes" pero con un lenguaje bastante más explícito. Cuatro años antes, River descendió al Nacional B, la Segunda División, por primera vez en sus más de 100 años de historia, y los grafitis de fantasmas con la letra "B" todavía se ven en La Boca y en toda la ciudad. Los fantasmas pintados con aerosol enfurecen a los hinchas de River, quienes al ver las paredes dibujadas saben que no hay nada por decir. El temor al desprestigio disparó una ansiedad que, aunque suene extraño, era absolutamente palpable en la ciudad, y en nuestro bus.
Había dos simpatizantes de River sentados junto a mí en la última fila. Hablaban bajo entre ellos, pero mi traductor podía oírlos.
"Esto podría cambiar mucho mi día", dijo uno.
Su amigo lo miró.
"No", respondió. "Mi vida".
Hizo una pausa.
"Fui al psicólogo el viernes y solamente hablamos de esto", confesó.
La gente tiene más miedo de perder que ilusión de ganar...
- Demian Bio, periodista argentinoAterricé el día del partido justo antes de las 7 de la mañana y me tomé un taxi a La Boca, un barrio portuario de gente trabajadora. Este lugar alguna vez fue ocupado por una comunidad italiana que moldeó la cultura de la ciudad con sus múltiples olas de inmigrantes. Es un lugar pujante pero difícil, sacudido más que otros por la crisis financiera que ha despojado al peso argentino de más de la mitad de su valor, destruyendo en algunos casos los ahorros de una vida de la noche para la mañana. La tasa de interés ronda el 70 por ciento. Los últimos 18 meses han sido brutales en Argentina, de manera que cuando sus dos grandes clubes llegaron a la final de la copa, el país se regocijó por este pequeño, aunque hermoso, acontecimiento.
Yo también quería algo hermoso, así que mi traductor, Tomás, y yo, salimos a buscar algún lugar que vendiera choripán, una de las tantas pequeñas joyas de Buenos Aires entre tanta incertidumbre estructural. Encontramos una parrilla en una esquina con mesas de plástico en la vereda, todo en el azul y amarillo de Boca. Mientras yo disfrutaba mi choripán con chimichurri en una bandeja de plástico, Tomás me hablaba del partido.
"Recuerdo que de chico deseaba un partido como éste", me contó.
Sentados en ese lugar, el día parecía brillante y esperanzador.
Y entonces, por la calle pasó un viejo Falcon verde.
Resulta difícil explicar los sentimientos de angustia que ese modelo y color de coche evocan en los porteños, pero lo intentaré. Desde 1976 y hasta 1983, Argentina estuvo gobernada por una dictadura militar. La dictadura secuestraba a sus enemigos (algunos de ellos culpables de tener determinados libros en sus bibliotecas, por ejemplo), los torturaba y los mataba. En un campo de concentración manejado por la Marina, muy cerca de donde iba a jugarse el partido de hoy, los guardias violaban a las personas con picanas eléctricaspara ganado, antes de adormecerlas, cargarlas en aviones y arrojarlas con vida al río y el océano. Sus cadáveres quebrados luego aparecieron en la costa.
Los automóviles usados por las fuerzas de seguridad y los grupos parapoliciales para secuestrar a estas personas, y muchas veces el último lugar donde fueron vistas, eran Ford Falcon verdes. Este símbolo es tan fuerte que la pieza central del museo nacional de la memoria es la deconstrucción artística de un Falcon. Representa el momento más vergonzoso de la historia del país, y nos recuerda que no fue hace tanto tiempo que la civilización se derrumbó.
Así que cuando el auto pasó, los dos tardamos en reaccionar.
"¿Fue un Falcon verde?", pregunté, aturdido.
"Me pareció que era más bien un tono oliva", dijo Tomás, como intentando excusar al conductor por su mal gusto.
Pero fue una buena manera de apreciar cómo el pasado se cierne sobre la vida cotidiana.
He reportado muchas veces en Argentina, y lo que sigue es un punto de vista simplificado, pero informado, de alguien de afuera (y seguramente muchos de mis amigos argentinos no estén de acuerdo): hay muchas historias secretas y contrapuestas en una sociedad con poca base común sobre la cual construir una tribu. Hay una bibliografía interminable de cómo Argentina pasó de ser una economía prometedora --el décimo país más rico del mundo en 1913-- al ridículo en el que se convirtió 105 años más tarde, con ocho defaults de deuda soberana y múltiples años con tasas de inflación de dos dígitos.
Mucho de esto tiene que ver con la política, que ha sido tóxica y basada en el populismo y el culto a individualidades. Juan Domingo Perón, el padre del movimiento peronista que sigue teniendo fuerza en la actualidad, privilegió el poder por encima de cualquier tipo de código o ideología. Derecha o izquierda, no importaba; hizo migas con Fidel Castro
Y los extremistas siguen marcando la pauta hoy en día. Algunos ciudadanos más inclinados hacia la izquierda creen que el país es capaz de continuar costeando los programas sociales que han devenido en tantos defaults. Están convencidos de que los culpables son las corporaciones internacionales y el lado oscuro de la conspiración. Mientras tanto, algunos ciudadanos más inclinados hacia la derecha no creen en los asesinatos cometidos por la dictadura, o bien consideran que fueron exagerados o necesarios, que los muertos eran terroristas, si es que hubo muertos. El ciudadano promedio está atrapado en el medio. Es una política fundada en tantas mentiras que no parece haber forma de liberar al país de un enredo centenario. Las heridas de Argentina son mayormente autoinfligidas --por los políticos, sí, pero también por un electorado que considera que su lado tiene el monopolio de la verdad, y que todos los problemas son consecuencia de grandes conspiraciones en lugar de su fe ciega en falsos salvadores. No es casualidad que Argentina tenga el índice más alto del mundo de especialistas en salud mental per cápita.
Los hinchas de Boca colmaron La Bombonera para el partido de ida ante River Plate, que terminó empatado 2-2. Todo estaba listo para una definición apasionante en la vuelta en el Estadio Monumental, pero no pudo ser. Maria Amasanti
EL ACTUAL PRESIDENTE DE Argentina, Mauricio Macri, quien fue elegido en 2015, se vendió como la solución a tantos años de estancamiento e historias encontradas.
Una de las palabras que más usó durante la campaña fue "normal".
Quería construir un país normal, con una política normal y un sistema económico normal. En cambio, tuvo que negociar otro rescate con el FMI mientras intentaba recortar los programas sociales, tan queridos como insostenibles. Y esto le costó muy caro. A pocas cuadras de nuestro restaurante, junto a un grafiti del fantasma con la "B" en el pecho, había una serie de letras: MMLPQTP. "Mauricio Macri la p... que te parió". La gente lo canta en recitales y eventos deportivos, y hasta se escuchó en un recital reciente de Roger Waters. En la misma pared hay una pintada de una P con una V cruzada, que significa "Perón Vuelve".
Cuando Boca y River llegaron a la final, Macri tuiteó que quería que fuera un evento deportivo "normal", con hinchas visitantes, como se hace en Estados Unidos o Europa. El mismo día, funcionarios de seguridad del gobierno les informaron a los periodistas con un suspiro retórico que eso era imposible. Su sueño no duró ni un día. Macri no sólo no pudo reparar la economía y la política del país, sino que no pudo garantizar la seguridad de un estadio con simpatizantes de dos equipos.
Camino al estadio, pasamos por el barrio de Belgrano para tomar un café con un periodista político local. Demian Bio estaba enfocado en la cumbre del G-20, que comenzaba tres días más tarde.
Hasta hace poco, era hincha de River y socio del club.
"Estoy desilusionado con el fútbol argentino, sobre todo por cómo está entrelazado con la política", explicó Demian.
Macri dio sus primeros pasos como presidente popular y exitoso de Boca.
Daniel Angelici, el actual presidente de Boca, es un lobbista poderoso.
Hugp y Pablo Moyano, padre e hijo que dirigen Independiente, también controlan el sindicato de camioneros.
"Tarde o temprano, todos se involucran en la política", dijo Demian. "El presidente de River (Rodolfo D'Onofrio) definitivamente va a dar el salto. No los puedes separar".
Él no cree que la ciudad esté preparada para recibir a tantos líderes mundiales. Lo que hace dos años parecía encaminado a ser una vuelta olímpica de celebración para Macri, ahora es una metáfora de su fracaso. "Supuestamente iba a marcar el regreso de Argentina al escenario mundial después de 12 años de aislamiento", dijo Demian.
Y finalmente resumió el verdadero motivador de semejante tensión futbolística:
"La gente tiene más miedo de perder que ilusión de ganar", sintetizó.
Más de 50 mil hinchas de Boca fueron a La Bombonera el 22 de noviembre y otros miles quedaron afuera en una práctica abierta al público. Maria Amasanti
NUESTRO BUS SE DETUVO en un estacionamiento frente al estadio.
Pagué $2000 (dólares) por un boleto con el nombre y el número de identificación de otra persona. Los pases no eran transferibles, así que teníamos guías para conducirnos a través de tres o cuatro barreras de policías y seguridad que pedían identificación. Un guardia de seguridad me detuvo y miró mi entrada, que pertenecía a un hombre llamado Rafael, y comenzó a hacerme preguntas. Uno de los guías le quitó la entrada al guardia, me la devolvió, y me dijo con urgencia y decisión: "¡Vamos!"
No hay forma de comparar lo que uno siente en una ciudad antes de un partido tan importante. Durante varios días, los periodistas y columnistas más importantes del mundo del fútbol documentaron la energía que se venía gestando. Me gustó mucho lo que escribió Rory Smith para el New York Times, ya que entrevistó al relator de una radio que haría una "transmisión zen", que buscaría limitar los eventos cardíacos que podía causar el Superclásico. Habló con una voz suave y paciente, y en vez de los cantos y el ruido del público, se oía una música tranquila.
Los periódicos locales estaban repletos de historias que reflejaban y amplificaban la importancia del acontecimiento: un asesinato vinculado al partido -- dos amigos discutieron por el mismo, y uno terminó quemando la casa del otro. Estos ejemplos son tan extremos que eclipsan la profundidad de la rivalidad entre los argentinos. La verdad es difícil de entender y aún más difícil de describir, porque está atada a todas estas ilusiones e inseguridades. Los equipos muchas veces se describen como ricos y pobres --los simpatizantes de River son llamados Millonarios, y de los de Boca se dice que son "el pueblo"-- pero eso es sólo un reflejo de la profunda necesidad de identificarse con un determinado grupo. A los argentinos ricos de verdad les gusta el polo. Los dos grupos de fanáticos están compuestos por personas exactamente iguales, lo cual obviamente es lo que más les disgusta del otro. Es autodesprecio disfrazado de fanatismo.
El poder del Superclásico es más visible en los pequeños momentos.
Nos encontramos todos en fila, en una calle colmada de gente, rodeada de policías.
El primer empuje dela multitud viene acompañado con una sensación de poder.
Uno de los policías antidisturbios se ajusta el casco.
La calle estaba bloqueada con una serie de vallas de metal, con una abertura angosta que era controlada por personal de seguridad privado. A cada lado de la calle, la policía antidisturbios iba empujando a la multitud, algo que creaba una situación caótica y forzaba a la gente hacia un embudo. No había comunicación, por lo que a veces, el puesto de control detrás tuyo abría antes que el de adelante, lo que hacía que una horda de fanáticos comenzara a presionar a una masa de gente ansiosa que ya estaba agolpada. Un padre que estaba al lado mío, se inclinó hacia su hijo de nueve años que estaba asustado y le decía al oído: "Tranquilo. Tranquilo".
El gas pimienta de un policía que estaba intentando detener a unos infiltrados se comenzó a sentir en el aire.
Todos nos tapamos las caras con nuestras remeras.
Los fanáticos que no tenían entrada por momentos hacían el intento de pasar los vallas, tratando de colarse por los puntos de control, por lo que la policía los comenzaba a perseguir y eso daba lugar a más caos.
Después de alrededor de una hora, logramos entrar al estadio.
La multitud estaba cantando una de las clásicas canciones de tribuna de River. Detrás mío había un padre con su hijo. El hijo cantaba fuertemente, quizá más fuerte que nunca antes. El padre estaba callado y se lo podía ver emocionado. El hijo se dio cuenta y puso sus brazos alrededor de los hombros de su padre y los dos comenzaron a cantar juntos.
El aire olía a café, loción para después de afeitarse y marihuana.
El horario de inicio del partido era a las 17, pero los jugadores en ningún momento salieron a calentar. Después de una canción de AC/DC, la música se detuvo. Todos se sentaron y charlaban en voz baja, la tensión era casi insoportable. No había buena señal, por lo que nadie podía saber lo que estaba sucediendo.
Alrededor de las 16:45 una voz a través de los parlantes anunciaba que el partido iba a arrancar a las 18. Todos comenzaron a festejar. La multitud comenzó a cantar nuevamente y esta vez el padre que estaba detrás mío se sumó enseguida a los canticos.
Los entrenadores de Boca comenzaron a ubicar los conos para el precalentamiento.
Los árbitros entraron a la cancha.
Después de eso, otro anuncio: el partido pasaba para las 19:15.
Muchos silbaron desaprobando esta nueva postergación, pero estaban contentos de escuchar que el partido se jugaba.
Habían esperado una eternidad para este enfrentamiento, y tenían la gracia de contar con un empate 2-2 en la primera pierna, algo que hacía que la tensión fuese aun mayor, y si bien mis cinco palabas en español y las cinco palabras en inglés de las personas que estaban alrededor mío significaban que era muy difícil poder comunicarnos, la preocupación era notoria en la cara de todos los presentes. Muchos estaban serios, sabiendo que, en el detrás de escena, los dirigentes estaban decidiendo qué era lo que iba a terminar sucediendo dentro del campo de juego. Hasta el final, creí que los jugadores iban a terminar apareciendo por el túnel, iba a sonar un silbato y uno de los dos equipos iba a terminar levantando la copa. Muchos de los fanáticos también pensaron eso.
Algunos hinchas lanzaron bengalas hacia la cancha y el humo comenzó a rodar a lo largo del césped.
Empezaron a sonar las canciones, "You Shook Me All Night Long" y "Eye of the Tiger". Cuando faltaban diez minutos para las siete, un avión que estaba haciendo el descenso hacia el aeropuerto que está cerca de la cancha, voló bajo por encima de la cancha y movió las alas en señal de saludo. Un niño que estaba cerca, cansado de tanta espera, se durmió en los brazos de su padre.
A las 19:20, ante la mirada atónita de todos los fanáticos, el partido se suspendía hasta las 5pm del día siguiente. No se dio ninguna razón dentro del estadio, pero las noticias ya estaban esparciéndose por todos lados. El día terrible que parecía no poder ser peor, de hecho, había empeorado. El colectivo de Boca Juniors había sido apedreado y el gas pimienta que lanzó la policía encargada de protegerlos afectó accidentalmente a los jugadores adentro del micro.
Los que recién salíamos a la calle no sabíamos qué era lo que había sucedido afuera del estadio. Los vidrios rotos y los casquillos de los proyectiles nos daban algunas pistas. La gente que estaba mirando la televisión sabía más que cualquiera en los alrededores de la cancha. Horas antes, mientras yo estaba haciendo la cola para entrar, el colectivo de Boca atravesaba la ciudad para llegar al estadio. La policía no cercó las calles por las que iba a pasar el micro, sobre todo la intersección de Avenida del Libertador con Lidoro Quinteros y Monroe, donde todos saben que siempre está llena de los más rabiosos fanáticos de River los días que hay partidos. "Cuando doblamos, sentí que nos estaba esperando un ejército", dijo el conductor del colectivo en una entrevista con periodistas locales. "Para mí fue una emboscada. Estábamos yendo a jugar un partido de fútbol, no íbamos a la guerra".
Los fanáticos comenzaron a lanzar piedras y botellas al colectivo, rompieras las ventanillas y las astillas de vidrio volaron por todo el micro, y algunos de esos vidrios lastimaron el ojo del capitán de Boca, Pablo Pérez. El gas pimienta que lanzó la policía empeoró la situación. El conductor se desvaneció y uno de los vicepresidentes del equipo tuvo que tomar el volante. El micro con el equipo finalmente logró entrar en el estadio, pero los jugadores descendieron muy molestos, tosiendo y con sus rostros irritados. Pérez y un juvenil tuvieron que trasladarse hasta un hospital local y regresaron cada uno con uno de sus ojos cubiertos con un vendaje.
Afuera, hubo fanáticos con entradas que no habían podido entrar. Otros derribaron las vallas, muchos comenzaron a patear las puertas hasta que se abrieron y una multitud se coló en el estadio. Cerca de eso, un grupo de fanáticos lanzaba piedras a la policía, que comenzó a lanzarles balas de goma y gas pimienta. En medio el caos, un policía llamado Julio Apriles hizo algo valiente, estúpido y absolutamente crítico.
Se acercó caminando solo, en medio de las piedras, hacia los fanáticos de River. No tenía casco ni protección, tampoco tenía un arma. La sorpresa de verlo hizo que dejasen de lanzar piedras.
Habló con los fanáticos y pudo aplacar un poco la furia.
"Así son los chicos de estos días", es lo que dijo después.
Su hija estaba mirando la televisión y su teléfono celular sonó al instante.
Era su esposa.
Le mando emojis con caras tristes, llorando y le pidió por favor que tuviese cuidado.
"Martu está llorando", le escribió la esposa. "Mándale un audio diciéndole que estás bien".
Miguel Delaney escribió una nota en The Independent en la que catálogo de vergonzosas las negociaciones dentro del estadio en esas horas en las que deliberaban si el partido se juagaba o no. En su reporte, documentó las idas y vueltas en el detrás de un partido que todos estábamos esperando ver.
La cadena de TV Fox Sports presionó a Boca para que jugase, informó él, junto con las autoridades involucradas en la competencia: Conmebol, FIFA y el gobierno argentino. Un médico de la Conmebol dictaminó que no había razones médicas para posponer el partido, por lo que Boca consiguientemente publicó una imagen de su capitán con un ojo vendado. Carlos Tevez, el cuerpo y alma del equipo, dijo a los medios que él y sus compañeros estaban siendo obligados a jugar. Más tarde, los dos equipos acordaron la postergación, y fue el momento en el que se dio el anuncio final a los fanáticos que estaban en el estadio.
Parado en medio de la calle, intenté entender la magnitud de la situación al levantar unos casquillos de balas de goma que estaban en el piso. Te dejan la piel marcada con círculos perfectos. Otros lanzaron gas pimienta y lo que se llama granadas aturdidoras. Pude ver vidrios rotos y una rama de un árbol en el medio de la calle. Un hombre caminaba en medio de la gente buscando a alguien --¿una mujer, una niña, una perra? - a los gritos de: "¿Princesa? ¿Princesa?".
Con Tomás me alejé de la multitud y me tomé un taxi a Palermo, el barrio en donde vive. Fuimos a un bar y pedimos dos cervezas. Se escuchaba ese molesto tema de Justin Timberlake del verano pasado, o el anterior, lo que hizo que todo se sintiera como una película de Tarantino: la música animada y los casquillos de balas vacíos en mi bolsillo, mientras mirábamos en la cámara de Tomás las fotos de los policías antidisturbios y los fanáticos de River Plate enardecidos en el medio de la calle. Tomé la cerveza rápidamente y pedí otra. En la pared, la televisión mostraba las noticias sobre el equipo de Boca, que todavía estaba en la cancha, sin poder salir del estadio. Ya eran las 20:45 de la noche.
Vimos a Carlos Tevez hablando con un reportero.
Le echó la culpa a River Plate y sus conexiones políticas.
"River siempre hace lo que quiere", comentó. "Si esto hubiese pasado en Boca, la copa ya sería de River".
Muchos hinchas de River esperaron que se abrieran las puertas del Monumental para el partido de vuelta, pero el ataque al micro de Boca hizo que tuvieran que volver a sus casas sin ver partido alguno. Maria Amasanti
A LA MAÑANA SIGUIENTE, TOMAS y yo fuimos al hotel del equipo de Boca para estar presentes cuando los jugadores salieran de sus habitaciones y pasaran del lujoso lobby hasta el colectivo, otra vez más, camino al caos. Rara vez le han dado a un equipo semejante regalo: si perdían tenían una gran excusa, pero si ganaban hubiesen quedado como los eternos héroes en esta ciudad, la clase de hombres cuyos rostros hubiesen sido pintados en las paredes mucho tiempo después de que sus carreras llegaran a su fin.
La policía formaba una barrera al lado de las vallas en la entrada del hotel. Los fanáticos coparon la entrada del hotel, algunos a la izquierda y muchos más por la derecha (que resultó ser la dirección hacia donde apuntaban las cámaras de televisión). Cuando un fotógrafo se acercó a la muchedumbre, comenzaron a gritar más fuerte. Vendedores pasaban entre ellos con la bandeja en alto y una mujer vendía Fernet-Branca con Coca-Cola. Algunos fanáticos tenían carteles en los que pedían la renuncia del presidente de Boca - por alguna razón, estaban enojados porque había acordado jugar el partido - y cantaban su nombre y "la p... que te parió".
Adentro, con Tomás nos sentamos en una mesa a tomar un café. Podíamos escuchar las canciones de siempre, haciendo el ritmo golpeando las vallas. Las televisiones adentro del bar mostraban la escena de afuera, la escena del estadio, donde los fans estaban esperando para entrar y a los policías sosteniendo los escudos de protección. Tomás me mostró una imagen de un muchacho al que le había sacado la foto el día anterior que había dado una entrevista que se había vuelto viral. "Lo único que quiero decir es, 'Vamos River'", dijo el hombre. "Pero a los fanáticos de Boca, perdón por lo que pasó. Yo, como todos los fanáticos de River, conozco a fanáticos de Boca, tengo un hermano que es de Boca y amo a mi hermano. Tenemos que aprender a ser civilizados. La política y la religión no importan. Nada importa siempre y cuando seamos civilizados".
Pablo Pérez, capitán de Boca, recibió atención médica por una herida en su ojo tras el ataque al micro. Varios jugadores se vieron afectados por el gas pimienta y las astillas de los vidrios que estallaron, lo que causó la postergación del encuentro. Juan Mabromata/AFP/Getty Images
Era pasado el mediodía.
Los entrenadores del equipo nos dijeron que el colectivo se iba a marchar a las 14:40 para la hora de inicio del partido a las 5 p.m.
Todo parecía normal.
Unas cuantas personas con el uniforme del equipo bajaron hasta un área de desayuno privada. La seguridad estaba por todo el lobby y colocó sogas que iban del ascensor hasta la entrada/salida.
El momento en el que me di cuenta de que algo no estaba bien fue cuando los voceros de Boca les dijeron a los reporteros en las escalinatas del hotel que el equipo no quería jugar.
Querían que les dieran el título.
Los fanáticos encendieron bengalas azules y las lanzaron por encima de las barricadas.
Al otro lado de la ciudad, los dirigentes de River Plate abrieron las puertas y los fanáticos comenzaron a llenar el estadio. Estaban nerviosos y ansiosos. Al hotel de Boca ya llegaban los policías de escolta en motocicleta. Al rato llegó el colectivo y bajo el conductor con una corbata negra y una sonrisa burlona.
Luego, la gente de prensa de Boca convocó a una conferencia y los periodistas y las cámaras comenzaron a correr por el hotel, se podían ver cables por todos lados mientras que una nación entera estaba expectante del otro lado del televisor.
En ese momento lo supe.
Seguramente los conocedores del fútbol argentino ya estaban enterados horas antes, pero en mi condición de novato, yo creía que solamente un tonto no jugaría este partido: uno hasta podría pedir helicópteros del ejército, pero haría cualquier cosa para presentarse. Daba la sensación de que la dirigencia de Boca no podía correrse del papel de víctimas como para entender lo que este momento requería de ellos. Estaban tan preocupados quejándose de la injusticia, que no pudieron o no supieron aprovechar la chance de pasar a la inmortalidad deportiva. Todo era un desperdicio.
Los dirigentes de CONMEBOL anunciaron entonces la suspensión del partido. Los abogados entraron en escena y en los días siguientes libraron su batalla, en la que Asunción y Miami aparecieron como sedes posibles para el partido, hasta que terminó imponiéndose Madrid.
Los hinchas de River, por segundo día consecutivo, abandonaron el estadio.
Exactamente a las 2:56pm, el micro de Boca Juniors, sin pasajeros a bordo, dejó el hotel. Tomás y yo nos miramos y nos fuimos también.. A una cuadra, podíamos ver que había poca gente detrás de las vallas. Unos cientos de personas, como mucho. Vimos con claridad la belleza de esta tarde de domingo en Buenos Aires. Nos paramos afuera de un restaurante al estilo americano, como si estuviéramos en los Estados Unidos. Nos llegaba la música desde adentro: la canción de Creedence Clearwater Revival "¿Quién parará la lluvia?". Tomamos un taxi y en nuestro trayecto vimos parejas tomando sol cerca del río, familias bajo sombrillas preparándose para un picnic o hamacando a sus hijos. Divisamos algunas camisetas de River y otras de Boca,
El taxi nos dejó en El Cuartito, una pizzería local que he aprendido a amar en mis viajes a la ciudad. Está pintada con los colores de las camisetas de los equipos de fútbol de aquí y es popular entre gente mayor, taxistas y jóvenes - ¡la trifecta!. Nos sentamos en una mesa y miré hacia la ventana. En la mesa más cercana había tres jóvenes con camisetas de Boca y a su lado, en otra mesa, una familia en la que todos sus integrantes usaban la camiseta de River. Todos comían pizza, disfrutaban del momento y nadie le arrojaba nada a los demás, ni siquiera miraban con recelo lo que sucedía en la mesa de sus "rivales". Por un momento no pude discernir quién maneja la Argentina: la enorme mayoría que quiere vivir una vida normal o los delincuentes que le arrojaron piedras a un micro y sometieron a una nación entera a sus deseos.


