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El Káiser no tiene quién le escriba

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Abogado explica situación de Rafa Márquez (2:03)

Ricardo de Buen responde a algunas incógnitas al respecto de la situación que vive el defensa mexicano. (2:03)

LOS ÁNGELES -- Reflexionaba Gabriel García Márquez en 'El Coronel no tiene quién le escriba' que: "Ningún lugar en la vida es más triste que una cama vacía".

Rafa Márquez hoy lo sabe. Lo sufre. Lo lamenta. Sí, El Káiser hoy no tiene quién le escriba.

Y encima, se da cuenta que en sus aposentos de futbolista multicampeón en Europa y Concacaf su cama está vacía.

En ese mismo maravilloso texto, el Gabo hurgaba y purgaba en la voz del Coronel: "Nada en este mundo debe ser más tremendo que los escombros de un hombre".

Podría añadirse los escombros de un hombre solo. Y hoy, el Káiser, debe tener la piel trémula de abandono.

Tantos que tantas veces lo veneraron tanto como un caudillo, como su líder, como ejemplo, hoy le dan la espalda. A San Pedro al menos le tomó tres veces el acto de negación divina. Malditos gallos amordazados.

¿Dónde se refugian las hienas cuando el león está herido? En las mazmorras de sus propias conciencias.

Como aquellos que se sintieron calígulas tricolores en la versión arrabalera de Sodoma y Gomorra del Tri en Monterrey, especialmente a aquellos que Rafa logró rescatar de una sanción extrema y una humillación pública como a Carlos Vela y a Carlos Salcido. Los humores y los olores de Judas.

Bajo esas faldas de su propio miedo, deben otros observar este momento de crisis de Rafa Márquez, a quien la justicia estadounidense ya investigó y sentenció. Pero son silentes testigos en esas sombras del sigiloso caparazón de su cobardía.

En esa procesión de lealtad, de fidelidad, deberían agregarse hasta los quistes de pusilanimidad de la FMF, empezando por Decio de María, porque con la rehabilitación de Márquez después de su aventura fallida por la MLS, gracias a él, México recuperó ese Leónidas en la cancha para meter a México al Mundial de Brasil.

Sí: El Káiser, ese que hoy no tiene quién le escriba, ese mismo, rescató financieramente a una selección y a una federación, que podrían haberse podrido en sus propios desechos si no conseguían acudir a esas dos copas del mundo en las que fue determinante: Sudáfrica y Brasil.

Aún entre la espesa tormenta de sus pecados en la cancha, Rafa Márquez controlaba el vestidor para bien de intereses estrictamente mezquinos. Los fariseos, el bajito canoso apellidado Compeán, y el desaliñado que se hurga la borra del ombligo, Decio, esos, esos mismos.

¿Alguien puede olvidar cómo, milagrosamente, por sus jugadores, esta selección mexicana ha pasado de 125 a 250, y ahora a 650 millones de dólares de cosecha en ciclos mundialistas en la Federación Mexicana de Futbol?

¿Dónde está agazapada la asociación de futbolistas que fue redimida hace seis meses por Rafa Márquez? Acaso disfruta cómodamente de nuevo de las canonjías, el aire acondicionado, y las sobras de los bufetes y comilonas de la FMF. Los liberados se ciñen de nuevo el yugo de esclavos. Los patos presencian el harakiri de las escopetas.

¿Y dónde los que de repente se untaron de ese perfume de machitos, de gónadas ajenas, para empezar a alinearse al proyecto de la nueva agrupación de jugadores? Ese silencio, a ellos, a todos, no los hace inocentes, los hace culpables del crimen supremo de deslealtad.

Dicen los libros coreanos que "por más alta que esté una montaña, siempre estará por debajo del Cielo". Queda claro que esa pretendida nueva asociación de jugadores ha quedado acéfala y no por los cargos del Departamento del Tesoro de EEUU contra Márquez por vinculación con el narcotráfico, sino porque, seguramente, el Káiser, se ha dado cuenta que hoy, cuando más lo necesita, que no tiene quién le escriba.

Por si lo leyó o por si no lo ha leído, le adjunto el último acto de 'El Coronel no tiene quién le escriba'. La última palabra, bien puede emitirla hoy Rafa Márquez, este Káiser, que insisto, hoy se ha dado cuenta, no tiene quién le escriba...

"La mujer se desesperó. 'Y mientras tanto qué comemos', preguntó, y agarró al coronel por el cuello de franela. Lo sacudió con energía. Dime, qué comemos.

"El coronel necesitó setenta y cinco años -los setenta y cinco años de su vida, minuto a minuto- para llegar a ese instante. Se sintió puro, explícito, invencible, en el momento de responder: 'Mierda'".