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Los nuevos hooligans de Rusia

Batallan en el bosque, pandillas de fútbol contra pandillas de fútbol. Son los luchadores subterráneos que el anfitrión de la Copa Mundial no quiere que veas.

Esta historia aparecerá en la edición de fútbol mundial del 18 de junio de ESPN The Magazine. ¡Suscríbete hoy! Leerla en inglés

LUEGO de haber pasado casi cuatro décadas en esta Tierra, tras vivir en media docena de ciudades y dos países, empleado o desempleado, feliz o triste, sobrio o no, puedo decir que nunca, jamás, he golpeado a alguien.

¿Y ustedes?

Vova se ríe de mí. Obviamente, Vova ha golpeado a alguien. Vova vive en Moscú, al borde de la capital rusa. Me dice que ha estado golpeando a otras personas durante años, afirma disfrutar el golpear a la gente y dice que es parte de su identidad. Piensa que soy un extraterrestre y que un hombre sin cicatrices en sus manos no es hombre.

Vova tiene 19 años.

Bajo cualquier medida, Vova vive de forma cómoda. Su madre es azafata. Su habitación dentro del apartamento familiar tiene fotos y afiches de los lugares que ha visitado. Está estudiando para convertirse en diseñador gráfico y ama el surf. Igualmente, tiene cierta afinidad por la poesía (incluyendo las obras de Pushkin y Yesenin, quien escribió sobre, entre otras cosas, los hooligans a principios del siglo XX). Vova disfruta de la literatura, particularmente por los escritos del famoso novelista alemán Erich María Remarque. Una tarde, dentro de una cafetería, debatimos entre los méritos de La noche de Lisboa contra Sin novedad en el frente. (La noche en Lisboa es su libro favorito de todos los tiempos)

Sin embargo, en las noches o fines de semana, Vova nos cuenta, que va al bosque. Afirma formar parte de un grupo de hinchas ultras conocido como la IX Legion, que apoya al equipo de fútbol profesional Dinamo de Moscú, y que suele pelear contra otros grupos que apoyan a equipos distintos. Estas peleas casi siempre se escenifican entre los árboles, lejos de los ojos de la policía (o de cualquier otra persona, para ser sinceros). Estas peleas no tienen reglas o regulaciones escritas, no disponen de árbitros u oficiales certificados y si bien es considerado generalmente una falta grave matar a alguien en uno de estos combates, todo lo demás es aceptable.

Muchos hooligans de la nueva escuela entrenan en un gimnasio propiedad de Arnie, un legendario luchador que dice que ahora está retirado. Logan Cascia

Para Vova, esto es algo glorioso. Para Vova, es mágico. Para Vova, la idea de no golpear a alguien carece de sentido alguno, aunque sabe muy bien que las autoridades rusas están desesperadas por hacer del próximo Mundial de Fútbol un evento seguro y pacífico.

"Entonces", le pregunto a Vova una noche en el centro de la ciudad, "¿cómo te comportas cuando estás en una pelea?". Vova es inteligente y serio, con una cara fresca, ojos pequeños y nariz suave. Sus caderas son pequeñas y cuenta con piernas delgadas, teniendo así el aspecto huesudo de un corredor a campo traviesa de una secundaria. "En una pelea, todo es diferente", me dice. "Se requiere de ira, de alguna clase de ira o algo así".

Es difícil conseguir rasgos de ira dentro de Vova, con su suave voz, risa inocente y un tic nervioso gracias al cual él sacude sus hombros mientras piensa cómo responder a una pregunta difícil. Es difícil ver algo de ira en él. Sin embargo, Vova considera que la ira forma parte de su ser, tanto como la poesía o los libros de texto que guarda en su mochila.

El bosque, afirma, es el lugar donde deja que su ira salga a florecer, donde se sumerge dentro de algo que "fortalece la mente".

Le interrumpo. ¿Cómo es posible que esto fortalezca tu mente?

Vova no duda al responder. "Bien, cuando ves gente que se acerca a ti", afirma. "No una o dos personas y sabes que ellos están a punto de patearte la cara y será algo doloroso, tu no huyes".

Sonríe. "Te diriges directo hacia ellos".


Los fanáticos encienden bengalas durante un partido de campeonato de la Premier League rusa entre Arsenal Tula y Spartak Moscow en diciembre. Denis Tyrin/AP Photo

EL MUNDIAL DE FÚTBOL comenzará en Rusia este 14 de junio. Se prevé la llegada de aproximadamente 2 millones de visitantes durante el torneo y hay una amplia variedad de tópicos por los cuales uno puede tener preocupaciones razonables: actos aberrantes de racismo por parte de los hinchas rusos, por ejemplo, al igual que las draconianas leyes "anti propaganda gay", la actitud general de intolerancia mostrada por el gobierno de Vladimir Putin hacia cualquiera con opiniones diferentes a la línea oficial, la posibilidad de actos terroristas y (quizás lo más visible) desagradables brotes de violencia callejera.

Lo último es consecuencia, en gran medida, de lo ocurrido hace dos años en Francia. Durante la Eurocopa, Rusia e Inglaterra se enfrentaron en Marsella. Cientos de hinchas rusos, agitados por la presencia de algunos ingleses ebrios y belicosos al igual que la historia omnipresente (siendo Inglaterra el lugar del nacimiento de los hinchas ultras o hooligans, tal y como los conocemos hoy en día), comenzaron fuertes disturbios, destruyendo cafés y fachadas de tiendas, atacando a cualquier persona con la apariencia de ser inglés.

Los ataques prosiguieron en las tribunas en pleno partido, trayendo como consecuencia la imposición de sanciones a la Federación Rusa de Fútbol por parte de los organizadores del torneo y en algunos casos, hubo hinchas rusos arrestados o deportados. Varios videos de la reyerta se hicieron virales en Internet y en cuestión de días, los ejecutivos organizadores del Mundial y las autoridades rusas comenzaron rápidamente una campaña para asegurar a todo el mundo que no ocurrirá algo similar durante el mayor torneo del balompié en el orbe.

Rusia debe "asegurar la máxima seguridad para los jugadores y aficionados", expresó el presidente Putin en una alocución dirigida a la policía rusa este invierno, antes de decir a los oficiales que "la manera en la cual este evento se desarrolle y la imagen de nuestro país dependerá, de forma directa, en su trabajo sutil y hábil".

He aquí el pequeño detalle: Ese trabajo no consiste solamente en colocar detectores de metales y alcabalas una vez que comiencen los partidos. Los oficiales rusos, ciertamente, están conscientes de hacer todo lo que sea necesario a fin de evitar una reedición de las horrendas escenas vividas en Marsella durante el torneo próximo a comenzar. Además, el gobierno ruso ha invertido una cantidad considerable de tiempo durante los últimos dos años haciendo todo lo posible a fin de erradicar (o al menos, esconder hasta después del Mundial) esta cultura, cada vez más creciente, de hinchas ultras en la cual están involucrados peleadores jóvenes, devotos y violentos (tal como es el caso de Vova), que participan en peleas a puño limpio y sin reglas, todo por diversión.

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E60: Hooligans, el peligro latente en Rusia 2018

ESPN brinda una mirada del Club Ruso de Peleas, un grupo de fanáticos para los que la violencia es parte de la 'cultura' futbolera de la nación europea.

Si bien gran parte de la preocupación de las autoridades rusas tiene que ver con la reputación global de su país, mucho también tiene que ver con lo impredecibles que son los hinchas ultras y sus impulsos.

¿Habrá problemas durante el Mundial? Los oficiales rusos han reiterado que no esperan se produzcan incidentes. Aunque nadie puede afirmarlo con certeza, incluyendo los propios ultras. "No ocurrirá en Rusia, porque nuestros servicios policiales funcionan mucho mejor" que en Francia, indica Vlad, amigo de Vova y miembro de la Legión. Vlad parece tener certeza sobre esto. Hasta que, momentos después, reconsidera y nos dice: "Quizás ocurrirán pequeños conflictos". Tras una pausa, cambia sus palabras y dice: "Ocurrirán pequeños conflictos, aunque no serán provocados por los rusos".

La opinión de Vlad es muy común entre los ultras. Al igual que su forma de manejar la privacidad: No les comenta a muchas personas de su círculo de vida que es ultra porque "no es una cuestión social. Es algo personal". Al igual que Vova, Vlad no desea que publiquemos su nombre completo porque "hay muchas tensiones actualmente" entre los ultras y la policía; mientras que Vlad afirma que las autoridades han actuado de forma intensa en contra de estos grupos de hinchas durante el último año.

Amigos de ambos han sido detenidos e interrogados. Los apartamentos de algunos hermanos ultras han sido objeto de allanamientos. Se ha hecho cada vez más difícil el llevar a cabo los grandes combates tan ansiados por los ultras.

"Entonces, cuando llegas a casa con un ojo morado o algo así", le pregunto a Vlad, "¿qué le dices a tu familia con respecto a lo sucedido?". Trato de imaginarme las historias que Vlad debe fabricar, cuando sus seres queridos vean las marcas, hematomas similares a un pavo asado que cubren su cuerpo.

El caso es que no parece ser gran problema.

"Nadie realmente le presta atención", dice Vlad, explicando que, en Rusia, es normal que los chicos peleen. "Pues, un jovencito pelea, no es gran cosa. Después de todo, soy varón y no una niña". Amplía la idea y gesticula con sus manos. "Puedes ser como una niña", dice, "o puedes ser una persona que pelea donde sea y que defiende lo suyo. Es tu decisión".


Vlad, quien viste una máscara por miedo a ser reconocido por las autoridades, es parte del club de lucha IX Legion, simpatizantes del Dinamo de Moscú. Logan Cascia

ANTON ES DE AQUELLOS que decidió pelear donde sea. Anton es un portero de discotecas, entrenador de boxeo e instructor en un gimnasio de San Petersburgo especializado en entrenar ultras. A Anton le encanta pelear, disfruta hablar sobre ello, le encanta el lenguaje involucrado en las peleas.

Existe una sección completa de la jerga popular rusa que gira en torno a las peleas de ultras, nos dice Anton. Comenzó con la idea de que las peleas se llevan a cabo durante "el tercer tiempo", una astuta referencia a que el partido tradicional de fútbol se disputa en dos mitades. Alguien denominado como otmorozok i es a partes iguales de sangre fría y sicótico (la expresión se deriva de la palabra "congelado"). Otpizdil es un término que se refiere a haber golpeado a alguien al punto de que éste es irreconocible e incluye una referencia ofensiva a la anatomía femenina. Una solyanka (lo cual, normalmente, es una sopa rusa espesa y agridulce) se refiere a una pelea masiva (por ejemplo, 50 personas contra 50) en la cual la mezcla de brazos, piernas, puños y dedos se asemeja a un asado de carne humana. Anton adora una buenasolyanka.

Anton pertenece a los Rude Boys, un grupo que apoya al equipo más antiguo de élite en la liga rusa, el CSKA de Moscú. El inicio de Anton en las peleas fue típico: Cuando tenía 11 años, se dirigía a casa luego de un encuentro entre el Zenit de San Petersburgo y el CSKA junto a un pequeño grupo de jovencitos de su barrio. Súbitamente, un grupo de hinchas del Zenit saltó desde un tranvía cercano y atacó al grupo en el cual se encontraba Anton, atacando a los niños mayores y dejando a Anton y el resto de los menores que fueran meros espectadores de la carnicería. Anton aún recuerda los gemidos emitidos por sus amigos.

Anton ahora tiene 20 años. Tiene 5 pies, 10 pulgadas de estatura (1.78m) con pecho ancho, brazos que parecen hidrantes de agua y hombros inmensos. Sus mejillas, sin embargo, son planas y suaves, con hoyuelos profundos. Su apodo es Antosha (similar a llamarlo Toñito), porque cuenta con rasgos casi angelicales, aunque su oreja izquierda es un amasijo de cartílagos y tejidos similar a plastilina seca.

Cuando camina, Anton se mueve con sus dedos casi siempre empuñados.

""He participado en cerca de 60 peleas", nos comenta una noche mientras cenamos. Anton nos muestra varios videos en su teléfono celular de él en combate. Uno de sus favoritos en particular es una solyanka en la cual participó el día de su cumpleaños. Cuando la escena se torna ruidosa (un hombre en la pantalla grita "¡Levántate, co---- de tu madre!" en ruso), Anton baja el volumen a fin de no perturbar a las mesas cercanas.

La gran mayoría de las peleas son organizadas por los líderes de los distintos grupos, quienes envían mensajes de textos o se llaman entre ellos para coordinar la hora y el lugar. Los bosques son los escenarios más populares, aunque también sirven áreas industriales vacías o matorrales ubicados detrás de los grandes bloques residenciales. La cantidad de peleadores aportados por cada equipo es negociable y puede oscilar entre 5 contra 5 hasta 100 contra 100. A la hora prevista, los grupos se acercan y comienzan a atacar cuando se les da la respectiva señal.

He aquí la parte que las autoridades rusas no quieren que veamos, ya que el caos es aterrador e inmediato. Los grupos se forman en dos (o más) filas y los peleadores al frente inician el combate con una patada voladora, antes que el amasijo de cuerpos se haga tan apretado que se dificultan los movimientos.

Existe cierta estrategia en la forma en la cual un grupo forma a sus peleadores (por ejemplo, a algunos grupos les gusta colocar a sus miembros de mayor contextura en primera fila) y si bien la mayoría de los peleadores chocan con el oponente directamente frente a ellos, Anton dice que siempre ha preferido utilizar el elemento sorpresa al golpear primero al peleador al lado de ese oponente que tiene en frente, lo cual ayuda a generar mayor confusión.

La única regla significativa (y una que es particularmente rusa) es que no se permite el uso de objetos extraños. Los ultras en otros países europeos llegan a utilizar a menudo puños de acero o navajas. Sin embargo, los rusos solo utilizan sus puños. Los cabezazos, golpes con la rodilla o pateadas al rostro son comunes.

En la mayor parte de las ocasiones, afirma Anton, los peleadores están inmersos en una niebla tan densa que sólo dependen de sus instintos. "Entiendes que si no golpeas a alguien, alguien te golpeará", nos dice, indicando que una pelea termina solamente cuando un grupo queda de pie frente al otro.

Siempre se esperan lesiones y, en muchos casos, son consideradas dignas de reconocimiento. "Vi a un tipo a quien le rompieron la nariz. De hecho, no era sólo su nariz", recuerda Anton. "Se estrelló la cara contra una banqueta y se rompió todo el rostro". Hay un tono de admiración en la voz de Anton. "Le colocaron una tabilla de titanio y plástico debajo del ojo".

Para los jóvenes peleadores, el objetivo (tal como lo oyen) es conseguir una camiseta. Los líderes del grupo otorgan esas camisetas a los nuevos miembros como ritual de iniciación luego de haber demostrado su habilidad en la tángana. Una vez que se les confiere la membresía, el lazo entre sus miembros es esencialmente familiar. "Simplemente, no peleas solo", dice Anton. "Es una pelea entre caracteres".


ENTONCES, SURGE LA PREGUNTA INEVITABLE: ¿Por qué alguien hace esto? Hay muchos otros deportes que involucran el contacto y esfuerzo físico, agilidad y destrezas (sin el elemento de la cirugía plástica). Pues, ¿por qué no practicar estos deportes? ¿Por qué pelear?

Arnie, quien regenta el gimnasio en el cual Anton funge como instructor y es un ultra legendario dentro de un grupo denominado "Salón de música", piensa que es una interrogante algo estúpida. Él considera que el mayor atractivo radica, precisamente, en que hay un elemento adictivo con respecto al hecho que un hombre supere y luego manipule su temor a ser herido.

"Dentro de cualquier cultura", afirma Arnie, utilizando un tono de voz similar al que se usa al hablar a un niño pequeño, "el pelear dentro de miembros de la misma especie sólo fortalece a dicha especie".

He aquí lo que me preocupa. Lo más cerca que he llegado a estar de golpear a alguien fue cuando tenía 14 años. Fue durante un partido de fútbol americano de toque (o "tochito", como lo llaman en México). Mi amigo Artie (no Arnie) me empujaba una y otra vez, golpeando mis costillas tras cada jugada. Finalmente, luego de la décima jugada consecutiva, me quité la mano de Artie de encima. Él me empujó. Comenzamos a luchar y, durante una fracción de segundo, lo tenía al alcance de mi brazo, mi mano izquierda sujetando su camiseta y la derecha lista para atacar. Sólo debía disparar.

Sin embargo, no lo hice. Bajé mi mano, agarré el otro lado de su camiseta y luchamos un poco más antes que el resto de los muchachos nos separaron. Eso fue todo. En ese momento, no parecía ser en absoluto una experiencia formativa. Aunque, durante los años que han pasado desde ese momento, me he preguntado por qué no le golpee, o no pude hacerlo. Me he preguntado si dejé de hacer algo importante. La mayoría de los ultras rusos parecen pensar que ese fue el caso.

Vova considera que pelear es una parte necesaria del proceso de lidiar con la ira que se genera por las frustraciones y decepciones inevitables de la vida. Dice que él debe pelear "para así evitar el desahogar mi ira en la calle contra la gente que camina frente a mí. Tengo la opción de pelear en el bosque".

Esta idea de pelear como desahogo personal es una de las ideas más comunes entre la mayoría de los ultras que entrevisto para así justificar la popularidad de estas peleas. La otra es la forma en la cual las peleas están incrustadas dentro de la cultura rusa. En cuestión de minutos, cada ultra trae a colación la leyenda de "las viejas peleas de pueblo" de tiempos de antaño en Rusia, referencia a algo denominado stenka na stenku, o "pared contra pared". Esas luchas masivas entre pueblos vecinos duraban horas. Eran batallas a puño limpio y en ellas participaban desde los niños pequeños hasta los boxeadores más distinguidos. Hay recuentos que indican que se llevaban a cabo desde el siglo XI.

Las versiones más modernas de estas batallas campales no tienen tan claros sus orígenes. Se ha aceptado generalmente que el hooliganismo o movimiento de hinchas ultras comenzó de forma modesta en la Unión Soviética en la década de los 70, creciendo de forma sustancial en los 80 durante la perestroika de Mijaíl Gorbachov para luego cobrar auge en los 90 luego del colapso de la Unión Soviética. La violencia y criminalidad se hicieron endémicas en ese entonces por todo el país, creando una atmósfera de perpetua confrontación, especialmente para los hombres.

En los primeros tiempos de los ultras rusos, los hooligans ingleses (romantizados en una película de 2005 llamada Hijos de la furia, la cual fue muy popular en Rusia) sirvieron de inspiración en muchos elementos, desde la vestimenta, pasando por los cánticos, canciones, hábitos de bebida y las peleas.

Ahora, todo ha cambiado. Ruslan, veinteañero y miembro de un grupo de ultras conocido como "Guerreros rojos y azules", afirma creer que forma parte de la tercera generación de ultras rusos. La primera consistía de "bebedores que peleaban de forma caótica", especialmente dentro de los estadios y sus alrededores. La segunda consistía en un grupo de "hombres que entendieron que algo estaba mal y se necesitaba de un cambio". La generación de Ruslan, de acuerdo con su relato (dentro de la Rusia del régimen de Putin) ha crecido hasta aceptar la presencia de las artes marciales mixtas y se adhieren a un estilo de vida más saludable y atlético, operando con una mentalidad similar a la de un club de peleas. Muchos ultras, incluyendo el propio Ruslan, llegan a graduarse de los bosques y se convierten en legítimos peleadores de Artes Marciales Mixtas (MMA, por sus siglas en inglés). En varias oportunidades, Ruslan ha peleado combates de MMA contra algún rival con el cual solía irse a los puños en los bosques.

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Hooligans: La nube oscura que ronda el fútbol

ESPN se adentra en las interioridades de una filosofía peculiar, que tiene en la violencia su elemento de culto.

Este cambio generacional ha dejado al movimiento de hinchas ultras dentro de un espacio incómodo en Rusia: Putin no ha ocultado su gusto por el judo y las artes marciales y a pesar de ello, su administración ha tratado de exterminar el ascenso de las peleas en los bosques. Mientras se percibe a menudo a los grupos de ultras como milicianos urbanos al servicio de Putin, muchos de ellos entrevistados para esta nota afirman no estar de acuerdo con Putin, porque éste se preocupa demasiado por la reputación global de Rusia y no está muy pendiente de lo que ocurre dentro de su país. "Es blando", nos dice un peleador.

Ser un hombre blando, obviamente, es lo peor que le puede pasar a un hombre ruso, particularmente en una época en la cual estas peleas en los bosques se han incorporado dentro de la cultura rusa de forma tal que hasta niños y adolescentes participan en ella.

¿Qué tanto ha saltado esta subcultura al consciente colectivo? Una noche, en la clase de Anton, conozco a un chico de 16 años que se hace llamar Bulldog. Bulldog es delgado y de baja estatura, con rostro de bebé. Sin embargo, dice haber sido apodado así luego de haber "peleado uno contra uno" y "golpeado a un tipo", lo que provocó que sus amigos le dijeran: "Mie---, eres un bulldog". Cuando hago contacto con él pocos días después, cerca de su apartamento, se ofrece, con unas ganas increíbles, a golpear a un sujeto cualquiera en la calle, sin razón aparente.

Básicamente, nos dice Bulldog, él es un ultra endurecido. Excepto que hay algo que no cuadra en su relato. Al preguntarle en cuántas peleas se ha involucrado o el nombre de su grupo, Bulldog se muestra divagante y evasivo. Afirma haber estado en Marsella y haber ayudado a golpear a los ingleses porque "tenían un aspecto asqueroso", pero no tiene fotografías de él en Francia en ese entonces, y las imágenes de las cuentas de sus familiares en redes sociales le muestran en ubicaciones distintas en varias fechas en las cuales se celebró la Eurocopa.

También hay problemas con los videos. La mayoría de los videos de las peleas mostrados por Vlad, Vova y Anton duran varios minutos (el libreto en común incluye la caminata previa, ambas partes chocando y varios ángulos de acción subsiguiente que incluyen, por lo menos, un par de cabezazos), las grabaciones que nos muestra Bulldog duran aproximadamente 10 segundos y tienen varias escenas violentas con rock pesado de fondo.

A primera vista, parecen ser videos rudimentarios de resúmenes, el equivalente más cercano a un resumen curricular de un ultra, mostrado en imágenes. Estos nos dan una oportunidad de ver más de cerca y poder entender la falta de técnica y la similitud de los escenarios. O bien, la forma en la cual parece que las escenas de pelea son algo excesivas en dramatismo. Entonces, otra interpretación es viable.

Se trata de homenajes.

Lo cual no debería sorprender. Después de todo, existe un sitio web muy popular, llamado fanstyle.ru, dedicado a la cobertura exhaustiva de las peleas entre ultras. Existen miles de videos en internet. También se encuentran foros de mensajes omnipresentes en la versión rusa de la red Facebook, donde hay hilo tras hilo con imágenes de lesiones producidas en peleas, con amplios análisis en los comentarios. En 2013, un largometraje ruso llamado Okolofutbola glorificó el nuevo estilo de vida de los ultras rusos (utilizando a verdaderos ultras como actores para algunos roles) disfrutó de gran éxito en los cines de ese país.

Todos estos factores se han combinado para generar algo más que un aumento en la cantidad de peleas y combatientes que forman parte de este movimiento. Además, existe un número en auge de jovencitos similares a Bulldog, que desean ser lo que ellos ven en sus computadoras. Muchas cadenas generadas en redes sociales relativas a lesiones se transforman en debates con respecto al hecho si las personas que subieron las fotos a Internet de hecho fueron heridos en una pelea de verdad o simplemente, digamos, se cortaron la frente con una navaja para aparentar haber peleado en el bosque.

¿Es acaso Bulldog un verdadero ultra? ¿Ha golpeado a alguien? No lo sé con certeza. Sin embargo, mi mente sigue regresando a ese momento durante mi primer día compartiendo con él y le pregunté: "¿Cuál es tu meta?". Bulldog me respondió tres cosas.

"Mi meta es ser más fuerte", dijo. "Ser más grande. Más chévere".

Ser más chévere.

Kostya se burla de los nuevos hooligans que publican sus videos de lucha en la web. ¿Por qué pelea? "Por diversión", contesta. Logan Cascia

ESA ASPIRACIÓN es lo que, supongo, tiene a las autoridades rusas tan preocupadas con respecto a este nuevo movimiento de ultras, a pocos días de iniciarse el Mundial de Fútbol. Claro, los ultras rusos generalmente dicen que no quieren pelear contra hinchas normales. Afirman querer pelear con otros ultras (excepto, quizás, si son hinchas ingleses, caso en el cual ellos supondrán que también son ultras y por ello, querrán irse a los golpes). Los aficionados casuales al fútbol, aquellos que sólo quieran pasarla bien en el Mundial, no deberían preocuparse por grupos tales como los llamados "Chicos rudos", "La Legión" o "Los Guerreros Rojos y Blancos".

Excepto que, bueno, nada queda tan claro. Esto es Rusia y hablamos de las peleas clandestinas. Entonces, siempre hay un elemento impredecible. Y en el caso de este movimiento en particular, hay algo impredecible en los bordes, entre aquellos que están sentados encima de los muros, desesperados por entrar.

"¿Piensas que habrá problemas durante el Mundial?", le pregunto a Arnie mientras nos tomamos un café en un bar cercano a su gimnasio. Se encoge de hombros. "Diría que no", nos afirma. "Sin embargo, siempre hay algo que nadie ve venir. Que sólo puede ver Dios. ¿Qué será?".

Arnie piensa que se tratará de aquellos que van fuera del carril, los ultras sin afiliación, los grupos fragmentados que buscarán hacerse de un nombre. Cuando me dice esto, solo puedo pensar en aquel momento cuando Bulldog se ofreció a golpear a ese hombre en la calle.

Igor Lebedev, importante político ruso que también forma parte del comité ejecutivo de la federación de fútbol de su país, considera que los intentos por parte del gobierno a fin de reducir las peleas en los bosques podrían terminar siendo contraproducentes (e inútiles). Piensa que podría haber ciertos elementos positivos si el gobierno decide, por el contrario, legalizar estos combates, regularlos y organizarlos, para así convertirlos, esencialmente, en un deporte legítimo.

Lebedev amplía sus ideas durante una conversación sostenida una noche en su oficina cercana a la Plaza Roja de Moscú. Se muestra dolido cuando le expreso mi escepticismo. "Es difícil para mí poder imaginar", comienzo, tratando de escoger mis palabras con cuidado, "por qué usted piensa que sería buena idea".

Responde que las peleas, golpes, reyertas y desguaces son inevitables. Que son algo inmerso en la psique de la gente. Que es algo normal, especialmente en un país donde los inviernos son largos y oscuros. "Todos deberíamos entender", me dice, "que, simplemente, hay cosas en la vida de las cuales no podemos escapar".

Esa palabra ("escapar") me hace tomar una pausa. No golpeé a Artie hace 25 años y desde entonces, siempre me he preguntado cómo habría cambiado mi vida de haberlo hecho. Bulldog habla como si tuviera sangre regada en sus manos y como si siempre va a ser así. Vlad, Vova, Ruslan y Anton golpean a otros sujetos en sus sueños. Entonces, ¿quién de nosotros logró escapar?

Una noche en Moscú, conozco a un ultra llamado Kostya. Es una noche terriblemente fría, por ello hablamos en la oscura y frígida (aunque no al punto de la congelación) escalera del edificio de apartamentos donde vive su amigo. Kostya adora pelear y las cicatrices en sus manos tienen otras cicatrices. Habla sobre el espíritu guerrero que hace que los hombres se vayan a los golpes y se burla de los combatientes jóvenes de los bosques que gustan de subir sus peleas en video a Internet. Se ríe de ello.

Luego escucha, con paciencia y amabilidad, mientras le cuento que, luego de haber pasado todo este tiempo con hinchas ultras, conociendo y aprendiendo lo que hacen, cómo lo hacen y por qué, aún no llego a entender los motivos por los cuales, literalmente, se despedazan entre ellos.

Le pregunto: "¿Podrías explicar por qué peleas?".

"Por diversión", me responde, parcamente.

"Es divertido?"

Kostya se ríe. "Claro que sí".

Toco el piso con un dedo de mi pie y muevo mis zapatos. Estoy estancado, tratando de evitar ofender a este hincha ultra, tan amable, con mi patética confesión. Kostya deja que el silencio se apodere de nosotros. Finalmente, suelto la frase "Nunca he golpeado a nadie en mi vida" y miro al piso.

Se lo he dicho a otras personas, como es obvio. Por ello, me quedo esperando la risa, sarcasmo o chiste. Sucede que Kostya no es como Vlad, Vova, Anton o Ruslan. No considera mi anécdota como chistosa o como una especie de pecado mortal. Por el contrario, asiente con la cabeza y se pone a pensar en esta extraña realidad, imaginándose cómo algo así puede ser posible. Permanece en silencio por un momento, o dos. O tres.

Espera a que levante mi cabeza y me mira, con su rostro ligeramente inclinado. Flexiona sus hombros. Su mirada es constante y sus ojos se muestran más suaves que mis nudillos.

"Deberías intentarlo", me responde.

Sam BordenBorden es un escritor senior de ESPN. Anteriormente trabajó para The New York Times como corresponsal en el extranjero con sede en París.