LOS ÁNGELES -- Habrá más de 100 mil fieras vociferantes, voraces, enloquecidas, reclamando su pellejo desde la tribuna.
Y habrá 22 virtuosos trúhanes y tahúres en la cancha dispuestos a engañarlo, a chantajearlo, a pervertirlo y a inducirlo al error.
Será, como lo llaman compasivos y compadecidos, a él y a los de su género, un Nazareno. Aunque su oficio tiene un vulgar, casi peyorativo, y antes respetado nombre: árbitro de futbol.
Y deberá confiar, sin poder hacerlo plenamente, en sus auxiliares: Dimas y Gestas lo acompañarán en el Monte Calvario de su crucifixión en el Estadio Azteca al enfrentarse América y Pumas.
En realidad, Fernando Guerrero, de 34 años, capitalino, sabe claramente que este jueves por la noche, será el hombre más solo y más solitario del mundo.
Nadie meterá las manos por él. Aunque todo mundo intentará meterle mano a su trabajo. Tiene 90 minutos para salir vivo. O, al menos, para salir del estadio.
En medio del caos mediático que vive su oficio, gracias a errores monumentalmente sospechosos suyos y de sus colegas, este jueves por la noche, no las miradas, sino las miras telescópicas del mundillo futbolístico mexicano estarán sobre él.
Guerrero sabe que su plumaje estará sano, salvo y pulcro, hasta el silbatazo inicial. Después, inmediatamente después, irremediablemente después, cada decisión que tome será masticada ácidamente en la tribuna y vomitada en su humanidad y, seguramente, en su santa progenitora.
Pero, el problema, es que las gárgolas vivientes del graderío no son su principal enemigo. Al final, los insultos, los chiflidos y las mentadas de madre son cheques sin fondo en personajes de piel dura, blindada, curtida, cínica, como la de los árbitros.
El conflicto real le aguarda en la cancha. Sabe que la tribuna puede ser desleal, y hasta enceguecida, por esa pasión que obnubila como es el fanatismo.
Pero en la cancha le esperan las emboscadas. Las más desleales, sucias, traicioneras y abyectas emboscadas.
Los futbolistas, no todos, pero varios, saben usar la extorsión, especialmente en un marco magnífico como un Estadio Azteca, con Pumas y América como protagonistas, y en una fase de Semifinal.
Y esos mismos jugadores saben que cualquier dramatización, exageración, teatralización y farsa que monten en la cancha simulando una falta, una lesión, un golpe, una fractura, una muerte súbita, encontrará un estruendoso eco en las gargantas oscuras del anfiteatro del bimundialista escenario.
No olvidemos la faramalla, el acto deplorable de fanfarronería, de patraña, cuando el Pikolín Palacios ante el Veracruz ejecutó una danza del puma epiléptico, moribundo y soflamero, cuando como bufón bailarín se retorció cual gusano bañado en sal, para ganar minutos ante el Veracruz.
En minutos, el Pikolín fue asesinado sin haber sido tocado y por arte de magia milagrosa fue al más allá y volvió sano, salvo, fresco, rozagante y sonriente, sin más olor que a linimento y desvergüenza.
Seguramente este jueves, cada uno de los jugadores de América y Pumas saben que pueden sacar el Pikolín que todos llevan dentro.
Y lo más grave: los árbitros están desarmados. Su única arma, son unas diminutas, finitas y coloridamente estrambóticas tarjetas en rojo y amarillo.
Pero, a través de sus jefes, los silbantes tienen prohibido usar las tarjetas escarlatas. Decio de María, González Iñárritu y Edgardo Codesal han prohibido a sus mártires expulsar jugadores, según versión confirmada por el analista arbitral de ESPN, Felipe Ramos Rizo.
Sin embargo, es probable que esas tarjetas rojas, ante el bochorno vivido en Cuartos de Final, sean liberadas nuevamente. Pero, hasta este momento, estaban prohibidas, vetadas. Insisto: son árbitros castrados.
Es irónico, porque, con ese regusto amargo del sadomasoquismo, los compañeros de Fernando Guerrero quisieran esa oportunidad de estar en el festivamente tétrico aparador de un América contra Pumas, aún con todo el escenario estercolado.
En cifras, Fernando Guerrero suma en el Apertura 2015, un total de 72 amonestados y tres expulsados. Dirigió tres partidos del América, los tres de local, con derrotas ante Atlas y Chivas, y victoria sobre Veracruz. ¿Pumas? Uno dirigido: 2-1 sobre Querétaro.
Al final, lo único que resta a Guerrero y sus auxiliares, es voltear al Palco de Honor del Estadio Azteca, una sucursal hedonista del Salón Oval de Televisa, y recordar la frase de los condenados a muerte en los circos romanos: "Ave, Caesar, morituri te salutant (Ave, César, los que van a morir te saludan)".
Sí: Ave, Decio, los que van a morir te saludan.
