Los Medias Rojas de Boston obtuvieron en el zurdo Chris Sale a un abridor de élite, para complementar una rotación que incluye al ganador premio Cy Young del 2016, Rick Porcello, y a los también lanzadores del llamado brazo equivocado David Price y Eduardo Rodríguez.

Sale, de 27 años, es un serpentinero que en las últimas cinco temporadas ha sido candidato al galardón de mejor pitcher de la Liga Americana con los Medias Blancas de Chicago y aunque nunca lo ha ganado, ha acumulado 70 victorias y 1,133 ponches en ese lapso del 2012 al 2016.

Chris Sale
Carmen Pérez/Criollos de CaguasChris Sale es un serpentinero que en las últimas cinco temporadas ha sido candidato al galardón de mejor pitcher de la Liga Americana.
Con el cinco veces Todos Estrellas, los Medias Rojas consiguen a un tirador de punta, que esperan pueda rendir a igual altura tanto en la campaña regular, como en la postemporada, una etapa en la que usualmente falla el carísimo Price, con todo y su contrato de 217 millones.

Sin embargo, Sale nunca ha sentido la presión de lanzar en los playoffs y no se sabe cómo va a reaccionar, pues de esos casos se sobran los estelares que a la hora cero se le aflojan las piernas (Ojo, que no significa tampoco que este vaya a ser el caso, pero no deja de ser una posibilidad 50-50).

Pero Boston pagó demasiado por un hombre que no es garantía, 100 por ciento, de que el equipo ganará la Serie Mundial en los próximos tres años.

En el canje, el gran ganador fue Chicago, que en primer lugar salió de un hombre que desde el incidente con el hijo del primera base Adam LaRoche se había vuelto incómodo de tratar y que a todas luces no quería estar más en la Ciudad de los Vientos, lo cual habría sido casi imposible retenerlo con una extensión contractual.

Pero sobre todo, los Medias Blancas reconstruyeron su futuro con el cubano Yoan Moncada, de 21 años, y el lanzador derecho Michael Kopech, de 20, dos de los prospectos más cotizados en todo el béisbol.

Junto a Moncada y Kopech fueron incluidos en el paquete el jardinero venezolano Luis Alexander Basabe y el lanzador dominicano Víctor Díaz, ambos de Clase A, para reforzar el sistema de fincas de la organización.

Moncada tuvo una brevísima pasantía por las Mayores en el 2016, cuando los Medias Rojas lo convocaron en septiembre, pero aunque tuvo destellos en sus tres primeros partidos, evidenció no estar listo aún para el gran salto, al abanicar en 12 de sus 19 turnos.

Kopech es un lanzallamas con mucho trabajo por hacer también, sobre todo con su control, pues promedia en las Menores cinco pasaportes por cada nueve entradas, pero exhibe efectividad de 2.61 en 134 innings.

Ambos tienen talento por toneladas y no deberíamos esperar mucho tiempo para verlos establecerse al más alto nivel, como parte de la reestructuración que comenzó con la designación de Rick Rentería como nuevo mentor, en sustitución de Robin Ventura.

A diferencia de Sale, quien podría ser agente libre después de la próxima campaña, si el equipo no ejerce la opción por las temporadas del 2018 y 2019, la huella que Moncada y Kopech pueden dejar en Chicago podría ser profunda y sobre todo, duradera.

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Bud Selig
AP Photo/Stephen BrashearA Bud Selig el béisbol le debe el gran boom de los peloteros hispanos que se desató en la década de los 90.
De Bud Selig podrán decirse muchas cosas, pero es innegable la huella que dejó durante los 23 años que fue comisionado de las Grandes Ligas.

De los diez comisionados que han tenido las Grandes Ligas en su historia, Selig será el quinto que será inmortalizado en el Salón de la Fama de Cooperstown, gracias a su espíritu innovador que le cambió para siempre el rostro al béisbol.

En septiembre de 1992, Selig, entonces propietario de los Cerveceros de Milwaukee, asumió de manera interina el puesto de comisionado, que se oficializó en 1998.

Fue quien encabezó una revuelta de los dueños contra el entonces comisionado Fay Vincent, quien se vio obligado a renunciar.

En el 2000, se convirtió en el comisionado de mayor poder en la historia, al eliminarse los cargos de presidentes de las ligas Nacional y Americana.

Le tocó uno de los períodos más turbulentos, pero al mismo tiempo de mayor crecimiento en la historia del béisbol, con cambios estructurales claves que redundaron en una economía pujante como nunca antes vieron las Grandes Ligas.

Dos años después de su llegada tuvo que enfrentar la huelga de 1994, que obligó a cancelar la Serie Mundial por primera vez en nueve décadas y amenazó incluso la temporada de 1995.

Selig se vio atrapado en una red de crisis, que necesitaba ideas renovadoras para salvar al béisbol entonces, aunque muchos le critican haber aplicado la máxima de Nicolás Maquiavelo de que ''el fin justifica los medios''.

Entre sus primeras decisiones polémicas, sacó del destierro al dueño de los Yankees de Nueva York, George Steinbrenner, suspendido en 1990 por Vincent, al tiempo que castigó por un año a la entonces propietaria de los Rojos de Cincinnati, Marge Schott, por sus repetidos comentarios racistas, mientras se rehusó a perdonar a Pete Rose, una de las tareas que le quedaron pendientes y le generó muchas críticas.

Uno de sus primeros aciertos fue la ampliación de dos a tres divisiones por cada liga y la creación de los comodines o wildcards, que reanimó la competencia en las postrimerías del calendario regular, algo que se perdía muchas veces, cuando a principios de septiembre ya se sabía quiénes clasificarían a los playoffs.

Con los comodines llegaron también las series divisionales, que se sumaron a las series de campeonato de liga y la Serie Mundial para extender las emociones de la postemporada.

Aunque oficialmente esto se instauró en 1994, el paro laboral demoró hasta 1995 su entrada en vigor.

Pero los fanáticos aún no respondieron a los cambios como esperaba la oficina del comisionado, dolidos por la huelga que los dejó sin Serie Mundial.

Las heridas tardarían cuatro años en sanar, hasta que aparecieron como salvadores Mark McGwire y Sammy Sosa con su inolvidable carrera de los jonrones en 1998, que puso fin al récord de 61 bambinazos en una temporada que ostentaba Roger Maris desde 1961.

Y fue aquí donde salió a jugar Maquiavelo con su famosa frase, pues Selig se hizo el de la vista gorda y aprovechó el espectáculo que brindaban McGwire y Sosa, por encima de cualquier sospecha de uso de esteroides, entonces de cierto modo legales en el béisbol.

El consumo de sustancias para mejorar el rendimiento deportivo se extendió como hierba mala por todos los terrenos de béisbol y no fue hasta entrado el siglo XXI que el asunto explotó de manera escandalosa.

El Congreso Federal tomó cartas en el asunto en el 2005 y ordenó al senador George Mitchell una investigación independiente, cuyo reporte se dio a conocer en diciembre del 2007 y según el cual, más de 100 jugadores consumieron esteroides y hormonas de crecimiento humano (HGH) para mejorar su rendimiento.

Las Grandes Ligas entonces establecieron una política de sanciones, pero ridículas, con suspensiones que, más que castigos, parecían vacaciones, con afectaciones mínimas al bolsillo de los infractores.

No fue hasta el escándalo de Biogénesis, la clínica de Coral Gables, en el sur de la Florida, que se tomaron medidas más drásticas, incluida la suspensión por una campaña completa de Alex Rodríguez, jugador de los Yankees.

Para muchos, A-Rod fue el chivo expiatorio con el que Selig quiso sacudirse las críticas por su mano blanda ante un problema que estaba inflando a niveles de descrédito las estadísticas del béisbol.

Para otros, fue el verdadero inicio de la lucha contra el flagelo de las sustancias prohibidas, después de varios pálidos intentos anteriores.

Ya antes de irse, hizo un nuevo aporte con la creación de un segundo comodín a partir del 2012, la repartición de ganancias con las franquicias más pobres, para equilibrar las fuerzas y unas arcas desbordadas gracias a los multimillonarios contratos de televisión, que garantizan la buena salud del béisbol.

Nos dejó también las polémicas apelaciones al video para decidir jugadas cerradas y la controvertida regla 7.13, que evita colisiones entre corredores y catchers en el plato.

Su participación fue clave en la creación de los Clásicos Mundiales, eventos aún muy mejorables, pero que constituyen ya un gran paso en la internacionalización del béisbol como nunca antes.

Bajo su reinado, dos equipos cambiaron de liga por primera vez en la historia. Los Cerveceros se fueron de la Americana a la Nacional en 1998 y los Astros de Houston hicieron el viaje a la inversa en el 2013.

También nacieron cuatro nuevas franquicias, los Marlins de Florida y los Rockies de Colorado en 1993 y en 1998, los Diamondbacks de Arizona y los Mantarrayas de Tampa Bay, mientras que los Expos de Montreal se mudaron a la capital y se transformaronen los Nacionales de Washington.

Es un hombre que generó siempre opiniones encontradas, pues mientras unos lo veían como un salvador, un revolucionario del béisbol, otros lo miraban como una figura gris, fría y calculadora, que se aprovechó de las circunstancias para amasar un poder único que ya quisieran para sí los jefes de otras ligas profesionales en Estados Unidos, como la NBA o la NFL.

Pero lo que es innegable es que el béisbol fue otro con Bud Selig y que desde el juez Kennesaw Mountain Landis, primer comisionado de las Grandes Ligas tras el escándalo de las Medias Negras de Chicago en 1919, ninguno dejó una huella tan profunda como este que ahora tendrá un merecido espacio en el Templo de los Inmortales.

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Ni a los Gigantes de San Francisco, ni a los Yankees de Nueva York, ni a los Filis de Filadelfia.

Yoenis Céspedes se queda con los Mets de Nueva York por las próximos cuatro años, en los que ganará 110 millones de dólares.

El toletero cubano, de 31 años de edad, ganará un promedio de 27.5 millones por temporada, entre el 2017 y el 2020, en un acuerdo que es ganancia para ambas partes.

Yoenis Céspedes
AP Photo/Nick WassEntre agosto y septiembre del pasado año, Céspedes bateó 17 jonrones y tuvo un OPS de .942. Este año, su OPS fue de .884, con 31 vuelacercas.
Céspedes quería quedarse en el equipo y los Mets lo necesitan como su principal motor ofensivo, aunque sin llegar a pagar los 130 millones por cinco campañas que buscaba el pelotero.

De todos modos, sus 27.5 millones por temporada lo convertirán en el segundo jugador de posición mejor pagado por año en todo el béisbol, solamente superado por el venezolano Miguel Cabrera, con un salario de 31 millones por campaña.

Asimismo, es el primer pelotero cubano con un contrato superior a los 100 millones de dólares, superando por más de 30 el fallido pacto que los Medias Rojas de Boston le dieron a Rusney Castillo por 72.5 millones.

Desde que llegó a Nueva York procedente de Tigres de Detroit para los dos meses finales de la campaña del 2015, el cubano no ha hecho más que aplastar a los lanzadores rivales.

Entre agosto y septiembre del pasado año bateó 17 jonrones y tuvo un OPS (la suma del promedio de embasamiento y el slugging) de .942. Este año, su OPS fue de .884, con 31 vuelacercas.

En 189 juegos con el uniforme ''del otro equipo de Nueva York'', ha disparado 48 bambinazos e impulsado 130 carreras, con average de .282.

En otras palabras: Céspedes ha hecho para los Mets la diferencia entre el éxito y el fracaso, incluso cuando en la postemporada del 2015, aquejado por lesiones, su producción ofensiva decayó.

La esperanza de que este arreglo continúe a un ritmo razonable durante cuatro años más hace que sea más fácil para los Mets tragar los inconvenientes que son parte de vivir con Céspedes.

Estos incluyen sus lapsos defensivos ocasionales y las molestias y dolores que lo han limitado a menos de 140 juegos en tres de sus cinco temporadas de las Grandes Ligas.

Por supuesto, su estatus como una superestrella fácilmente comercializable es otro bono que hace que valgan la pena las molestias ocasionales.

Sus largos cuadrangulares y disparos certeros desde las profundidades de los jardines le dan un viso de espectacularidad a su imagen, lo cual es perfecto para Nueva York, el mayor mercado de medios de comunicación del béisbol.

Céspedes, a pesar de su personalidad a veces complicada, enamora por igual a los amantes de las estadísticas tradicionales, como de los modernos sabermétricos.

Su promedio de batazos potentes ha ido subiendo con el paso del tiempo: en el 2012, su año de debut, fue de 33.0%. Luego cayó a 31.6% y 31.1% en el 2013 y 2014, respectivamente, para subir a 35.8% en el 2015 y elevarse aún más en el 2016 hasta 39.3%.

Este año, por primera vez en su carrera, recibió más bases por bolas que el bateador promedio y redujo a 2.11 su proporción de entre ponches y pasaportes, al abanicar 108 veces y ligar 51 boletos.

Antes del 2016, esa proporción era de 3.43 abanicados por cada base por bolas.

La única preocupación ahora es que la salud lo acompañe y le permita participar en un rango de 140-150 juegos por año.

Mientras tanto, ya comenzamos a esperar el inicio de los entrenamientos primaverales, para ver en qué se aparece montado Céspedes, ahora que tiene mucho más dinero.

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Las negociaciones de un nuevo convenio laboral colectivo entre el sindicato de peloteros y los dueños de equipos han sido más duras de lo que se esperaba, después de tantos años de paz.

Pero cuando las cosas amenazaban con empeorar, el sentido común se abrió paso y trajo un rayo de luz al final del túnel: los propietarios habrían renunciado a su exigencia de establecer un draft internacional como condición para el nuevo acuerdo y aunque las partes todavía tienen otros puntos de desencuentro, este era la piedra en el zapato de los negociadores de ambos lados, el principal obstáculo para un nuevo acuerdo.

Los dueños llegaron a amenazar con un cierre patronal, que habría propinado un golpe durísimo a los fanáticos, que verían a los dueños como monstruos avariciosos, insaciables a pesar de que la industria goza de una salud financiera envidiable, capaz de generar diez mil millones de dólares en el 2016.

Los equipos buscaban limitar los gastos en bonos por contrataciones de agentes libres internacionales, para ampliar sus de por sí enormes ganancias, en un alarde de tacañería escandalosa.

República Dominicana y Venezuela, principales emisores de peloteros extranjeros a la Gran Carpa, se opusieron desde el primer momento a la idea del draft internacional, por cuanto se limitarían extraordinariamente las oportunidades para sus jugadores.

Entre 500 y 600 peloteros son firmados anualmente tan sólo en Quisqueya, cifra que bajaría si acaso a un par de centenares, mientras que la cantidad de venezolanos que serían escogidos sería inferior aun.

Los temores sobre las consecuencias negativas de ese proyecto en el futuro tienen su base en la inclusión de los peloteros puertorriqueños en el draft amateur en 1990.

Poco a poco se fue secando la copiosa fuente de jugadores boricuas, con su consecuencia también en la liga doméstica, aunque el proceso parece haber comenzado a revertirse en los últimos dos años.

Aparte, no había claridad sobre qué y cuántos países serían incluidos en la selección internacional.

Específicamente, hay dos naciones entre los principales emisores de jugadores a MLB que lo hacen de manera muy particular: Cuba y Japón.

¿Entrarían los nipones en este draft, poniendo fin al injusto sistema de posteo? ¿Serían los peloteros de ese país finalmente libres de venir a jugar a Estados Unidos sin tener que servir esa suerte de esclavitud por ocho temporadas allá?

¿Y Cuba? El proceso que debía generar el esperado acuerdo con las Mayores se ha enfriado, al mismo tiempo que las relaciones políticas entre Washington y La Habana.

Difícilmente la mayor de Las Antillas habría estado incluida de momento en ese draft, por lo que seguiría -- de hecho, seguirá -- el flujo de peloteros mediante el tráfico humano que operan inescrupulosos personajes, que ponen en riesgo la seguridad y la vida de los aspirantes a profesionales.

El próximo jueves 1 de diciembre expira en el actual convenio laboral colectivo en el béisbol, vigente desde el 2011.

Los dueños hicieron un último intento por presionar en extremo y dijeron que no participarían en las Reuniones de Invierno, que se llevarán a cabo entre el 4 y el 8 de diciembre en el Gaylord National Resort & Convention Center de Maryland, a menos que hubiese progresos concretos en las negociaciones.

Pero, ¿qué son "progresos concretos"? ¿Acaso que el sindicato se pliegue a las exigencias de los propietarios?

En las negociaciones se gana y se pierde. Si las partes no consiguen ponerse de acuerdo, el pretendido draft internacional debe posponerse hasta que se diseñe de manera más justa para todos, si es que alguna vez llega a tomar cuerpo.

Pero la amenaza de cierre patronal sólo dañaría al béisbol como industria, como deporte, como pasatiempo nacional, quizás, de una peor manera que la huelga que llevó a suspender la Serie Mundial de 1994.
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La noticia que parecía que nunca llegaríamos a escribir finalmente sucedió.

Murió Fidel Castro. El hombre que gobernó con mano durísima a los cubanos por más de medio siglo falleció en La Habana a los 90 años de edad.

Castro fue una presencia omnipotente en la vida de varias generaciones de sus compatriotas y su poder de injerencia alcanzó todos los sectores de la sociedad cubana.

Fidel Castro
AP Photo/FileEl deporte fue quizás uno de los campos en los que Fidel Castro dejó una huella más profunda, marcada por contradicciones, logros y fracasos.
Todo pasaba por él, desde las decisiones más trascendentales de Estado, hasta las más insignificantes, como los precios de los cigarrillos en el mercado interno.

El deporte fue quizás uno de los campos en los que el gobernante dejó una huella más profunda, marcada por contradicciones, logros y fracasos.

Bajo su prolongado mandato, el deporte cubano se elevó a niveles superlativos, convirtiéndose en una potencia a nivel mundial.

Antes del triunfo de la revolución de 1959, los éxitos del deporte cubano se circunscribían principalmente al béisbol y al boxeo, con algunos logros esporádicos individuales, como los de José Raúl Capablanca en el ajedrez o Ramón Fonst en la esgrima.

En los últimos 56 años, Cuba ha tenido campeones olímpicos o mundiales en voleibol, béisbol, lucha libre y grecorromana, esgrima, levantamiento de pesas, atletismo, taekwondo, judo, tiro, boxeo y canotaje.

Pocas naciones del planeta pueden vanagloriarse de tantos logros en disciplinas tan diversas. Castro aprovechó las millonarias subvenciones que recibió por décadas de la Unión Soviética y creó un entramado de escuelas deportivas en toda la isla que captó a cuanto muchacho con talento había, para formarlo hasta convertirlo en campeón.

Ahí están las cifras y las medallas para demostrar que desde 1959, el deporte cubano recibió un empujón único, cuyo impulso ya ha perdido por diferentes razones y posiblemente nunca más volverá a tener.

Son hechos que no pueden negarse, aunque sea cuestionable el costo económico y sobre todo, humano, en que se incurrió por usar los triunfos del llamado "deporte revolucionario" como una bandera de propaganda política del régimen.

Castro eliminó el profesionalismo del deporte y cerró de golpe el flujo de peloteros a las Grandes Ligas en un momento en que Cuba era por mucho la principal fuente de jugadores extranjeros en la Gran Carpa.

El mejor béisbol del mundo se perdió a la generación más brillante de peloteros que ha dado la isla, como Omar Linares, Luis Giraldo Casanova o Antonio Pacheco, por sólo citar tres de cientos de nombres que podían haber deslumbrado a las Grandes Ligas.

Al abolir el deporte rentado, el gobernante proclamó "el triunfo de la pelota libre sobre la pelota esclava". En realidad, Castro esclavizó no sólo a los peloteros, sino a todos los deportistas de cualquier disciplina, quienes eran obligados a dedicar sus triunfos al "invicto Comandante".

Atletas que pudieron brillar como profesionales y haber asegurado una existencia sin carencias económicas eran obligados a subsistir con míseros estipendios y algunos de ellos, los más privilegiados, eran premiados con pequeños departamentos o pequeños autos Lada de fabricación soviética.

Algunos de los más fieles exponentes del deporte cubano en el último medio siglo, como el tricampeón olímpico de peso pesado en boxeo, Teófilo Stevenson, o la bicampeona mundial de 800 metros planos Ana Fidelia Quirot, fueron manipulados a su antojo por el gobernante.

Por razones políticas, Castro les negó a Stevenson y Quirot el sueño de coronas olímpicas, al sumarse al boicot soviético a los Juegos de Los Angeles 1984.

Cuatro años más tarde, el propio gobernante trató de probar su liderazgo a nivel internacional y convocó a un boicot a la edición de Seúl 1988, que sólo fue secundado por Nicaragua y Norcorea.

Stevenson habría ganado un cuarto título en 1984, tras sus triunfos en Munich 1972, Montreal 1976 y Moscú 1980, mientras que Ana Fidelia no tenía rival en el mundo en 1988, ni en 800, ni en 400 metros planos.

Pero un caprichoso Castro los dejó a ambos en casa, mientras el mundo celebraba la fiesta olímpica por todo lo alto.

Stevenson y Quirot son dos de los ejemplos más notables, pero junto a ellos, el gobernante les cortó de golpe los sueños a una generación de deportistas, sin importarle los años de esfuerzos y entrenamientos, muchas veces en condiciones bien distantes de las ideales.

Y ¡ay! de aquellos que osaran escapar en busca de decidir su destino por sí mismos. Sobre ellos caía el repudio del gobierno, que los trataba como traidores a la Patria, como desertores, como si se tratara de un ejército.

Pero la fuga de deportistas se hizo cada vez más frecuentes y la prensa oficialista dejó de reseñar en sus páginas las constantes escapadas. Los esclavos comenzaron a abrir los ojos y a romper el cerco para decidir por sí mismos su vida.

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La sabermetría le ganó la batalla a las estadísticas tradicionales en la elección del Jugador Más Valioso de la Liga Americana.

El premio recayó en el jardinero de Angelinos de Los Ángeles Mike Trout, quien venció en la votación al guardabosque de los Medias Rojas de Boston Mookie Betts y al segunda base venezolano José Altuve, de los Astros de Houston.

Betts superó a Trout en hits (214 a 173), dobletes (42 a 32), jonrones (31 a 29), carreras impulsadas (113 a 100) y average (.318 a .315).

El de los Angelinos anotó una carrera más (123 a 122), robó 30 bases, por 26 el de los Medias Rojas, recibió más bases por bolas (116 a 49), pero se ponchó 57 veces más (137 a 80).

Ambos quedaron empatados en triples, con cinco y Trout tuvo las cifras más altas en el inexacto WAR (10.6), algo inexplicable al sentido común, si Betts (9.6) lo superó en los principales indicadores.

Mike Trout
AP Photo/Kelvin KuoMike Trout fue superado pr Mookie Betts en hits (214 a 173), dobletes (42 a 32), jonrones (31 a 29), carreras impulsadas (113 a 100) y average (.318 a .315) en la temporada 2016.
Defensivamente, el de Boston fue también superior e incluso se llevó el Guante de Oro.

Por si fuera poco, el aporte de Betts fue fundamental para que los Medias Rojas regresaran a la postemporada, tras dos campañas previas en las que el equipo terminó último en la división Este de la Liga Americana, algo que los Angelinos no consiguen desde el 2014.

Para Trout fue su segundo galardón en cinco años, con tres segundos lugares, uniéndose a Johnny Bench, Mickey Mantle, Stan Musial y Jimmie Foxx como los únicos ganadores del premio en par de ocasiones antes de cumplir 25 años.

Lo de Kris Bryant en la Liga Nacional se veía venir.

Novato del Año en el 2015, el antesalista de los Cachorros de Chicago se burló de la maldición de la segunda temporada, en que incrementó sus números.

En el 2014 había sido elegido el mejor jugador de las Ligas Menores y en el 2013 el más sobresaliente del béisbol colegial.

Bryant disparó 39 cuadrangulares y remolcó 102 carreras, anotó 121, cifra máxima en el viejo circuito. Además, acumuló 35 biangulares y tres triples.

Daniel Murphy, de los Nacionales de Washington, terminó segundo en la votación, mientras que Corey Seager, de Dodgers de Los Ángeles, designado Novato del Año unánimemente cuatro días atrás, finalizó tercero.

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Max Scherzer y Rick Porcello
Getty ImagesPorcello y Scherzer dejaron en el camino a Verlander y Kluber, y Lester y Hendricks, respectivamente.
Éste fue uno de esos años en que cualquiera de los finalistas al premio Cy Young lo merecía por igual.

Pero sólo dos podían ganarlo y estos recayeron en Max Scherzer, en la Liga Nacional, y Rick Porcello, en la Americana.

Scherzer, de los Washington Nationals, lideró el viejo circuito en victorias (20), innings lanzados (228.1), ponches (284) y WHIP (0.96).

Además, tuvo una excelente efectividad de 2.96, la octava mejor de la Nacional y su WAR, para los amantes de la sabermetría, fue la más alta del circuito, con 6.2.

De esta manera, se convirtió en el sexto lanzador de la historia en llevarse el galardón en ambas ligas, uniéndose al exclusivo club que integraban hasta ahora Gaylord Perry, el dominicano Pedro Martinez, Randy Johnson, Roger Clemens y Roy Halladay.

¿No lo merecían igualmente Kyle Hendricks y Jon Lester, ambos de los campeones Chicago Cubs?

Sin dudas. Hendricks tuvo la mejor efectividad de todas las Grandes Ligas (2.13) en 190 episodios de actuación, en los que abanicó a 170 bateadores. Ganó 18 juegos y se estableció, en su tercera temporada en las Mayores, como una suerte de Greg Maddux moderno, basando su pitcheo en el control exquisito, por encima de la velocidad.

Y Lester, veterano zurdo de mil campañas, ganó 17 partidos, con sólo cinco derrotas, lo que le dio el mejor promedio de ganados y perdidos de todo el béisbol (.792).

Lester ponchó a 197 rivales en 202 episodios y su efectividad de 2.44 fue la segunda mejor del año, sólo superado por su compañero Hendricks.

Lo mismo ocurrió en la Liga Americana, en la que Porcello, de los Boston Red Sox, aventajó en la votación a su ex compañero de los Detroit Tigers Justin Verlander y a Corey Kluber, de los Cleveland Indians.

Porcello fue el máximo ganador de las Grandes Ligas, con 22 victorias, aunque su efectividad de 3.15 es la más alta para un Cy Young desde que en el 2007 se llevara el premio el zurdo C.C. Sabathia (3.21).

El derecho fue una gratísima sorpresa para Boston, que confiaba más en el zurdo David Price como cabeza de la rotación.

Es el primer pitcher de los Medias Rojas premiado desde el 2000, cuando Pedro se llevó los honores.

Y ganó en la votación más cerrada desde 1970, al aventajar a Verlander por solamente cinco puntos.

De hecho, el diestro de Detroit obtuvo más votos de primer lugar (14) que Porcello (8), pero el de Boston logró más de segundo lugar (18), por dos para Verlander, quien lideró la Americana en abanicados, con 254.

Tanto Verlander, como Kluber, también merecían el premio, sobre todo porque relanzaron sus respectivas carreras, tras decepcionantes campañas en el 2015.

De esta forma, sólo queda pendiente el anuncio, mañana, de los Jugadores Más Valiosos de ambos circuitos, premios que prometen despertar polémica entre sabermétricos y tradicionalistas.

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Por segunda vez en cuatro temporadas desde que llegó a los Indios de Cleveland, Terry Francona fue elegido Manager del Año en la Liga Americana.

Merecidísimo premio para Francona, no sólo porque llevó a la tribu hasta la Serie Mundial, sino por la manera en que lo hizo.

Dirigir es un arte y el de los Indios es uno de sus mejores exponentes.

Terry Francona
Nick Cammett/Diamond Images/Getty ImagesTerry Francona, de Indios, fue el Manager del Año de la Liga Americana al llevarse la mayoría de los votos.

Cuando un equipo tiene todas sus piezas, manejar la nave se hace más fácil.

Pero cuando figuras claves causan baja debido a lesiones, es entonces que el director tiene que convertirse en un verdadero mago, para hacer que el barco siga navegando.

Ese fue Francona, quien perdió a Michael Brantley por toda la campaña apenas 11 juegos después de iniciarse la contienda regular.

Luego, cuando el equipo entraba en la recta final de la campaña, rumbo a la postemporada, sufrió las pérdidas del dominicano Danny Salazar y el venezolano Carlos Carrasco, dos ganadores de 11 juegos cada uno, que se perfilaban como imprescindibles para encarar los playoffs.

A eso súmenle las suspensiones por dopaje del dominicano Abraham Almonte y de Marlon Byrd, además de la baja por lesión de su cátcher titular, el brasileño Yan Gomes.

Pero el manager de Cleveland supo agrupar a jóvenes y veteranos, motivarlos y aunarlos en pos del triunfo, aunque se vio obligado a modificar su rotación en la postemporada, algo que podría haberle costado la Serie Mundial ante los Cachorros de Chicago por cansancio de sus lanzadores.

Dave Roberts
AP Photo/Jae C. HongDave Roberts se llevó la mayor cantidad de votos para ser nominado Manager del Año de la Liga Nacional.

Francona aventajó a Jeff Banister, de los Rangers de Texas, y a Buck Showalter, de los Orioles de Baltimore, segundo y tercero, respectivamente, en la votación.

La sorpresa fue la elección de Dave Roberts como Manager del Año en la Liga Nacional.

De hecho, fue una sorpresa para muchos su nominación entre los tres finalistas, junto a Joe Maddon, de los Cachorros, y Dusty Baker, de los Nacionales de Washington, quienes quedaron en los lugares dos y tres, respectivamente.

En su primera temporada como dirigente, Roberts dio mil ejemplos de cómo NO se dirige un equipo de béisbol cometiendo errores garrafales desde la confección de las alineaciones, hasta la toma de decisiones en momentos cruciales del partido.

Errores que se multiplicaron exponencialmente cuando aumentó la presión de la postemporada, aunque los votos de los miembros de la Asociación de Escritores de Béisbol de América sólo abarcan la campaña regular.

Quizás algún día llegue a ser un buen manager, pero ahora mismo no lo es.

Este premio puede hacerle creer el espejismo de que sí lo es, para mal de la novena angelina.

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Corey Seager ganó unánimemente el premio de Novato del Año de la Liga Nacional, tal como se pronosticó.

Seager bateo .308 de average en 157 partidos, en los que disparó 193 imparables en 627 turnos, con 40 dobletes, cinco triples y 26 jonrones.

Corey Seager
AP Photo/Lenny IgnelziCorey Seager, de los Dodgers, estará fuera de una a dos semanas al sufrir un leve tirón en su rodilla izquierda.
El campocorto de Dodgers de Los Ángeles anotó 105 carreras y remolcó 72, tuvo un promedio de embasamiento de .365 y un slugging de .512.

Quizás si Trea Turner, de los Nacionales de Washington, hubiera jugado la temporada completa, le habría puesto la cosa más difícil al ganador.

Turner participó en 73 encuentros y en 307 veces al bate conectó 105 imparables, para average de .342, con 14 biangulares, ocho triples y 13 bambinazos, 40 impulsadas y 57 anotadas, OBP de .370 y slugging de .567.

Tal vez si Trevor Story, de los Rockies de Colorado, o el cubano Aledmys Díaz, de los Cardenales de San Luis, no se hubieran lesionado, también habrían puesto más dura la competencia.

Pero los quizás y los tal vez no se cuentan y el muchacho de los Dodgers sobrepasó las expectativas que despertó en el 2015, cuando tuvo una breve pasantía de 27 juegos en las Mayores, con cifras extraordinarias.

Michael Fulmer
AP Photo/Kathy WillensMichael Fulmer es el tercer lanzador de los Tigres que gana la distinción de Novato del Año.
La poca cantidad de juegos fue lo que llevó a los votantes de la Asociación de Escritores de Béisbol de América, la BBWAA, a negarle el premio de la Liga Americana al dominicano Gary Sánchez, de los Yankees de Nueva York, a pesar de las cifras históricas que dejó con el madero.

El galardón recayó en el lanzador derecho Michael Fulmer, de los Tigres de Detroit.

Fulmer ganó 11 juegos y perdió siete, con efectividad de 3.06 en 26 aperturas. En total trabajó 159 innings, con 136 hits permitidos, 132 ponches y 42 bases por bolas.

El serpentinero de 23 años llegó a eslabonar una cadena de 33 episodios sin carreras durante ocho aperturas entre mayo y junio.

De todos modos, su elección deja un sabor de polémica, pues sus 11 victorias son la tercera cifra más baja para un abridor que gana el Novato del Año.

Sólo Dave Righetti en 1981, con ocho triunfos, y Jacob deGrom, con nueve, en el 2014, consiguieron menos victorias como abridores y fueron premiados.

Muchos pensaban que con cifras no tan contundentes, el galardón lo merecía Sánchez, a pesar de haber tomado parte en apenas 53 encuentros.

Pero en ese lapso brevísimo botó 20 pelotas de jonrón y remolcó 42 carreras, con average de .299.

Pero más allá de las cifras frías, el impacto que tuvo el quisqueyano fue inconmesurable, pues llegó a los Yankees en medio del desmantelamiento del equipo y lo mantuvo en la pelea por la clasificación a la postemporada hasta los finales de la contienda regular.

En un abrir y cerrar de ojos, Sánchez se convirtió en la cara de la franquicia más emblemática de todo el béisbol, aunque la mayoría de los votantes de la BBWAA no hayan querido ver más allá de las estadísticas.

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Fue bonito mientras duró. El equipo joven, sin mucho apoyo de su afición, luchó contra muchas adversidades y puso a soñar a sus pocos, pero fieles fanáticos.

Pero los Marlins de Miami hoy parecen estar desinflándose como la famosa burbuja inmobiliaria que hace unos años hizo desplomarse los precios de las viviendas y dejó a millones de propietarios en la calle por no poder pagar sus hipotecas.

Los Marlins sobrevivieron al prolongadísimo slump de su toletero Giancarlo Stanton y a la suspensión por media temporada de su segundo bate y primer bate titular, Dee Gordon.

El manager Don Mattingly, llegado a Miami tras fracasar con los poderosos Dodgers, logró crear una muy buena química entre los jovencitos y algunos veteranos como el japonés Ichiro Suzuki y el venezolano Martin Prado.

Hasta que llegaron las lesiones a granel que amenazan con descarrilar definitivamente a un equipo que llevaba muy buen paso hacia la postemporada, sin importar la presencia de los New York Mets, campeones vigentes de la Liga Nacional, en la división Este.

Primero fue Justin Bour, el primera base que sin haberse establecido totalmente como un estelar en las Mayores, sí era un bate de respeto en la parte gruesa de la alineación.

Don Mattingly
AP Photo/Morry GashDon Mattingly logró crear una muy buena química entre los jovencitos y algunos veteranos, pero los Marlins han venido a menos en las últimas fechas y se escapa la oportunidad de llegar a playoffs.
Luego vino el zurdo Wei-Yin Chen, firmado como agente libre en el invierno y designado inexplicablemente como abridor del Juego Inaugural de la campaña.

Pero lo que había ocurrido primero a cuentagotas se convirtió en un torrente, cuando en una misma semana fueron a dar a la lista de lesionados Stanton, el abridor zurdo Adam Conley y el cerrador A.J. Ramos.

Demasiado para un solo corazón. Stanton ya había salido de su mala racha, cuando queda fuera por el resto de la temporada, algo que se ha vuelto ya habitual en su carrera.

También Chen se fue del aire hasta el 2017 y parece que lo mismo pasará con Bour, quien no ve acción desde el 2 de julio.

El joven bullpen, conformado entre otros por Kyle Barraclough, Dustin McGowan y Nick Wittgren, ha sido uno de los renglones que ha mantenido a flote al equipo, pero que a esta altura ya comienza a resentirse de un trabajo excesivo.

Encima de eso, los supuestos refuerzos adquiridos antes del 1 de agosto para ayudar al empujón final no han sido tales.

El relevista dominicano Fernando Rodney, que llegó de los Padres de San Diego con una efectividad de 0.31, ha trabajado para 5.06 con el uniforme de los peces.

El abridor Andrew Cashner ha sido un desastre desde que se afeitó la barba y tiene marca de 0-2 y promedio de limpias de 5.48 con Miami.

Y Colin Rea, adquirido también de los Padres, fue devuelto como mercancía dañada después de una apertura.

La desesperación por evitar una caída libre es tal que llevó a la gerencia a pensar en la contratación de Alex Rodríguez, un veterano acabado que fue desechado por los Yankees de Nueva York.

Además, se menciona el nombre del dominicano Carlos Gómez, dejado en libertad por los Astros de Houston luego de una decepcionante temporada en la que promedió por debajo de su peso corporal de 220 libras.

Para colmo, en el sistema de Ligas Menores no hay una figura como en su momento fueron Dontrelle Willis, Miguel Cabrera o el propio José Fernández, que puedan erigirse en salvadores.

Por cierto que Fernández sufrió esta semana ante los Rojos de Cincinnati su tercera derrota consecutiva, algo que nunca había sucedido en su breve carrera.

Los tres fracasos de los Marlins en cuatro partidos en Cincinnati parecen haber sido el pinchazo que desinfló la burbuja de ilusiones en la Capital del Sol, aunque sus fanáticos más acérrimos se resistan a aceptar la realidad.
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Beisbol, MLB, Miami Marlins

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Hal Steinbrenner me recuerda a Michael Corleone, el hijo tranquilo de Don Vito, que tras la muerte del padre y con todo el poder en la mano, se tornó cruel y despiadado.

Demoró cinco años desde la muerte del viejo George Steinbrenner para que le salieran los instintos del Boss, pero como dice el refrán, la cabra siempre tira pa'l monte.

Primero fue la movida al contratar al lanzallamas cubano Aroldis Chapman, cuando los Dodgers de Los Angeles se pasaron de puritanos y echaron para atrás un pacto para adquirirlo de los Rojos de Cincinnati.

Los Yankees desafiaron los convencionalismos que imponen estos tiempos de ser "políticamente correctos" y se hicieron de los servicios del pitcher más intimidante de todo el béisbol, en momentos en que el cerrador estaba desvalorizado moralmente por un caso de violencia doméstica.

Si a mitad de temporada el equipo estaba en rumbo a los playoffs, Chapman sería la pieza clave del noveno inning.

Si no, el cubano sería -- como resultó ser -- una valiosísima moneda de cambio, de cara a la reconstrucción de un equipo demasiado envejecido.

Pero donde Steinbrenner sacó a relucir su ADN fue en el modo en que puso fin a la relación del equipo con Alex Rodríguez como jugador.

Fue algo fríamente calculado, que quizás no lo hizo un año antes porque A-Rod regresó en el 2015 con el bate demasiado caliente tras cumplir una suspensión por todo el 2014 por uso de sustancias prohibidas.

Cuando el jugador dejó de rendir sobre el terreno Hal Corleone o Michael Steinbrenner, ya no sé ni lo que digo, le pasó la factura por la tormenta de demandas que Alex desató cuando se avecinaba el castigo por el escándalo de la clínica Biogénesis de Miami.

Sencillamente lo humilló y lo botó como un traste viejo, más allá de su obligación de pagarle los más de 20 millones que le debe del contrato.

Y justo cuando el pelotero estaba a cuatro cuadrangulares de incluirse en el exclusivísimo club de los 700 jonrones, donde sólo están Barry Bonds, Hank Aaron y Babe Ruth.

Reconozco que nunca he simpatizado mucho con A-Rod, independientemente de su innegable talento que lo hacen uno de los mejores peloteros que hayan pasado por las Grandes Ligas.

Su personalidad egocéntrica, de diva, de querer ser siempre el foco de todas las atenciones, fue lo que lo llevó a tomar decisiones equivocadas en su vida que terminaron hundiendo en el lodo una carrera brillante.

Viendo las imágenes de su último juego en Yankee Stadium sentí pena por él, pues hasta la Madre Naturaleza conspiró en su contra, al soltar un chaparrón que acortó la ceremonia de despedida.

Si los Yankees lo botaron (no adornen las cosas con térinos como retiro, dejado en libertad o cosas así), ¿no fue un acto de hipocresía prepararle ese adiós?

Si el manager Joe Girardi le negó demasiados turnos al bate en la última semana cuando el equipo está ya eliminado de toda aspiración, ¿por qué romper en llanto en la rueda de prensa después del juego?

La última imagen que quedó fue la de un Alex aplastado por El Lado Oscuro De La Fuerza. Y la gente tiende a sensibilizarse con los débiles.

Pero al final también quedó la impresión de que a la novela de Alex Rodríguez todavía le queda un capítulo más.

Y ese episodio podría grabarse en Miami. Cada vez son más insistentes los rumores de que los Marlins estarían dispuestos a contratarlo por muy poco dinero para ver si puede defender la primera base en las semanas que le quedan a la campaña.

Los programas de la emisora local de ESPNDeportesRadio están encendidos con el tema, que tiene a la población más dividida que el debate entre Hillary Clinton y Donald Trump.

Los Marlins tienen ahora mismo un hueco en la primera base, con la lesión de Justin Bour que no acaba de sanar.

Y no es que Alex garantice de inmediato llenar ese hueco, ni mucho menos, pero como movida publicitaria, nadie puede negar que llevaría unos cuantos fanáticos de más al Marlins Park.

Por cierto, gente en el estadio es algo que el equipo necesita y del dueño Jeffrey Loria se puede esperar cualquier cosa.

Así que como diría el inmortal narrador Buck Canel, "no se vaya nadie, señores, que esto se pone bueno".

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