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Grosso

Fabio Grosso (28 de noviembre de 1977, Roma, Italia) es el héroe más insospechado de toda la historia de los campeonatos mundiales de fútbol. Al actual entrenador del equipo filial de la Juventus le apodaban 'El fenicottero' (el flamenco) desde que pegó el estirón en su adolescencia en las inferiores del Renato Curi Angolana. Ello, por sus piernas largas como autovías y el garbo para moverse.

Disputó la Copa del Mundo de Alemania 2006 como jugador del modesto Palermo, y ningún italiano podía suponer -ni en el más ambicioso de sus sueños-, que Grosso convirtiera un golazo en la semifinal frente a Alemania, el anfitrión, para meter a la azzurra en el partido decisivo. Y otro, el más determinante, para que Italia se coronara tetracampeón del mundo. Grosso, fue, es y será siempre, un groso para todos sus compatriotas.

Tocar, besar y abrazar la gloria, todo en apenas cinco días. El 4 de julio, en el minuto 29 del alargue, Fabio Grosso recibió un pase maravilloso de Andrea Pirlo entre líneas y sacó un zurdazo fuerte y colocado que venció la estirada desesperada de Lehmann sobre su palo derecho. La pelota describe en ese remate una trayectoria divina. Con un efecto de máxima precisión, que se vuelve distinguido cuando se aprecia en cámara lenta. Disparo que gana carácter épico cuando su destino arruga los rostros ya sea por felicidad o amargura.

'El flamenco' y su eterno garbo. Grosso salió disparado hacia el Olimpo con escala en el Edén, moviendo la cabeza casi como Marco Tardelli en la final de España 1982 (¡¡también contra Alemania!!), fuera de sí, de manera justificada. "¡¡Mamma mia!!". Su golazo infló la red del marco alemán y desechó cualquier reacción del equipo local. El rostro de Jurgen Klinsmann, el seleccionador entonces de la mannschaft, hablaba por sí solo.

Otro contragolpe menos de dos minutos después, finiquitado por Alessandro Del Piero tras una maniobra descomunal de Alberto Gilardino, aplicó el último pisotón sobre la alfombra del orgullo alemán.

El 9 de julio, 'El fenicottero' cerró su particular círculo virtuoso. Se sintió tan poderoso y tan fuerte, que pidió lanzar el último penal de la serie que iba a decidir el dueño de la Copa frente a Francia.

Frente a Fabien Barthez, Grosso agigantó su figura, tomó aire, hinchó el pecho y clavó otro zurdazo para la historia, esta vez en el ángulo superior derecho del calvo arquero francés, para darle la cuarta copa del mundo a su selección. A su país. Remate furioso en el que asumió más riesgos de los que quizá había asumido antes en toda su carrera.

Italia era otra vez un puño apretado al viento. ¿Título merecido? Las finales se ganan, no se merecen.