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La carrera de Lomachenko cambiaría con un triunfo ante Rigondeaux

El hotel estaba lleno de hombres de aspecto duro con chaquetas de cuero negro y mujeres gruesas que vestían ropas esbeltas. No es el aspecto más amigable, pero si conociese la palabra mágica, la camaradería instantánea y el paso seguro a su habitación estaban asegurados.

Alguien gritó "Lomachenko", y los tipos duros levantaron la vista como si fueran uno solo, levantaron sus puños en el aire y respondieron con toda la fuerza en su voz: "¡LO-MA-CHEN-KO!"

El boxeo es así, una zona de tolerancia donde las personas de diferentes culturas, unidas en su amor por el deporte, a veces se unen en una camaradería toscamente labrada. A veces es la palabra clave aquí, pero cuando funciona de esa manera, también es un lugar donde los estereotipos se confunden y la comunalidad supera las desigualdades.

La gente del hotel no eran gángsters y sus novias. Eran los mismos fanáticos ucranianos que llenaron la sala de exposición del casino de 3,000 asientos en el MGM National Harbor en Maryland para ver a Vasiliy "Hi-Tech" Lomachenko detener a Jason Sosa más temprano en la noche. Cantaron y cantaron mientras su compatriota desarmaba al valiente Sosa, proporcionando un muro de ruido digno de un estruendoso regimiento de caballería cosaca.

Había un aire de inevitabilidad festiva sobre la pelea. Ha sido así por mucho tiempo. Cuando solo has perdido dos veces en 407 peleas pro y amateur, la gente se acostumbra a que ganes. Es lo esperado.

Aunque Sosa peleó lo mejor que pudo y duró nueve asaltos, no fue considerado una amenaza seria para vencer a Lomachenko. Tampoco lo fue Miguel Marriaga, quien fue detenido en siete asaltos en la última pelea de Lomachenko.

Pero esos fueron solo ejercicios para afilar las garras. Las fechas de juego han terminado. La pelea por el título de peso ligero junior de Lomachenko con Guillermo "El Chacal" Rigondeaux el sábado en el Madison Square Garden Theatre (ESPN / ESPN Deportes, p.m. ET) es real.


Al igual que Lomachenko, Rigondeaux (17-0, 11 KOs) es un boxeador especial, producto del célebre programa aficionado de Cuba y ganador de más de 450 combates de aficionados, incluidas medallas de oro en los Juegos Olímpicos de 2000 y 2004. Él desertó de su tierra natal en 2009, se convirtió en profesional el mismo año y ganó su primer título importante en su noveno combate profesional.
Pero más que nada, Rigondeaux es, por lejos, el mejor oponente de la carrera profesional de Lomachenko, y viceversa. En términos de pedigrí y talento combinado, sería difícil hacer otra pelea de igual mérito.

¿Por qué, entonces, está teniendo lugar la pelea en el Madison Square Garden Theatre y no en la arena principal, que tiene casi cuatro veces más personas?

Se podría decir que la popularidad de Lomachenko y Rigondeaux aún no alcanzó su capacidad de grandeza. Pero el pedigrí y el talento solos rara vez son suficientes para llenar la gran sala. Tiene que haber una conexión más allá de la excelencia. El boxeo es tribal. Nuestro chico contra el otro chico.

Los ucranianos en Lomachenko-Sosa no estaban allí principalmente porque Lomachenko (9-1, 7 KOs) es un peleador tan fantástico, aunque ciertamente sube la apuesta. Estaban allí porque él es uno de ellos. Su chico.

Pero, ¿cómo se convierte su chico en nuestro hombre o, mejor aún, en el hombre de todos?

Un estilo estéticamente agradable es un hilo común. Sin esa base que es alguien divertido de ver, el resto no importa demasiado. La personalidad también es crítica. Si una audiencia puede relacionarse con un boxeador por quién es, así como por la manera en que peela, puede crear un vínculo más allá de las fronteras y las lenguas nativas.

Pocos intrusos geográficos lo han hecho mejor que Roberto Durán, Alexis Argüello y Julio César Chávez, un panameño, un nicaragüense y un mexicano, respectivamente. Una de las claves de su éxito con los fanáticos de EE. UU. fue que cada uno tenía cualidades convincentes que ayudaron a forjar identidades reconocibles al instante, marcas que coincidían con sus estilos de pelea.

Durán, el rufián gruñón con habilidades locas que peleaba con salvajismo medido; Argüello el encantador caballero que se convertía en asesino una vez sonara la campana; y Chávez, la reencarnación del estoico guerrero azteca, noble, orgulloso y letal.
Eran avatares de arquetipos guerreros con los que todas las culturas podían relacionarse. No es de extrañar que no nos importara de dónde venían o dónde colgaban el sombrero.

El ejemplo más reciente del fenómeno es Manny Pacquiao, una de las historias más extraordinarias de ir de la pobreza a la riqueza en la historia del deporte. El boxeador filipino conquistó el mundo con extrema violencia y una sonrisa juvenil, una combinación irresistible que lo convirtió en una celebridad internacional y multimillonario.

En cierto modo, Lomachenko, de 22 años, se parece a Pacquiao: se mueve constantemente, ataca desde ángulos inesperados y casi siempre golpea en combinación. Va por el golpe de gracia cada vez que sale.

Pero mientras que el Pacquiao de mayor audiencia tenía que ver con la agresión cruda y el abandono imprudente, el ataque de Lomachenko es como el jazz, una disciplina creativa con infinitas variaciones.

La fusión del ucraniano de 29 años de juego ingenioso de pies y virtuosismo ofensivo es hipnótica. Fintea como un maestro de esgrima y pivotea como si los cojinetes estuvieran unidos a la parte inferior de sus botas de boxeo: constantemente caminando alrededor de sus oponentes, cambiando de dirección para atacar desde una variedad de ángulos, girando hacia un lado para descargar y luego hacia otro para escapar.

Rigondeaux es algo más difícil de vender.

"El estilo cubano es diferente", dijo Bob Arum a Boxing News, el semanario británico, cuando se acercaba su promoción. "Acumulan puntos y te corren hasta el final de la pelea porque lo único que les importa es ganar la pelea por puntos".

Es difícil discutir con la evaluación de Arum. Ver a Rigondeaux cuando no tiene ganas de pelear es para pegarse un disparo. Los fanáticos del boxeo tienen grandes recuerdos, y esas exhibiciones dolorosamente deslucidas hicieron que Rigondeaux pareciera un alhelí en un concurso de perreo.

La parte curiosa es que cuando Rigondeaux está en un buen estado de ánimo, los resultados a menudo han sido dignos de ser material destacado. El hombre puede liquidarte de un golpe.

Los apostadores de Las Vegas han convertido a Rigondeaux en un favorito de +300, pero si hay un cañón de 130 libras que puede superar a Lomachenko, es Guillermo. Los chacales a menudo se representan como hechiceros inteligentes en mitos y leyendas, pero este "Chacal" necesitará un poco más de ayuda el sábado. Debe ingresar al ring con los dientes al descubierto, listo para morder.

Algunos dicen que Lomachenko es lo suficientemente bueno como para hacer pelear a Rigondeaux, y que no le quede otra opción que atacar. Es como lo que dijo Thomas Hearns cuando le preguntaron por qué peleó con Marvin Hagler en lugar de boxear: "La razón por la que comencé a lanzar golpes es porque tenía que hacerlo".

Lomachenko-Rigondeaux es para entendidos y fanáticos del boxeo, pero también es el siguiente paso en la búsqueda de un nuevo héroe. No sería realista que Arum, o cualquier otra persona, pensara en Lomachenko como un reemplazo para Pacquiao. Pac-Man fue un fenómeno único en la vida. No veremos gente como él otra vez.

Sin embargo, Lomachenko está bien posicionado para ser el próximo hombre en subir. Primero, sin embargo, hay un compromiso con un Señor Chacal, que tiene sus propias ideas. La deriva del tiempo parece estar a favor de Lomachenko, pero Rigondeaux no es tu lado B ordinario.

Las expectativas para Lomachenko son altas. Tiene que ganar esta pelea si quiere mantenerse al ritmo de precursores como Durán, Argüello y Chávez. Los chicos con chaquetas de cuero negro siempre estarán allí. Ellos son de la misma sangre. Pero no son suficientes.

Lo que Lomachenko necesita ahora es todos los demás. Una actuación espectacular el sábado sería una invitación perfecta.