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La gran noche de Monzón ante Rodrigo Valdez

En 1974, la corona mundial de los medianos dejó de tener un único dueño. Carlos Monzón, tras ganarle a José “Mantequilla” Nápoles en París, fue desconocido por el Consejo Mundial de Boxeo. La causa principal de la decisión fue que el argentino se negó a hacer el control antidoping tras la pelea, que fue organizada por Alain Delon.

Algunas versiones indican, sin embargo, que el Consejo necesitaba tener su propio campeón, y que se aprovechó la circunstancia reglamentaria. Lo cierto es que el 25 de mayo de 1974, el WBC sancionó como válida por el campeonato vacante, a la pelea en la que Rodrigo Valdez venció por KOT 7 a Bennie Briscoe en Montecarlo.

Pasaron tres años hasta que el negocio y la expectativa por la unificación pudieron más.

Y así fue que, tras largas negociaciones, se montó el combate entre Carlos Monzón -quien era reconocido por lq WBA- y Rodrigo Valdez. Un argentino frente a un colombiano en Montecarlo, dos sólidos campeones. Pero había lugar para uno solo.

Por ese entonces, Carlos Monzón estaba más cerca del retiro que nunca. Su última pelea habia sido el 13 de diciembre de 1975, cuando noqueó a Gratien Tonna. Su tormentoso romance con Susana Giménez era materia habitual para las revistas del Corazón y el campeón gozaba de fama, dinero y reputación: tenía 33 años y ya le costaban los entrenamientos; además había tenido varias incursiones en el cine.

Rocky Valdez, a los 29, era un boxeador carismático, sólido y bien rodeado por Melanio Porto Ariza –prácticamente su descubridor-, Gil Clancy y el entrenador Chino Govín. El colombiano había formado su base en Nueva York y en su equipo estaba también el eterno Emile Griffith, dos veces rival de Carlos Monzon y quien, en esa misma velada, del 26 de junio, enfrentó en el semifondo a Bennie Briscoe, con quien empató.

Valdez había defendido su corona ante el francés Nessim Cohen en París, el domingo 29 de marzo. Tras el nocaut técnico en 4, la frase del colombiano fue predecible: “Ahora lo quiero a Monzón”.

No fue tan sencillo, porque compitieron Alain Delon, Don King y Rodolfo Sabbatini, ya que todos querían hacerla. El mundo esperaba el choque. Finalmente Sabbatini le ofreció 250.000 dólares a Monzon y 200.000 a Valdez y se cerró el trato. Eran los tiempos en los que Muhammad Alí reinaba por segunda vez tras ganarle a George Foreman, Roberto Durán era rey de los ligeros… Y entre otros campeones en actividad, reinaban Wilfred Benítez, Kid Pambelé o Víctor Emilio Galíndez.

La pelea había despertado un gran interés. Por un lado la frialdad del argentino, que iba desgastando a sus rivales con su estilo sin pausas.

Por el otro, el estilo compacto, agresivo y ordenado del colombiano, una especie de tanque con gran trabajo al cuerpo.

Ambos además, echaron algo de leña al fuego, desafiándose mutuamente. Sin embargo, primaba el respeto. “Monzón está enojado conmigo porque dije que lo mejor que tiene es Susana Giménez, pero se de sobra que será el rival más difícil de mi carrera”, decía Rocky.

A su vez, Monzón decía: “El empezó primero, porque habló de Susana”. Y cuando le contaron que Rocky cazaba tiburones con dinamita, no encontró otra salida que decir: “Entonces lo voy a cagar a trompadas a él y a los tiburones”.

En el equipo de Monzón no era todo muy sólido. La aparición del empresario José Steinberg comenzó a hacerse más notoria, poniendo una cuña en el tándem Tito Lectoure-Monzón-Brusa. Sembrando dudas sobre la realidad de las bolsas recibidas, Steinberg se ganó la confianza del boxeador y su técnico. La pelea no fue fácil para ninguno de los dos. Valdez llegó excedido de peso y debió subir a la balanza varias veces.

Monzón lastimó a su rival en el ojo izquierdo en el tercer asalto y Valdez terminò la pelea con ese ojo semicerrado.

Esos encuentros estaban programados a 15 asaltos y las reservas eran fundamentales. El plan de Valdez era sencillo; arrollar al rival, no dejarlo trabajar de lejos y evitar sus golpes rectos. Su mejor combinación fue en el séptimo, cuando con un tremendo derechazo a la cabeza conmovió a Monzón, obligado a amarrar.

Pareció que había llegado el turno de Rocky, pero se encontró en todos sus avances con los contragolpes del argentino.

El estadio vibró en el 14to asalto cuando Valdez, atacando frontalmente, recibió un derechazo. Como un torero a la hora de definir la faena, Monzón derribó al bravo rival, quien cayó hacia adelante, apoyando sus guantes en el suelo.

Sí, se levantó a la cuenta del referí Raymond Baldeyrou, pero el destino de la pelea ya estaba marcado. Esa caída, producida además con la limpieza de una estocada a fondo, fue el broche del encuentro. Ganó Monzón por puntos y volvió a reinar en universal e inobjetable.

Baldeyrou le dio 73-69, Andre Bernier dio 74-72 y Tony Talleracho votó 73-71, unánime.

La historia sufrió un gran cambio a partir de esa noche.

Monzón fue a cenar y festejar con toda la comitiva, como correspondía a semejante triunfo y semejante pelea.

Sólo no estuvo presente Juan Carlos “Tito” Lectoure. “Nadie me invitó y finalmente recibí una llamada de Carlos diciéndome donde estaban. Pero ya era tarde, Me quedé en el hotel, por supuesto”.

Al otro día, Lectoure tocó a la puerta del campeón.

“Vengo a despedirme, Carlos. Anoche, que fue la noche más importante de tu vida, te olvidaste de invitarme. Está bien, quedate con tus nuevas amistades. Pero tené en cuenta que, si alguna vez necesitás algo, siempre podrás contar conmigo”.

La puerta se cerró. Pero esa es otra historia…