BUENOS AIRES -- En septiembre, luego de perder con Godoy Cruz, Alfio Basile protagonizó un paso de comedia en el que participaron dirigentes, manager, jugadores, cuerpo técnico, representantes y algunos voluntariosos personajes en cuya credencial dice "entorno".
Las deliberaciones fueron tan arduas como veloces. Que renuncio, que no renuncio; que sí, que no. Finalmente Basile atemperó su berrinche y permaneció en el club.
Ya había sucedido en la Selección. De repente (le sobrarían razones, eso no se discute) abandonó el barco, también después de una derrota.
Por estos días, a pesar de que el presidente Jorge Ameal salió a respaldar públicamente al entrenador, Boca atraviesa una zona turbulenta provocada por los resultados adversos. Tierra fértil para los corrillos, las vendettas solapadas y otras yerbas que repercuten en las páginas de los diarios.
Y las páginas de los diarios dicen que, por lo bajo, "algunos dirigentes" se quejan de Basile. Que no le saca el jugo a un plantel de inusual espesor para este fútbol medio pobre, que no trabaja lo suficiente (como si lo hubieran contratado por su apego japonés a las rutinas laborales)... En fin, las facturas son variadas y se confeccionan en las sombras del anonimato.
Con este mar de fondo y los antecedentes inmediatos del Coco -quien, con los años, no perdió las mañas pero sí la tolerancia- es de esperar que a los jugadores los domine la zozobra y no sepan a qué atenerse, por más que escuchen a diario palabra alentadoras.
El temperamental Angel Cappa procedió de un modo semejante. Le había puesto el pecho a una diáspora que dejó a su equipo anémico y lo obligó a empezar de nuevo (aunque con menos entusiasmo, claro).
Había elogiado la coherencia de los que, desechando ofertas favorables, decidieron permanecer en el club. Y, por supuesto, con su propia acción había dado el ejemplo de cómo se sostiene la palabra empeñada.
De pronto, luego del empate con sabor a poco frente a Arsenal, presentó su renuncia. Contrariando cada una de sus acciones anteriores y, calculo, desconcertando a sus dirigidos, que lo escuchan a menudo hablar del compromiso con los proyectos.
Al parecer, el presidente Carlos Babington resultó muy elocuente y esperanzador porque Cappa volvió a calzarse el buzo para comandar los entrenamientos. Y no tuvo ningún empacho en admitir que lo habían disuadido. El DT de Huracán es un calentón a la italiana, y fue tal vez el hervor de la sangre el que lo empujó a la efímera renuncia. Y cierto cansancio, sin dudas, en un club que pasó de soñar con un florido camino hacia el título a chapotear en las últimas posiciones. Sin recambio, sin plan B, otra vez en pelotas.
Quiero decir: comprendo las depresiones, la ira y la impotencia de los directores técnicos en ciertas circunstancias. Sus ganas de mandarse a mudar. Pero cuando el impulso los guía deberían recordar un par de temas.
A saber: pertenecen a un gremio que vive reclamando previsibilidad, plazos razonables de trabajo y cumplimiento de contratos. Si la adversidad no es un argumento sólido para echar a los entrenadores por la puerta de servicio, tampoco puede servirles de coartada a ellos mismos para tirar la toalla.
Por lo demás, un DT que proyecta una imagen de duda e incomodidad con el cargo que ejerce reproduce esa incertidumbre. Exactamente lo contrario de lo que el grupo aguarda de él: respaldo, entereza y serenidad ante los conflictos y un liderazgo confiable.
