BARCELONA -- Luis Suárez acabó con su sequía goleadora en la Champions en el mejor de los momentos para el Barcelona. Estaba cercano a completar 11 partidos sin ver puerta cuando le llegó un balón peleado por el revoltoso Denis y convirtió un cómodo 3-1 en un poco menos que definitivo 4-1.
El uruguayo, hasta ese minuto 87, sufrió, peleó, se entregó a la causa, corrió en ataque y en defensa. Nada nuevo y, tal como avanzó Di Francesco, puso la motivación al máximo de revoluciones… Estrellándose contra un infortunio que parecía engancharse a él en Europa.
Con todo, de él nació el 3-0 de Piqué cuando Allison rechazó en horizontal su buen disparo raso y ya antes, en el 2-0 que se marcó Manolas, acudió por detrás de Umtiti provocando que toda la defensa de la Roma se ocupase al máximo de su llegada. Su sola presencia, siempre, provoca temor en los rivales.
FUERZA
La Roma no mereció tal castigo. Sin duda. Pero al acabar el partido se demostraron los galones de uno y de otro equipo. El proyecto de Di Francesco recién comienza, con la compañía solvente de Monchi en la dirección deportiva y un equipo que va tomando sus ideales futbolísticos de manera acelerada. Pero todavía lejos de la realeza en el fútbol continental.
El Barça se alió con la suerte pero lo hizo, también, a través de la insistencia. Buscó, con mayor o menor acierto, el área de Allison, elogiado portero brasileño que no mostró tal nivel de credenciales en un Camp Nou donde la solvencia de Ter Stegen le retrató.
Sin Nainggolan perdió consistencia el futbol romano en el centro del campo y la mezcla, o suma, de todos los factores le acabó por condenarle ante la algarabía y alivio de una hinchada local que acabó disfrutando de una noche inesperada.
