El 'Cata' compartió públicamente la celebración como si viviera en otro país o en otro mundo.
Cada quien tiene derecho de festejar la vida (o incluso la muerte, como lo hacemos los mexicanos) como mejor le plazca. Lo podemos hacer gracias a que las garantías individuales consagradas en la Carta Magna de 1917 nos conceden a los habitantes de este país, el legítimo derecho a vivir libremente, donde todas y todos somos iguales ante la Ley y en el que el Estado está obligado a velar por su aplicación, cumplimiento y, en su caso, sancionar a quienes las infrinjan o incumplan. No es necesario ser un experto o profesional del Derecho para entender que México cuenta con una de las Constituciones que mejor ha llevado a la norma jurídica el ideal libertario e igualitario por el que han luchado casi la totalidad de las sociedades contemporáneas en el mundo. Pero tampoco se requiere mucha ciencia para saber que en los hechos, muchas veces esto no ocurre, aunque esta es harina de otro costal.
Retomando la idea inicial respecto al asunto de los festejos o celebraciones que individual o colectivamente hacemos casi todo el año de todos los años de nuestras vidas, motivados por una causa o por otra (cualquier pretexto es suficiente para entrar en “Party Mode”), quiero expresar mi profunda preocupación por la manera en que recientemente el jugador del Cruz Azul, Julio César Domínguez, festejó el cumpleaños de su hijo de 12 años. Y quiero dejar en claro que no pretendo auto investirme con la toga y birrete característicos de un juez o una jueza porque claramente no lo soy y porque, aunque efectivamente estudié la Licenciatura en Derecho, no quise antes ni pretendo serlo en el futuro. Mi intención es apelar al juicio y criterio de cada uno de mis lectores respecto a este muy lamentable hecho que no debemos dejar en el baúl de la indiferencia.
Tristemente y desde hace mucho tiempo, vivimos en un país donde la violencia se ha enquistado no sólo en la sociedad en general sino también y muy particularmente, en la mente de niñas y niños. Las múltiples causas que propician este fenómeno tienen, con absoluta seguridad, un origen económico, social, cultural, educativo y hasta político. Sin embargo, convencido estoy de que el génesis de casi todos los males que aquejan al pueblo o sociedad mexicanos, tiene mucho que ver con los cada vez más y más debilitados valores éticos y morales que rodean a la familia. El núcleo más importante del conglomerado social se ha degradado en nuestro país de tal forma que fácilmente le ha abierto las puertas a un status quo que mucho nos daña física y emocionalmente pero que, de manera increíble, normalizamos cada vez más consciente o inconscientemente.
El 'Cata' estuvo en todo su derecho al festejarle en la manera en que lo hizo a su hijo. Si la alegoría a la que hizo alusión le representa, lo identifica o simplemente le hace o los hace felices es un asunto totalmente personal. El problema es que, en medio del grave problema que vivimos mexicanas y mexicanos todos los días, el cruzazulino compartió públicamente la referida celebración como si viviera en otro país o en otro mundo. Y aunque así fuera. Sin la mínima responsabilidad, criterio y consciencia, pudimos observar tristemente que éste, es otro claro ejemplo en el que la familia ha dejado de lado importantísimos valores morales y éticos, o que simplemente pasaron a segundo o tercer plano.
Ya leímos la Declaración conjunta entre la Liga MX y el Deportivo Cruz Azul respecto a este asunto, y ya vimos y escuchamos también al propio jugador cementero. Me resultaron tibias, ambiguas y hasta poco convincentes las expresiones de todas las partes. Desconozco la naturaleza y fondo de las medidas preventivas y correctivas que ya fueron aplicadas e ignoro también si éstas han dado o darán el resultado esperado. Lo cierto es que el fenómeno que observamos en Julio César es el reflejo del estado que guarda aquello en lo que deberíamos ocuparnos individual y colectivamente en este país: la familia. De aquí surgimos todos o casi todos. Y no olvidemos que la educación, la más importante de nuestras vidas, no es la que recibimos en la Escuela. Es la que, junto a los valores, adquirimos (o no) en la célula más importante de la sociedad y que hoy está más deteriorada que nunca, para desgracia de nuestro país.
El fútbol y quienes intervienen en él son (o pueden convertirse) en un ejemplo para un amplio espectro social. Por lo tanto, demando que éstos se conduzcan con el criterio y responsabilidad mínimas para que únicamente valores positivos sean los que transmitamos a niñas, niños, jóvenes y también ¡cómo no! a los propios adultos y personas mayores. Un poco de sensibilidad y sentido común no nos haría nada mal a propietarios, directivos, cuerpos técnicos, jugadores, medios de comunicación deportivos y afición en general. Hoy más que nunca, México lo necesita urgentemente.
