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El combustible espiritual

Basile arregló y dirigirá por cuarta vez a la Academia Fotobaires.com

BUENOS AIRES -- "¿Acaso Mickey Mantle paga tu renta?", pregunta molesto Sonny, el mafioso interpretado magistralmente por Chazz Palminteri. Calogero, el niño apercibido, no sabe qué decir y se siente algo tonto con las figuritas de su héroe, legendario beisbolista de los New York Yankees en los años cincuenta y sesenta.

La escena ocurre en "Una historia del Bronx" (A Bronx tale), película con la que Robert De Niro debutó como director. Sonny, que decide apadrinar a Calogero, cree necesario enseñarle la dura ley de la calle. Y, sobre todo, la picardía que permite no sólo la supervivencia sino el ascenso social gracias a actividades más redituables que el trabajo formal.

En ese mundo desangelado y verídico, la lógica de la idolatría deportiva representa una debilidad imperdonable. La candidez que no puede tolerarse ni siquiera en un chico. ¿Amor por un desconocido al que ayudamos a enriquecerse sin que él haga nada por nosotros? En los términos de Sonny, y de muchos otros de realismo descarnado y poca pelota de cuero en su pasado, resulta una palmaria estupidez.

Recordé la película al leer los reclamos de Ángel Di María, estrella del Real Madrid y muy considerado además por su exigente entrenador, José Mourinho. Sucede que el delgado delantero, de notable parecido con Franz Kafka, es un postergado salarial, pues percibe apenas 1,8 millón de euros por año. Una miseria comparado con lo que embolsan figuras como Cristiano Ronaldo y Kaká, alrededor de 11 millones. En el caso del brasileño, con la enorme ventaja de que lo hace sin siquiera jugar.

Sin ir tan lejos, cuentan los cables y el diario deportivo Marca, Di María pretende que equilibren sus ingresos con los de su compatriota Gonzalo Higuaín, cuyo jornal arroja un acumulado anual de 3,5 millones de euros.

En un país atravesado por la crisis, algún hincha del Real Madrid cuyo trabajo peligra tal vez se sienta un Calogero crecido, contribuyendo con su abono a platea, su compra de camisetas y posavasos al monumento más colosal a la inequidad. Al planeta feliz y desorbitado de un puñado de divos.

Todos sabemos que los jugadores son profesionales y piden la porción que creen les corresponde en el gigantesco negocio del fútbol. Y que, como el resto de los empleados del mundo, trabajan sólo si les pagan.

Pero aún en un tinglado dominado por el dinero, es necesario alimentar ciertas ilusiones. Exhumar, entre la verdad y la ficción, las pasiones que mantienen el pacto con el público. Los gestos de lealtad, la memoria de los orígenes, una cantidad de tópicos donde el sentimiento aflora entre la parva de dólares para darle sentido al deporte.

Acá nomás, en las pampas argentinas, todavía a resguardo de la debacle que involucra a tierras más civilizadas, el Coco Basile regresa al club de sus amores con el entusiasmo de un debutante. Dicen que resignó dinero para sentarse en el banco de Racing.

El Tata Martino, luego de deshojar la margarita, rechazó una propuesta millonaria de la selección de Colombia y optó, a pesar del infortunado presente del club, por dirigir a Newell's, donde hizo toda su carrera como jugador (más de 500 partidos) y lo quieren como en su casa.

Ninguno trabajará gratis, claro. Ambos cobrarán en un mes lo que muchos profesionales calificados reciben en años. Pero son buenas señales para un mercado sentimental. De lo contrario, en cualquier momento, los Calogero de la tribuna dejarán de coleccionar figuritas.