<
>

Sofía aprendió amar a México

A pesar de que creció en la Unión Americana, Sofía ahora defiende valientemente los colores de México Tony Quinn/Icon SMI

Creciendo en Boise, Idaho, Sofía Huerta sabía que estaba en problemas cuando su mamá y su papá comenzaban a hablarle en español.

"Cada vez que mis amigos estaban en casa, y mis papás querían gritarme o decir algo que ellos sabían que no era apropiado para decir frente a mis amigos, ellos lo decían en español", recuerda Huerta.

La menor de los tres hijos de Mauricio y Jody Jensen Huerta entendía perfectamente el idioma cuando era usado para regañarla. Pero a diferencia de su hermana mayor, quien nació en México, o de su hermano mayor, quien estudió en la ciudad natal de su padre, ella no hablaba español. No es que estuviera avergonzada por la mitad mexicana de su linaje – en la mayormente homogénea Boise, a ella le gustaba presumir que era diferente. Como lo explican sus padres, y que ella lo admite, simplemente era muy obstinada para aprender.

Lo que significa que la única persona en la familia Huerta que no habla español fluido es aquella por la que el Himno Nacional Mexicano se toca ahora con cierta regularidad.

Ese es su mayor arrepentimiento, admite la jugadora que brilló por México en la Copa del Mundo Femenil Sub-20 del año pasado, y que luce como un prospecto destacado para llegar a la selección mayor. Muchos que han intentado dominar el idioma con fluidez luego de la adolescencia la comprenden. Pero ella escucha, y ella entiende.

Quizá más que solamente las palabras. Jugar para México le ofreció a Sofía un camino hacia adelante en el fútbol. Es también una oportunidad para entender de dónde viene ella.

Mauricio conoció a su futura esposa cuando él estudió ingeniería en la Universidad de Wisconsin, como parte de un programa de intercambio con el Tecnológico de Monterrey.

Jody, nativa de Wisconsin, estudió a cambio un año en México. Después de la graduación, se casaron y Jody se mudó al sur cuando Mauricio comenzó a trabajar con Hewlett-Packard en México. Cuando la compañía reubicó a la joven pareja a Boise unos cuantos años después, Mauricio no lo veía como una mudanza permanente.

Él trabajaría ahí unos años, terminaría su maestría y eventualmente volvería con su familia a México. Ese era el plan. Pero el mercado laboral en su país natal empeoró, y entre una casa y el segundo y tercer hijo de la familia, las raíces que se echaron en Idaho se hicieron cada vez más fuertes. Se convirtió en su hogar.

UNA CASA, DOS CULTURAS
Para Sofía, México era el lugar a donde viajaba cada año para visitar a la familia.

"Tenemos comida mexicana aquí, amigos mexicanos, y hablamos en español, así que ella entiende la cultura", comenta Mauricio. "Pero obviamente, ella se siente más como una estadounidense y no como una mexicana, porque ella creció aquí. Pero ella se relaciona con la cultura. Hicimos un énfasis en que nuestros hijos aceptaran ambas culturas, que estuvieran orgullosos de las dos. No hubo un esfuerzo para esconder el hecho de que ella es mexicana. Ella se siente orgullosa de ser mexicana, eso creo".

Al igual que muchas niñas en Estados Unidos, Sofía creció con el fútbol. En su juventud, recuerda Mauricio, el fútbol era un deporte para niños en México. Las niñas practicaban otros deportes o tenían otros intereses, pero el deporte que inspiraba y encendía las pasiones de todo el país era un terreno masculino.

Esas líneas invisibles comenzaron a desaparecer, pero sigue siendo más fácil para una niña el alcanzar todo su potencial de fútbol en Boise que en Puebla, ciudad natal de Mauricio. Fue en Idaho donde Sofía ganó títulos y premios, y acumuló goles en los diferentes niveles para ganarse una beca en Santa Clara, uno de los programas de fútbol femenil en la Costa Oeste con mayor importancia histórica.

UNA JUGADORA SOBRESALIENTE
En la cancha, ella es una jugadora poderosa al ataque, mezclando velocidad y fuerza con un notable balance e instintos para driblar. En sus primeras dos temporadas con los Broncos, fue reconocida como una de las mejores jugadoras en la conferencia; tuvo siete goles y dos asistencias en 14 partidos esta temporada, para un equipo al borde de ingresar a los 10 mejores del país. Sus habilidades físicas la destacan, pero eso no es lo único. Algo más provoca eso, una habilidad específica que abre puertas más allá de la universidad.

"Su habilidad para enviar centros con su pie derecho al lugar exacto es especial", confesó Jerry Smith, el entrenador de Santa Clara. "Es de clase mundial, si lo quieren ver así. Quizá eso sea lo único que ella hace que sea de clase mundial, pero el simple hecho de que hagas una cosa de clase mundial es fenomenal".

Lo que faltaba, especialmente al principio, era la confianza y la correspondiente convicción de que comprometerse al fútbol valía el esfuerzo. Smith abogó para que ella fuera invitada a un campamento de entrenamiento con la selección Sub-20 de Estados Unidos, poco después de su primer año en la universidad.

Ella recibió la invitación, pero las cosas no resultaron muy bien. Smith le pidió a los entrenadores que pensaran en el potencial de ella a largo plazo. Ellos le preguntaron por qué deberían creer en ella, cuando ella parecía no creer en sí misma.

Era un punto difícil de discutir, admitió él, pero les recordó que algunas de las mismas cosas se habían dicho acerca de una jugadora que él trajo una década antes cuando era entrenador de la selección Sub-23. Y las cosas resultaron bastante bien para Abby Wambach.

"Soy una jugadora confiada, no me malinterpreten, pero sé que hay muchas otras jugadoras que son buenas", señala Huerta. "Jerry me conoce mejor que nadie, especialmente como entrenador, y yo me exijo mucho. Quizá eso tiene qué ver por qué no soy tan confiada como debería, porque pienso que debo ser mucho mejor de lo que soy".

LA LLEGADA A MÉXICO
Cuando estaba claro de que ya no sería considerada para el programa de Estados Unidos, México, bajo la dirección del entrenador nacional Leonardo Cuéllar, hizo su ofrecimiento, como lo ha hecho en años recientes con varias jugadoras México-americanas destacadas que son elegibles para jugar por ambos países, como Teresa Noyola, Alina Garciamendez y Verónica Pérez.

Huerta fue invitada a un campamento de entrenamientos con la selección Sub-20 de México, y le fue mucho mejor que en el campamento estadounidense, tanto que se ganó un lugar en el equipo para la Copa del Mundo Sub-20 en Japón.

Jugar para una selección juvenil de un país no cierra la puerta para jugar con la selección mayor de otro país (como es el caso de Sydney Leroux, quien jugó una Copa del Mundo Sub-20 con Canadá antes de irse con Estados Unidos), así que Huerta se apuntó para el viaje.

En Japón, ella anotó golpes en cada uno de los tres partidos de México en la fase de grupos, ayudando al equipo para que avanzara a la siguiente ronda apenas por segunda vez en la historia del principal evento juvenil para el fútbol femenil. México nunca había ganado varios partidos, pero venció a Suiza 2-0 y a Nueva Zelanda 4-0, con Sofía anotando el primer gol en ambos encuentros. Cuando, posteriormente, México la invitó para que viajara a Brasil con la selección mayor, ella decidió que la oportunidad para comenzar una carrera internacional era mejor que esperar por una llamada de Estados Unidos que quizá nunca llegaría.

"Pienso que ella ha visto suficiente evidencia para darse cuenta de que ella puede marcar la diferencia en cualquier nivel", afirma Smith. "Pienso que es lo que le ha dado la experiencia mexicana. Intentamos decirle cuando la reclutamos, intentamos decirle durante su primer año lo talentosa que era. No nos creía. Les puedo garantizar que ella no nos creía".

Al igual que todas las otras niñas que crecen jugando fútbol en Estados Unidos, Huerta soñaba con jugar para su selección nacional. En lugar de eso, ella canta el Himno Nacional Mexicano antes de cada partido, más recientemente ante Estados Unidos, en un partido celebrado en el Estadio RFK en Washington, D.C.

La brecha que permanece entre ambos equipos fue clara, pues Estados Unidos goleó 7-0 esa noche, pero al menos las mexicanas encontraron un rayo de esperanza con el juego sólido de una futbolista de Boise, que entró de cambio en la segunda mitad.

"Me hubiera gustado que ella tuviera una oportunidad (con Estados Unidos), pero también entiendo que ella marcará una diferencia positiva real para México", dijo Smith. "Y a largo plazo, ella puede marcar una diferencia más grande jugando para México que para Estados Unidos. Con el equipo de Estados Unidos, ella simplemente sería otra buena jugadora. Pero ella podría marcar la diferencia para que México avance a la siguiente fase en uno de los torneos de mayor importancia.

"Ella podría marcar la diferencia ayudando a un cambio cultural en términos de que se acepte que las mujeres jueguen al fútbol".

AMOR A LA MEXICANA
Jugar para México fue, en esencia, una decisión pragmática para Huerta. Eso no descarta otros beneficios. Entre más éxito tenga México, sin importar dónde hayan nacido sus jugadoras, es más factible que el equipo atraiga apoyos. Y entre más tiempo pase Huerta con los tricolores, más sentirán que ellos representan mucho más que una camiseta.

"Ella está haciendo contactos", señala Mauricio. "Ella comienza a apreciar el tipo de cosas que hicimos aquí, por qué las hicimos. Está uniendo los puntos. Cuando ella pasa tiempo con mi mamá o mis hermanos en Puebla, ella entiende por qué hacemos las cosas aquí".

Por lo pronto, Huerta va en camino a graduarse de Santa Clara en la primavera de 2015, que la pondría en el mundo real justo antes de la Copa del Mundo Femenil en Canadá, y potencialmente en los Juegos Olímpicos de Rio de Janeiro un año después (México ha calificado a este último evento solamente una vez desde que el fútbol femenil fue agregado en 1996).

"Una vez que me involucré con México, me di cuenta de que quizá debo estar más en contacto con mi lado paterno", dijo Sofía. "Lento pero seguro, siento que soy más mexicana, si eso tiene sentido.

"He crecido para estar más orgullosa de quién soy y de dónde vengo".