Serena Williams no volvió a ser nunca la misma, no es porque ahora sea peor, todo lo contrario.
La celebración habría sido brutal si Serena Williams hubiera ganado alguna de las cuatro finales de Gran Slam que ha perdido desde el 2018, pero la realidad nos ha dado un golpe muy duro a todos sus aficionados para que entendamos lo difícil que es ser una madre-atleta y como significa, en tantos casos, el final de la carrera.
A partir del nacimiento de su hija Olympia en septiembre del 2017, Serena Williams tiene una marca en Gran Slams de 41-11, la cual sería extraordinaria para cualquier mortal, pero ese porcentaje de victoria de .79 es el más bajo de su carrera desde que ganara el US Open por primera vez en 1999 y claramente un número que contrasta con la sensación de imbatibilidad que ella misma construyó.
La decepción no está, por su puesto, en su decisión de ser mamá, si no en las expectativas que el mundo puso sobre ella desde el primer día que regresó al circuito, como si se tratara de una máquina y no de un ser humano que enfrenta uno de los retos más grandes que puede vivir una mujer: estar embarazada, dar a luz y criar a un bebé.
El hecho de que estuviera tan pronto de vuelta peleando títulos fue deslumbrante en Wimbledon y el US Open en 2018, pero toda su fiereza no le alanzó en esas ocasiones y, aunque regresó a las finales en el 2019 en esos mismos eventos, cada día es más claro que su rendimiento va a pique, lo mismo que su ranking en la WTA, siendo hoy la número 410 del mundo.
De nuevo, el problema no está en ella, está en los que la cargamos de expectativas de superioridad sólo por el hecho de ser quien es, lo que no quiere decir que Serena Williams haya fracasado en lo más mínimo como atleta desde el 2018, porque una ganancia de 99 mil dólares dentro de las canchas tan solo este año a mí me suena a todo, menos a fracaso.
Su carrera de 23 Gran Slams, 73 títulos en la WTA y un oro olímpico en singles es tan admirable como su decisión de sacrificarlo todo, entendiendo que, para los que tienen ese plan de vida, ninguna vitrina se podría comparar con el hecho de ser responsable por una nueva persona, así que si Serena Williams no volvió a ser nunca la misma, no es porque ahora sea peor, todo lo contrario, ahora es una versión más completa de sí misma, aunque nos parezca raro verla perder.
Algo similar le ha pasado a Victoria Azárenka, por sólo poner otro ejemplo dentro del circuito, lo que nos debe llevar a la reflexión de si el derecho a ser madre de las atletas es debidamente fomentado por las instituciones que rigen el deporte o si, como pienso que ocurre en realidad, las mujeres están más bien solas y desoladas al momento de empatar las cuentas entre su edad reproductiva y su edad de máximo rendimiento atlético, lo cual es terrible porque el sistema debería preocuparse por tener madres sanas y exitosas.
De esta norma se salen casos como el de Allyson Felix, quien sumó un oro en Tokio a su excelentísimo curriculum después de convertirse en mamá en 2018, o el de Alex Morgan, quien la está rompiendo en su regreso con la Selección de Estados Unidos, pero ellas sólo confirman el hecho de lo complicado que es tratar de hacer todo al mismo tiempo y cómo el deporte debe mejorar para que tomar una decisión sea lo más normal mundo.
