LOS ÁNGELES -- Se desnuda Cristiano Ronaldo. Sin pudor. Se desarropa de la gala del divo. Desecha la investidura esplendorosamente áurea de su anhelado segundo Balón de Oro.
Es una charla con la revista France Football. Y CR7 es simplemente Adán que arroja hasta la hoja de parra, último vestigio de sus temores y sus arrogancias, para hablar de todo, desde las manzanas de sus debilidades, hasta la acechanza de las serpientes, sin desdeñar a la Eva suya de cada día.
Y asoma, desde ese balcón incómodo, en el acto más genuino de confesión, para dejar en evidencia que es más un guerrero que un predestinado; que es más un obrero de su destino que un ungido, y que es más un orfebre de satisfacer sus propias urgencias, que un emisario de los dioses volubles de la caprichosa efemérides del futbol.
Cristiano Ronaldo es un artesano de la perfección. Sus jornadas épicas de cada fin de semana, no son una casualidad ni el engendro optimizado de un androide que sale a la cancha.
Lo explica él mismo. Checa en el Real Madrid su tarjeta de obrero sin privilegios –a no ser un salario que podría cotizar en la Bolsa de Valores-. Y es el primero en hacerlo cada día de todos los días. Y es el último en hacerlo cada tarde de todas las tardes.
Cristiano Ronaldo ha creado un prototipo irrepetible. Y más difícil que esculpirlo, es detallarlo cada noche de todas las noches.
Entrenamiento con el equipo. Entrenamiento aparte. Entrenamiento en su castillo. Gimnasio Masaje.
¿Y dónde entra aquí la desnudez extinguida de proletariado de Messi? En el contraste.
Ya hemos escrito que existen dos tipos de personajes en las canchas universales del balompié: el futbolista -que escasea-, y el jugador de futbol -que abunda-.
El primero lo eligen los dioses, el segundo está hecho a la imagen y semejanza de sus pretensiones e ilusiones como hombre.
El futbolista (Messi, Maradona, Pelé), nacen de mitologías. Los jugadores de futbol brincan de la incubadora al laboratorio: no basta ser buenos, sino que deben trabajar para ser mejores.
Y hasta puede parecer una injusticia. Pero el hombre siempre ha pretendido acercarse a los dioses, y los dioses se sienten tentados a desfallecer como hombres.
Messi no necesita afanes extra. No necesita organizar su presente, porque ni siquiera le preocupa su futuro, y el pasado sólo lo recorre cuando alguien le pide que lo haga. Vaya no le interesa ser mejor que nadie, ni siquiera mejor que él mismo, porque sabe que llegada la circunstancia, lo será.
CR7 no puede darse ese lujo. Su empeño tan genuino, valioso y valeroso, por ser mejor que todos y mejor que él mismo cada día, lo condecora cada semana porque ha pagado un precio muy alto por ese acto de justicia de una cancha que, a veces, que le juega el papel de madrastra.
Messi, responsable, serio, sólo mantiene en buena forma el motor y la carrocería. Porque él improvisa en terrenos tan reducidos, a una velocidad en la que la inspiración supera las neuronas, y el olfato del ingenio rebasa su empirismo, que sólo necesita elegir, entre la gambeta, el amague, el túnel, el recorte, la pisada, o el disparo.
Cristiano Ronaldo no puede darse ese lujo. Lo suyo es ser más potente, más veloz, más atrevido, más fuerte y más atlético que sus contrincantes, para que el Ferrari que aceite cada día rebase a los sabuesos que saben que cada juego que lo detengan, sumarán un diploma a la posteridad.
Messi puede darse el lujo de haraganear un día. O dos. O tres. Lo suyo es entrampar al adversario. Y hacer de su cuerpo un péndulo que aprovecha su bajo centro de gravedad, para embaucar con un giro a la izquierda y escapar por derecha. Está por delante de todos, porque ni él mismo sabe qué conejo sacará de la chistera, ni si la carta bajo la manga es un as o un vulgar 7 de diamantes.
CR7 lo transmite, lo transpira en la entrevista con France Football. Un día de abulia, de desidia o de negligencia, es un grave riesgo: lo puede dejar en ese mismo nivel pueril donde peregrina el resto de los jugadores de futbol; lo puede condenar a vivir en la mundana y trivial cancha donde patean la pelota los cualquiera.
Y esa antítesis, esa disparidad entre uno y otro, es lo que magnífica, aún más, el privilegio de verlos competir en mundos distintos, con uniformes antagonistas, bajo patrones distintos, pero con la misma sangre de vencedores.
Es tan simple como esto: CR7 es un prototipo, un ejemplo, un paradigma, para todo el que quiere, debe y puede jugar al futbol.
Messi, en cambio es el arquetipo de lo que todo jugador quiere ser, pero nunca podrá.
Por eso la pregunta prevalece: aún desnudos, ¿es Messi más que CR7 o es CR7 más que Messi?
