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Hugo creó su leyenda y crio un mito

PHOENIX -- A Hugo Sánchez lo encumbró el estruendo que provocó en los estadios. A Hugo Sánchez lo derrumbó el estruendo provocado por su egolatría.

Inmortalizado por las cabriolas circenses, de fascinación antigravitacional, Hugo se apoltrona aún en la fama de sus cinco Pichichis. España y Madrid le arrullan con un registro inalcanzable aparentemente. Lionel Messi y Cristiano Ronaldo son sus amenazas.

Este sábado enciende 57 años el más extraordinario goleador mexicano. Irrespetuoso sería decir que engendrado por el futbol mexicano. En ese sentido, Hugo escapa a esa matriz capaz de parir a montones del montón.

Autodidacta de los caprichos ante el arco, definidor bestial de un solo toque que no creía en la burocracia del rococó, el delantero mexicano esculpió su propio yo. El alter ego de su alter ego. Frankenstein construyendo a Frankenstein para la coreografía plástica del romperredes.

Tenaz, obsesivo, orgulloso, vanidoso, entendió que sus facultades naturales le enlistaban en el ejército de los cualquieras. Pudo ser uno de tantos. Pero eligió distinto.

Hugo fue el cirujano plástico de su propio modelo. Trabajo extra. Sesiones extraordinarias. En Pumas, todos se duchaban y él seguía en la cancha.

Entendido que en sus genes no había cromosomas de genio, decidió con sudor y rabia construir un jugador de futbol que pudiera rozarse en la mitología, con los magníficos. Una palabra simple que duele a los del montón: trabajo. En esa generación suya, él soñaba mientras los demás dormían.

Porfiado, tesonero, depurando sus dotes asesinas de saltimbanqui en el área, capaz de rematar con la vulgaridad del punterazo, también elegía escribir las elegías de los adversarios en esos momentos de ballet: cuando se columpiaba y contorsionaba en un eje imposible, para pescar la pelota en la estratósfera del área.

Fascinaba cómo, cuando Hugo Sánchez elucubraba una de sus prodigiosas chilenas, había un segundo de eternizado silencio en los estadios. Era un acto premonitorio: la tribuna aguardaba la pirueta asesina, el adversario sabía que era el final de sus finales, y el compañero contemplaba al más arrogante y elegante de sus gregarios. Y después, ese estruendo de coros azorados que deificaron a Hugo. Ese funeral silencioso del rival. Y el abrazo confuso de compañeros que lo amaban tanto como lo odiaban tanto.

El destino lo premió con el anagrama perfecto. Un 10 de abril de hace tantos calendarios, pero que tiene la fascinación de la actualidad omnipresente, asesinó al Logroñés de una manera tan estéticamente perfecta, que el equipo terminó por entregarle después una placa. La víctima salía de su tumba para premiar a su verdugo. Sólo en el futbol.

Logroñés, leído al revés, duplicaba en el espejo el homenaje: señor gol. Esa tarde, Hugo -lo aceptaría después-, tuvo un par de segundos para decidir cómo rematar, cómo acomodar el cuerpo, mirar de reojo al marco, al arquero, a los defensas, y claro, se regaló una postal a sí mismo, de lo perfecto que sería la perfección de todas las chilenas. Todo en un parpadeo.

Y el Pentapichichi descolgó el balón distraído en el área del Logroñés. La pelota usurpó el espacio. Como intrusa irreverente invadió cielos ajenos. Tras la maroma, la otra maroma, esa la de la marca registrada del festejo, y los puños en alto. Dicen que era una ovación. Ciertamente fue un concierto: el grito de "¡Hu-go, Hu-go!", y los pañuelos blancos de vuelo largo y precipitado. Relataban en España que desde las ejecuciones de Manolete con el estoque ningún otro espadachín ha sido ovacionado por cortar orejas y rabo, con un balón.

Hoy, en tiempos en los que en Argentina azuzan a Messi por tener huérfana de gloria a la ansiedad de títulos de un país, guardando las diferencias entre un futbolista extraordinario y un jugador de futbol extraordinario, Hugo transitó ese corredor de infamia.

Y como a Messi, guardando las distancias, entre el arquitecto y el obrero, Hugo se fortalecía de las decepciones que dejaba en la selección mexicana. Yerra aquel gol ante Honduras que hubiera clasificado al Tri para España '82, y en 1986 los calambres, por sus vicisitudes nocturnas, le roban a la selección al único capaz de detonar a la armada alemana. Pero después de esos pasajes, Hugo regresaría a adueñarse de Madrid y de las almas en pena de los porteros de la Liga.

Después de España, Hugo regresó a México. Sólo a cobrar réditos de su fama. En decadencia ya, vivió de sus rentas. Hasta a la MLS le cobró facturas.

Como técnico vive su mejor pasaje en Pumas. Con un bicampeonato, hace historia. Toma la selección mexicana, fracasa con la preolímpica y en la Copa Oro. Su verborrea lo baja del pedestal paulatinamente. Una fugaz intentona con Pachuca parece dejarle en claro que como técnico, el discurso se le ha agotado, porque nunca fue un estudioso del futbol, sino un catedrático de sus propias facultades, sueños, aventuras y metas.

Y este sábado, con 57 años, Hugo Sánchez, tiene el derecho y el privilegio de su jactancia y fatuidad, tras haber conquistado España.

Él mismo construyó su leyenda, él mismo puede depurar sus mitos.