LOS ÁNGELES -- ¿Pierde en su trinchera con Querétaro por falta de testosterona y asalta el Infierno con excesivo derroche de testosterona?
América parecería un enigma. No lo es. La grandeza de su historia y la grandeza de su estadio encoge, arruga, marchita, intimida el espíritu de esta plantilla de jugadores.
En el Nido, en su Nido, el Águila juega con corazón de pollo. Y de visitante, el Águila recupera su corazón de ave rapaz: voraz, inclemente, descarnada, cruel.
Y con ese corazón de pollo perdió ante Gallos Blancos. Y con ese corazón de Águilas se metió al Infierno y se tragó las vísceras de los Diablos Rojos.
Y hasta con un poco de fortuna. Y hasta con el cobijo de los accidentes que sustentan al audaz. Lobos muerde como chacal y se lleva la roja. Además, Uribe yerra el penalti cobrado ante el arquero recién sacado del glaciar de la inactividad.
América gana por ese atrevimiento de visitante. Toluca pierde, como ha perdido otras veces, por torpezas mentales de sus jugadores.
Ambos clasificados a la Liguilla, se enfilan a cerrar el torneo sin apuros, pero con necesidades. Especialmente América visitando a los Rayados del técnico que lo hizo campeón, pero que hoy es un monigote de lo patético: Antonio Mohamed.
Y enseguida, ¡oh temor!, en uno de esos partidos que no puede ni debe ni quiere perder: Pumas de la UNAM. Y justo en El Nido. Ahí, donde su corazón de Águila se arruga, se encoge, entre los timoratos jugadores aterrorizados por su compromiso.
Porque, ¿qué dilema para Nacho Ambriz y sus polluelos? Salían favoritos para el Clásico en el Estadio Azteca. Y Chivas, en reconstrucción, aún al filo borrascoso del descenso, le tundió 2-1.
Más allá del futbol, esa vez el Guadalajara puso en la cancha lo que tanto se calcifica en los futbolistas del América: la testosterona. Chivas jugaron con espíritu de sementales. América padeció y murió con la fragilidad de un eunuco.
Por eso, siendo el último juego antes de la Liguilla, será, ante Pumas en el Azteca, la prueba suprema de la dimensión genuina del América: deben sacar el corazón de Águilas, donde han menudeado el corazón de pollo: derrotas en cuatro de siete juegos de local.
Convertido en el mejor huésped, con 18 puntos conseguidos, es decir dos terceras partes de su total de 27, el América puede jugar con un saludable e interesante riesgo la Liguilla: sacar ventaja de visitante y regresar al Azteca a proteger su cosecha.
Pero, para ello, deberá mantenerse segundo en la Tabla General y hasta intentar cazar a los Pumas.
O, claro, lo más saludable, que el discurso de Ignacio Ambriz y Ricardo Peláez alcance para que los corazones de Águila de peregrinos, de itinerantes, se mantenga y no se empequeñezca al tratar de defender su terreno feudal.
Aunque la duda es saber si ese apocamiento, ese temor de locales, no es un reflejo y un reflujo de las inseguridades de su propio entrenador, que como apóstol inconfundible de Manuel Lapuente, sabe perfectamente cómo leer al adversario en patio ajeno.
Porque en la temporada regular, esos devaneos de ser candil de la calle y oscuridad de su casa, suenan como anécdota si se llega a la Liguilla. Pero, sonarían a fracaso si permanecen en la Liguilla.
