LOS ÁNGELES -- Manuel Lapuente, técnico y vicepresidente del América en ese entonces, acuñó la frase que ha reverberado en otros técnicos: “El que quiera espectáculo, que vaya al circo”.
Lo hizo en la semana previa al Clásico Nacional. No se imaginaba que sí, que habría circo, maroma y teatro. Y tal vez el más colorido, folklórico, genuino e inocente festejo en la historia del futbol mexicano.
Con esas declaraciones, Lapuente recreó metafóricamente a saltimbanquis, animales amaestrados y magos en el Estadio Jalisco. Y claro, payasitos...
Pero era un América intimidante: Ochoa, Davino, Cabañas, Cuauhtémoc, Villa, El Piojo López. Lapuente tenía claro que, si había circo, el maestro de ceremonias sería él.
América dominó desde el inicio. Oswaldo Sánchez se contorsionaba en el fondo. De lo solistas de privilegio de El Nido, sólo estaba ausente El Piojo López, por sanción.
El actor estelar, Cuauhtémoc Blanco se fue refunfuñando al descanso. Rumiaba el 0-0 y arremetía contra el silbante Germán Arredondo. Le dedicaba esas miradas tan tepiteñas, de “si algún día vas por mi barrio a ver si sales”.
Como un maldito presagio que nadie entendió, que nadie descifró, que nadie tradujo como vaticinio, había entrado a la cancha del Jalisco, un sujeto, un espontáneo... vestido de payaso. Fue detenido y sacado de la cancha. Lapuente refunfuñaba. No estaba en su reparto.
Y el segundo tiempo no fue la excepción. Lapuente ordenó embestida y el América obedecía. El Chepo de la Torre vociferaba, reordenaba, pero las Águilas sobrevolaban su nido.
Pero, apareció el circo. Sí, para desgracia de Lapuente. Y apareció con personajes nuevos. Una mezcla extrañísima: hacían magia, malabares y completaban la función con cañones... y un par de payasitos.
Al minuto 68, un rechace de la zaga americanista, casi con displicencia, porque veía los intentos del Guadalajara como estertores de un muerto que se negaba a ser enterrado. El viaje del balón parte en dos el área.
Y aparece uno de esos tipos extravagantes del futbol: encorvado, calvo, despatarrado, con facha de payasito, pues, pero resultó ser mago, acróbata y domador de bestias.
Minuto 68. El Bofo Bautista condensó en un gesto, la celebración circense de su magia despiadada. El balón viaja hacia él, como azuzándolo, provocándolo, incitándolo a que sí, a que montara ahí, en ese palmo de terreno un circo mortal.
El Bofo, con esa figura de arlequín, mete un zapatazo brutal. En la parte externa del pie derecho traía un mortero escondido. Fue una centella, fue fulminante. La pelota entró pegada al poste. Cuando Ochoa se lanza por ella, ya estaba dentro de la portería y era vomitada por media tribuna poseída por aficionados rojiblancos. Golazo. 1-0.
Pero el circo que había implorado Lapuente --y que ahora maldecía--, aún tenía actos y trucos. Claro, esos saltimbanquis y magos tenían más en su repertorio.
El Bofo corre al rincón derecho de la cancha. Una pirámide de jugadores, de malita calidad, para la proporción exultante del gol. Cuando se desmonta esa montaña humana, venía lo mejor de la jornada.
Bautista hace un gesto a Omar Bravo. Claro, la acrobacia suprema. Una carcajada cómplice enmascara ambos rostros. Ajenos, el Jalisco era una esplendorosa coreografía del éxtasis futbolístico.
El Bofo, entonces, se para de cabeza y abre las piernas, o mejor, las despatarra en el aire, formando una horqueta. Omar Bravo se lanza entre ese zambo semicírculo, ejecuta un salto mortal y aterriza con una estilizada maroma, mientras bufaba, de nuevo, en algidez plena, el Estadio Jalisco.
Un testimonio. Un testamento. Sí Manolo, sí, Lapuente, el circo y el futbol tiene la hermandad innegable de que los artistas pueden ser magos con el balón, trapecistas de lo impensable, genios de la chistera del área.
Minuto y segundos después, apareció el Venado Medina. Por derecho le revienta la osamenta, les genera reumas, lumbago, escoliosis, hernias y hasta caries, a la defensa del América, y después mete un zurdazo al segundo poste. Otro golazo. 2-0.
Todavía, el Bofo Bautista se frotó las manos para tragarse una antorcha y cerrar la función de circo. Controla el balón, observa a Ochoa adelantado y le tira un arco iris, pero no encuentra la olla de oro, sino que se atraviesa el larguero, mientras en milésimas de segundo, el alma, el ángel de la guarda y la bilis, se va y regresa al cuerpo de Guillermo Ochoa.
Ha sido, sin duda, ese, el del Bofo y Omar Bravo, el más espectacular y circense de los festejos en el futbol mexicano. Ese, el día en que los payasitos de Chivas, graduados de magos, de genios, de acróbatas y domadores de animales, demostraron que el futbol puede enaltecer el circo, la maroma y el teatro.
