CIUDAD DE MÉXICO -- El 17 de julio de 1994, el Estadio Rose Bowl de Los Ángeles fue el escenario del día más triste en la brillante carrera de Roberto Baggio.
Luego de 120 minutos bajo un clima ardiente que rebasaba los 30 grados centígrados, Brasil e Italia empataron sin goles en la Final de la Copa del Mundo de Estados Unidos.
El portero brasileño Taffarel acababa de atajar el disparo de Daniele Massaro (Baresi había errado el primero), y el capitán Dunga acertó su cobro, así que Italia estaba al borde de perder la Copa del Mundo.
Llegó el turno del máximo referente del equipo italiano, el mejor futbolista del planeta en ese momento: Roberto Baggio.
‘Il Codino” debía acertar e Italia depositaría sus esperanzas en su arquero Gialuca Pagliuca, para que se emparejara la serie.
Baggio disparó y el balón se fue por encima del larguero. Los brasileños estallaron en júbilo y empezaron el festejo; los italianos se quedaron inmóviles, tendidos en el césped.
Baggio permaneció unos segundos sobre el punto de penalti, apoyó las manos en la cintura y miró al frente; después, bajó la cabeza y el consuelo de alguno de sus compañeros le resultó imperceptible.
En su autobiografía, ‘Una puerta en el cielo’, Roberto Baggio cuenta por qué tiró el penalti de la forma en que lo hizo y la pesadilla posterior que vivió tras esta falla imborrable.
“Cuando fui hacia el punto de penalti estaba todo lo lúcido que se puede estar en esos momentos. Sabía que Taffarel se tiraba siempre, por eso decidí tirarlo al medio, a media altura, justo para que no pudiera despejarlo con los pies. Era una elección inteligente. Sin embargo, el balón, no sé cómo, se elevó tres metros y se fue arriba. He fallado pocos penaltis, pero cuando los fallaba me los paraban, no se iban a las nubes”.
“Los brasileños dicen que fue Ayrton Senna desde el cielo el que elevó la pelota. Quién sabe. Es la explicación romántica a una acto inexplicable, a no ser por el cansancio. Era el primer lanzador de penalti en el equipo y nunca he escapado de la responsabilidad. Siempre he dicho que los penaltis los fallan los que tienen el coraje de tirarlos. Aquél lo fallé. Fue el momento más duro de mi carrera, me condicionó durante años. Todavía sueño con él”.
“Fue duro salir de aquella pesadilla. Si pudiera borrar una imagen de mi vida deportiva sería aquélla. Ese recuerdo se me ha quedado grabado. No olvidaré el abrazo de Riva, el afecto del cuerpo técnico de la Selección, pero yo ya no tenía la cabeza allí.
“Cuando mis compañeros fueron a cenar, me encerré en mi habitación. Una vez más, para resolver mis problemas elegí el aislamiento. Perdimos, como en Italia’90. Y eso es algo que no acepto. Perder en el campo, aunque no lo merezcas, puede ser justo. En los penaltis, nunca. ¿Les parece concebible que cuatro años de trabajo se puedan borrar en tres minutos de penaltis? A mí, no”.
