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Los altibajos de Allen Iverson

Allen Iverson puede no haber sido un jugador perfecto, pero fue perfecto para Philadelphia Jesse D. Garrabrant/NBAE/Getty Images

Cuando la gente me pregunta sobre Allen Iverson – y me preguntan bastante por él – no respondo enseguida, porque me pongo a filtrar docenas de recuerdos, procesando una ecuación, tratando de que sumen algo hasta llegar a un punto, un adjetivo que resuma todo, algo prolijo y completo.

Yo quisiera poder decir "Allen Iverson es (llenar este espacio)".

Pero nunca puedo hacerlo.

Entonces, en lugar de eso, termino contando historias que he compilado sobre Allen durante mis años como reportera especializada en los 76ers para el periódico Philadelphia Inquirer. Eso parece ser mucho más justo, dejar al oyente sacar sus propias conclusiones sobre Iverson – quien se hacía llamar "The Answer" (La Respuesta) – uno de los mejores y también uno de los más polarizadores jugadores en la historia de la NBA, quien anunciará oficialmente su retiro en el partido de apertura de temporada de su viejo club este miércoles por la noche.

Yo cubrí sus últimos días vistiendo un uniforme de la NBA, su último paso por una liga a la que él ayudó a definir. El año fue 2009, y los Philadelphia 76ers, el equipo que lo eligió en el primer puesto general en 1996, el equipo para el cual jugó la mayor parte de sus temporadas exitosas (siete presentaciones en el Juego de las Estrellas y cuatro títulos como anotador) había hecho un cambio de actitud y firmaron a Iverson con el salario mínimo de veterano a comienzos de diciembre, con la temporada en plena debacle. Y digo "cambio de actitud" porque la gerencia de la franquicia, de arriba abajo, había jurado que nunca regresaría.

Casi desde el momento en que AI fue intercambiado a Denver en diciembre del 2006, los fanáticos de Filadelfia habían estado preguntando, casi rogando "¿cuándo regresará?¿Podrá volver?". Y durante los tres años siguientes, casi hasta los días antes de que se anuncie el contrato, la posibilidad de una movida de esa naturaleza fue rechazada de plano: no es posible. No vamos a ir hacia atrás. Esa nave ya ha zarpado (imaginen a los ejecutivos del equipo sacudiendo la cabeza y las manos frente a ellos, retrocediendo lentamente).

No todos en Filadelfia adoraban a Iverson. Algunos no podían superar su actitud arrogante, su comportamiento impulsivo, su gran cantidad de tatuajes (esos comentarios sobre su arte corporal parecen especialmente tontos hoy en día). Pero mucha otra gente, aquellos que habían visto la cantidad suficiente de juegos, podían mirar más allá de su duro exterior para ver la pasión y vulnerabilidad detrás de ella, para ver el corazón del hombre.

Lo que sucede en Filadelfia, con la gente que vive y trabaja ahí, es que ellos ven lo que es falso y lo rechazan enfáticamente. Y a pesar de que hay muchas cosas molestas con respecto a Allen Iverson, la falta de autenticidad no es una de ellas.

Cuando Iverson, de 38 años, habla, es casi imposible no creerle. La mayoría de los atletas profesionales han pulido una fachada de invencibilidad. Y aquí está Iverson, entrando por la puerta, con la voz temblorosa, con lágrimas en sus ojos, prometiendo que iba a hacer su mejor esfuerzo para estar a la altura de lo que los Sixers le ofrecían: otra oportunidad.

Estaba quebrado. Los Memphis Grizzlies lo habían eliminado de manera poco ceremoniosa de la NBA a comienzos de la temporada 2009-10 porque había expresado poco placer sobre su posibilidad de jugar desde la banca. Esto fue luego de pasos por Denver y Detroit, con su estrella decayendo gradualmente en cada ciudad. Pero Iverson quería estar entero nuevamente, y necesitó que Filadelfia lo ayude nuevamente, como un bálsamo.

Cuando estás en la misma sala que Iverson, escuchando su voz con tonos de ultratumba, sintiendo su presencia total, sientes una profunda certeza de que su intención es hacer lo que está diciendo. Y luego, otras circunstancias que todavía no han sido concebidas, complicaciones no previstas, usualmente vienen por el camino para destruir o descarrilar todas esas buenas intenciones.

La noche del regreso de Iverson a Filadelfia, la ciudad y el estadio estaban en un hervidero como yo nunca lo había visto anteriormente, y no lo volvería a ver nuevamente en tres años en este trabajo. El partido estaba vendido porque los fanáticos de Filadelfia son muy leales. Iverson había dejado el corazón por ellos, había llevado a su equipo a la final de la NBA en 2001, había llevado esa franquicia en problemas hacia la gloria con su pequeño físcio, encontrando una manera de meter su cuerpo de 6 pies de altura y 165 libras a través de huecos en la defensa que nadie más veía, algo que ni siquiera existía hasta que él decidió hacer que exista.

La gente quería agradecerle.

Y por eso me sorprendí genuinamente cuando Iverson, escoltado por personal gerencial del equipo, llegó un par de minutos tarde al vestuario esa noche. Parecía atolondrado y amedrentado, como si hubiese olvidado ajustar el horario de su alarma, quitándose el abrigo mientras entraba al vestuario, apurándose para ponerse el uniforme. La razón para su tardanza, se dijo, fue el tráfico (una explicación que parecía muy pobre dada la importancia de la cita). Iverson había prometido portarse mejor, y realmente quería hacerlo, pero la vida siempre se interponía en su camino.

Ninguno de nosotros escribió sobre su llegada tardía porque queríamos creer en su cuento de hadas. Allen Iverson podía hacerte creer.

Un par de noches más tarde, los Sixers jugaban ante los Detroit Pistons, entrenados por John Kuester, quien fuera asistente en Filadelfia (1997-2003) cuando Iverson estaba destrozando oponentes en su camino hacia el premio al JMV de la liga en 2001. Antes del partido de los Pistons, Kuester contó una historia sobre un joven AI, quien en aquellos años se presentaba al entrenamiento de pretemporada para correr la milla contrarreloj un poco fuera de forma. Pero cuando tienes un corazón competitivo, el oxígeno es apenas un lujo ue estás dispuesto a dejar pasar si el orgullo está en juego.

Kuester sacudió su cabeza al recordar a Iverson corriendo por la pista más rápido que cualquiera, corriendo en tiempos en el rango de menos de cinco minutos, algo realmente sorprendente.

Hay diferentes tipos de atletas, diferentes tipos de competidores. Algunos son meticulosos con su preparación, obsesionados con el entrenamiento y presentándose el día del partido luego de haber consumido la cantidad adecuada de carbohidratos. Cuando el balón se pone en juego, empero, ellos no tienen ya ese instinto asesino. Iverson no era exactamente un ejemplo de buen estado físico, pero cuando entraba a la cancha a jugar era feroz e imparable, y se empujaba a sí mismo al dolor y la fatiga.

Recuerdo estar sentada en las bandas un par de semanas después de su corto regreso con los Sixers y verlo tirarse de cabeza por un balón perdido junto a las bandas. Fue durante una posesión relativamente poco significativa en el segundo cuarto. Para mi sorpresa, me saltaron lágrimas en los ojos al ver a Iverson levantándose del piso. Esa fue la cantidad de tiempo que había pasado desde que yo había visto a un atleta profesional recordándome tanto a un chico que acababa de enamorarse del deporte.

Pero claro, todo esto estaba balanceado con las partes de Iverson que no eran tan inspiradoras, las cosas que eventualmente llevarían a su caída: las bebidas y las fiestas, la incapacidad de terminar lo que comenzaba y ser la persona que quería ser. Cuando comencé a cubrir básquet en 2008, algunos de los jugadores jóvenes del equipo (los que eran novatos y jugadores de secundo año cuando la Era de Iverson estaba llegando a su dramático final dos años antes) hablaban sobre sus deseos de emular el comportamiento de AI, quemando la vela en ambos extremos. Y luego se darían cuenta que era imposible ser un gran jugador y estar en todas partes y ser todo para todos.

Cuando la gente me pregunta sobre Allen Iverson, les digo todas estas cosas y también les cuento sobre la ocasión en la que viajé a Estambul en 2010 para escribir una historia sobre él mientras jugaba en el extranjero para un equipo llamado Besiktas. Después de la práctica, lo vi mientras caminaba por la cancha y le pregunté si tenía tiempo para hablar, para responder un par de preguntas. Dijo que sí, que le permita unos minutos para darse una ducha y prepararse.

Esperé una hora. Nunca se presentó. Un miembro del personal del equipo me dijo que se había marchado por la puerta trasera.

También me he quedado ahí mientras Iverson tejía historia tras historia, quedándose mucho más tiempo del necesario, asegurándose de que todos tenían exactamente lo que necesitaban. Mientras estaba con él en aquella cancha en Estambul, yo creía completamente que él tenía la intención de regresar. Y luego las cosas cambiaron.

Sí, Iverson tiene fallas. Pero claro, ¿quién no las tiene? Tiene una astilla en el hombro, pero también tiene un corazón increíblemente grande en su manga. Al igual que Filadelfia. Juntos, fueron perfectos a su modo.

Imperfectamente perfectos.