BUENOS AIRES -- Cuando las condiciones innatas se manifiestan, la preparación se acrecienta, el esfuerzo se redobla y la madurez acompaña, todo parecería conspirar para que los resultados deportivos sean superadores. Pero eso no fue lo que le sucedió a Georgina Bardach, un emblema del deporte argentino que alcanzó logros impensados.
La cordobesa se encontró de pequeña con el agua y tuvo desde entonces una relación “amor-odio”, como ella misma la definió. A los cuatro años intentaron acercarla a la natación, sin éxito. Lo mismo sucedió al verano siguiente, mientras la insistencia de su padre por hacer deporte la llevaba a practicar hockey y tenis. No hubo caso, cumplió seis y no lo logró.
Sin embargo, al año siguiente el camino se definió. Aprendió a nadar, participó en su primer torneo y, según recuerda su madre, dijo: “Yo voy a ganar una medalla olímpica”. Y así fue.
Fueron años de esfuerzo supremo. Georgina se levantaba a las 4.30 am para poder hacer su primer turno, a las 7 am se iba al colegio y a la salida tenía una nueva cita con la pileta.
Se fue a La Quiaca, a 3400 metros sobre el nivel del mar, para medirse con el rigor de la altura. Terminaba los entrenamientos vomitando, dormía de día, entrenaba de noche. Estaba alejada de sus amigos y el agua estaba fría. “Era un sufrimiento”, confiesa la cordobesa, que sabe que sin esta preparación no hubiera alcanzado la presea olímpica.
Un día el sacrificio dio sus frutos. Atenas 2004 fue la sede de una conquista inesperada. Fue la primera vez en la historia que Argentina ganó una medalla olímpica en el primer día de competición y también la consagración de la natación nacional después de 68 años, cuando Jeanette Campbell fue plata en Berlín 1936.
Parecía el punto de inflexión para una deportista que no iba a tener límites. Todo lo que estaba por delante prometía ser más y mejor que lo conseguido. ¿Qué podía detener a una joven deportista talentosa, con una cabeza fuerte y un cuerpo perseverante?
El peso específico del éxito aplastó las ilusiones y en los Juegos de Beijing 2008 Georgina finalizó 37° de 38 nadadoras, 23 segundos por detrás de su marca de Atenas. Ella misma describió los juegos como un “calvario”. Y se sucedieron frases aún más terminantes: “Fue el cierre del peor año de mi carrera”, “Sólo boludeando se hace este tiempo”, “Nadar así no sirve, me da mucha vergüenza”, “La cabeza no me da para más”.
La explicación de esta situación, que parecía esconder un misterio impenetrable y que sorprendió a más de un televidente que esperaba una nueva consagración, fue tan sencilla como ella misma supo definir. “Me quedé sin objetivos”.
El efecto motivador que podía provocar aquella medalla de bronce le puso el techo muy cerca a Georgina, que de tan joven se encontró con todo lo que había soñado alguna vez. El desgaste y el esfuerzo de la alta competencia, sumado a problemas personales que no quiso detallar para que no se disfrazaran de excusa, llevaron a un desempeño abismalmente distinto al de cuatro años atrás.
Por suerte ese no fue el final para la cordobesa. La ambición le permitió una revancha, volvió a entrenarse y se clasificó a los Juegos de Londres.
Si bien en la cita olímpica no tuvo una buena actuación y se fue rápidamente eliminada, el balance fue muy diferente a la amarga experiencia de China. Georgina se sinceró explicando que no esperaba acercarse al podio y declaró: "Siempre fui realista y sabía para qué estaba. Volví a disfrutar de la natación por lo menos y llevarme una mejor sensación de cómo me fui en los Juegos de Beijing".
Al volver de Londres, se retiró en su ciudad natal y se emocionó al enterarse que la pileta del estadio Kempes llevaría su nombre para siempre.
