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¿'I love you, Miami'? El amor y odio entre los Marlins y los fans

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Los Marlins, una historia de odio y amor (3:32)

Aunque la gente de Miami ama a sus Marlins, por años la franquicia continúa siendo una de las peores en términos de asistencia. (3:32)

Miami es una ciudad de béisbol.

Y no se trata sólo porque los Marlins de Miami, una de las franquicias más jóvenes de las Grandes Ligas, ya atesore dos coronas de Series Mundiales en apenas 24 años de historia, algo con lo que todavía sueñan muchos equipos con varias décadas más de existencia.

Antes de que nacieran los Marlins en 1993, ya la Capital del Sol respiraba, sudaba y vivía el béisbol, principalmente por su gente.

La población mayoritariamente cubana trajo el béisbol en su ADN desde la isla, sentimiento engrosado con la llegada posterior de oleadas de inmigrantes nicaragüenses, dominicanos y venezolanos, otros para quienes la pelota, más que un deporte, es parte de su cultura nacional.

Sin embargo y aunque parezca una contradicción, esa pasión por las bolas y los strikes que subsiste en los miamenses no se ha traducido casi nunca en asistencia al estadio, en apoyo al equipo local.

Las causas son diversas y a ninguna de ellas le falta razón.

Es un equipo perdedor

En 18 de sus 24 temporadas de historia, los Marlins han tenido récord perdedor y de las seis en que han terminado con balance ganador, en cuatro de ellas no les ha alcanzado para llegar a la postemporada.

Solamente en 1997 y 2003 lograron avanzar a los playoffs y terminaron coronándose en la Serie Mundial.

De manera global, la franquicia miamense ostenta un récord de 1,793 victorias y 2,026 derrotas (sin contar la actual temporada) y solamente en tres oportunidades, la asistencia al parque ha superado los dos millones de fanáticos por temporada (1993, 1997 y 2012).

¿Será que a la gente, por lo general, no le gusta ir a ver a equipos perdedores?

Bueno, con excepciones. En los mismos 24 años transcurridos desde que nacieron los Marlins en 1993, los Cachorros de Chicago tuvieron 13 campañas perdedoras, algunas simplemente miserables.

Sin embargo, la asistencia siempre superó los dos millones, salvo las temporadas recortadas de 1994 y 1995.

Pero Miami no es esa excepción y los fanáticos de los Cachorros son -- perdón, eran -- los adorables perdedores.

Es caro ir al estadio

Según el sitio financiero GoBankingRates.com, el Marlins Park ocupa el lugar 19 entre los 30 estadios de Grandes Ligas en lo que a precios se refiere.

De acuerdo con esa publicación digital, el costo de una visita a un juego de temporada regular para dos personas es de 66 dólares, desglosados en 27 dólares por los boletos, 12 por un par de perros calientes y otros tantos por dos cervezas, además de 15 por el estacionamiento.

Si duplicamos esa cifra, convenimos que a una familia de cuatro personas, el costo de un juego sería de 132 dólares, aunque los datos que maneja GoBankingRates.com no son absolutamente exactos, pues hay boletos más caros y más baratos, las cervezas pueden llegar a costar más, en dependencia de la marca y el estacionamiento a veces se dispara hasta los 20 dólares, sin descontar que otros alimentos son incluso más caros.

Más-menos, una familia de cuatro miembros gasta como promedio unos 200 dólares por juego, una cifra exagerada si se tiene en cuenta que el estadio de los Marlins está enclavado en una de las zonas económicas más pobres de todos los Estados Unidos.

"Yo soy de los que veo cualquier juego de pelota, pero soy jubilado y con mis ingresos no puedo darme ese lujo. Quizás cuando vienen, por ejemplo, los Yankees cada tres o cuatro años en los interligas, me aprieto el cinturón y voy, pero ni soñar con consumir algo. Una cerveza por 12 o 14 dólares es un abuso", contó Luis Alvarez, un señor que sigue jugando softbol activamente a pesar de sus 72 años.

No se dejen confundir por los modernos rascacielos de Brickell, el distrito financiero de Miami, o por las incesantes inversiones en la zona turística de la playa.

La Capital del Sol es también la capital de los contrastes. A la sombra de lujosos edificios languidece una clase media cada vez menos media y sí más pobre, que tiene que contar cada centavo para poder llegar a fin de mes.

El ingreso promedio de un núcleo familiar en Miami era en el 2014, según datos de la Oficina del Censo, de apenas 46,946 dólares, el segundo más bajo de toda la nación, sólo mayor que Tampa, también en la Florida.

La diferencia de que mientras en Tampa alquilar una unidad de dos habitaciones tiene un valor promedio de entre 1,200 y 1,300 dólares, en Miami los precios por un espacio similar sobrepasan los 2,000.

Entonces, quienes así subsisten en el sur de la Florida tienen otras prioridades más importantes que ir a gastarse 200 dólares para apoyar un equipo que pierde más de lo que gana.

"I love you, Miami"

Con gran entusiasmo recibió Miami el nacimiento de los entonces Florida Marlins.

De hecho, esa primera temporada en 1993 ha sido la que llevó mayor asistencia, pues por única vez, se superaron los tres millones de fanáticos.

Pero de un año para otro, el número de aficionados bajó en más de un millón y fue decayendo cada año un poco más, hasta lograr un repunte hasta 2,364,387 en 1997, cuando el entonces dueño Wayne Huizenga, armó un poderoso equipo que le dio a Miami su primera corona en los clásicos de octubre.

Para siempre quedó grabada en la memoria colectiva la frase de Liván Hernández, quien al recibir el trofeo de Jugador Más Valioso de la Serie Mundial, dijo en su entonces precario inglés: "I love you, Miami".

En reciprocidad, Miami amó a los Marlins, aunque el romance se rompió pasada la medianoche, como el encanto de la Cenicienta.

En 1998, los Marlins se convirtieron en el peor campeón defensor de la historia, al perder 108 juegos, luego de que Huizenga, alegando pérdidas económicas sustanciales, desmantelara la nómina ganadora y la reemplazara por imberbes muchachos ascendidos de Doble A.

La gente se sintió traicionada y se alejó nuevamente del parque, que entonces los Marlins compartían con los Miami Dolphins, ocupantes originales del estadio que ha tenido siete nombres diferentes.

Después de esa fatídica campaña, en enero de 1999, Huizenga le vendió el equipo a John Henry, quien a su vez se deshizo de la franquicia en el 2002, cuando no pudo conseguir financiamiento para un nuevo estadio.

Fue entonces que apareció en escena Jeffrey Loria, quien venía con pésima reputación por su época como propietario de los ya desaparecidos Expos de Montreal y a pesar de que un año más tarde los Marlins se coronaban campeones de la Serie Mundial, han sido más los tragos amargos que las alegrías que ha traído desde entonces el dueño actual.

Temporada tras temporada, la gerencia se dedicó a desarrollar jugadores que luego eran canjeados a otros equipos y la gente se cansó de ver ídolos locales como Miguel Cabrera, Josh Beckett, Dontrelle Willis o Mike Lowell hacer las maletas rumbo a otros sitios por la negativa de Loria a pagar el precio que costaba mantenerlos en Miami.

"Han pasado algunas cosas a lo largo de estos veintitantos años que llevamos aquí y la gente se ha alejado del parque, pero ahora tenemos un equipo de muchachos jóvenes y talentosos que espero que la gente venga a apoyarlos", consideró el miembro del Salón de la Fama de Cooperstown Tany Pérez, asesor especial del gerente general.

La situación llegó al nivel de divorcio cuando Loria desmanteló el equipo que construyó para la temporada inaugural del nuevo Marlins Park, en el 2012.

Desde entonces, a la gerencia le ha costado trabajo firmar agentes libres de renombre y existe el rumor de que pocos quieren venir a jugar a Miami por el temor de ser canjeados apenas empiecen a salir mal las cosas.

Con la única excepción de Giancarlo Stanton, los Marlins no permiten incluir en los contratos de sus jugadores la cláusula de no cambio, algo que frena a muchos a comprometer su firma con la franquicia surfloridana.

Una rareza en ese sentido es el derecho dominicano Edinson Vólquez, quien firmó en el invierno por dos temporadas.

"Yo quise venir a jugar a Miami porque vivo aquí, aquí está mi familia, quiero que mis hijas estudian aquí, así que para mí no fue difícil tomar la decisión", contó Volquez.

Una encuesta encargada por el periódico The Miami Herald a la firma consultora Bendixen & Amandi International encontró a Loria como la segunda persona más odiada por la comunidad del sur de la Florida, sólo superado por el gobernante cubano Fidel Castro.

Así, muy pocas personas están dispuestas a entregar en la taquilla del estadio su dinero, a sabiendas que irá a parar al bolsillo de alguien que no es bien visto en el pueblo.

"Como fanático me he sentido decepcionado muchas veces y ya ese perro no me morderá más, al menos mientras Jeffrey Loria sea el dueño", dijo a ESPNDeportes Daniel Benítez, un cubano que asegura preferir ver los juegos por televisión.

"Además, hay otros factores. Si vas al estadio, cuando termina el juego no tienes nada más que hacer, pues en los alrededores no hay lugares de diversión, como en el American Airlines Arena (sede del Miami Heat), que uno encuentra restaurantes, bares y otros sitios para seguir la fiesta", añadió Benítez.

"Yo prefiero tener la cantidad de personas que sea, pero que vienen al estadio todos los días, sabiendo que nos apoyan, que tener el parque repleto un solo día a la semana", opinó el venezolano Martín Prado, capitán de los Marlins, en clara referencia a las pasadas campañas, cuando sólo subía la asistencia cuando lanzaba el cubano José Fernández.

Unidos en la tragedia

En tiempos de fiesta, cualquiera es buen amigo, pero son los momentos difíciles los que más unen y sacan lo mejor de cada persona.

Los jugadores, ejecutivos y el propio dueño Loria cerraron filas junto con la fanaticada ante la trágica muerte del carismático José Fernández en un accidente de bote en septiembre pasado.

No sería aventurado pensar que la desaparición de Fernández, probablemente el pelotero de los Marlins que más impacto haya tenido en la comunidad local, marcará un antes y un después en la historia del equipo.

Loria mostró su lado más humano ante la tragedia y en el ambiente se sintió como una tregua tácita entre el propietario y el público, mientras que el recuerdo del ídolo caído se tornó en motivo de inspiración para sus compañeros, quienes prometieron entregarse con la misma intensidad que lo hacía José.

Venta a la vista

A pesar de los resultados miserables del equipo en el terreno en lo que va de campaña, las esperanzas de la fanaticada se renovaron a principios de la temporada.

Comenzó como un rumor y es casi un hecho la venta del equipo, noticia que ha sido acogida con júbilo casi unánime en el sur de la Florida.

En primer lugar, porque saldría de escena un personaje tan detestado como Loria.

En segundo lugar, porque entre los posibles compradores hay figuras muy queridas y respetadas, como el ex capitán de los Yankees Derek Jeter, el empresario cubanoamericano Jorge Mas Santos y el ex gobernador de la Florida Jeb Bush.

De todos modos, todo indica que antes de despedirse, Loria tiene un último golpe bajo para los fanáticos y quizás tan pronto como después del Juego de las Estrellas, haya un nuevo desmantelamiento.

Sean quienes sean los próximos propietarios, los verdaderos seguidores de los Marlins sueñan con un equipo por el que valga la pena repetir, esta vez para siempre, la famosa frase de Liván Hernández tras conquistar la Serie Mundial de 1997: I love you, Miami.