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Yerry Mina, un ejemplo de superación

"Con los pies en la tierra y los ojos en el cielo" es la frase de cabecera de Yerry Mina, el lema que lo acompaña por la vida. Tiene una costumbre: cada vez que llega a un nuevo club se descalza y camina con los pies desnudos sobre el césped para que sus plantas entren en contacto con el suelo que pretende conquistar.

Cuando era un niño en Guachené, su pueblo en el departamento colombiano de Cauca, también solía andar descalzo, vendiendo verduras en la feria, en el puesto de su abuela, o repartiéndolas por las calles del barrio La Arenera. Descalzo iba a jugar en la cancha de Villa Lilia, que quedaba a cincuenta metros de su casa.

De casa iba a la escuela y de ahí, a sacarse los únicos zapatos que tenía y a jugar a la pelota. Tanta era su pasión que en el colegio Jorge Eliécer Gaitán le daban permiso para salir un rato antes e ir a entrenarse. Yerry nunca les falló, siempre cumplió con sus tareas y sus exámenes y el único motivo por el cual no fue a recibir su diploma al recibirse fue que no tenía ropa ni calzado adecuados para semejante evento.

Era el más alto del pueblo entre los jovencitos de su edad y al principio quiso ser arquero como su padre, que había atajado en Deportivo Cali y Once Caldas, pero pronto se dio cuenta de que su lugar no era ahí sino en la defensa donde, en muy poco tiempo, se convirtió en uno de los mejores de Sudamérica.

Claro que no fue fácil. Flaco y desgarbado, no llamaba la atención de los buscadores de talento. A los 15 años fue a probarse a Millonarios de Bogotá y le dijeron que volviera Guachané. Nunca estuvo en selecciones juveniles, ni siquiera provinciales. Hasta que apareció Deportivo Pasto.

Con 18 años debutó en Primera y con 19 pasó a Independiente Santa Fe. Desde entonces su carrera fue meteórica. Tricampeón en Colombia, fue comprado por el Palmeiras con el que sumó un nuevo título, en la Serie A de Brasil, y fue elegido como el mejor zaguero de la temporada.

El Barcelona de las estrellas pagó casi 12 millones de euros por su pase a principios de 2018. Fue el primer colombiano que se puso oficialmente la camiseta azulgrana. Pero las cosas no le fueron bien en el equipo de Messi. Tuvo muy pocas chances de jugar y le costó adaptarse a un estilo de juego que ponía su 1,95 metro mano a mano contra delanteros más veloces. A mediados de año ya se hablaba de una transferencia que se concretó poco después, al Everton inglés.

Tan poco jugó en el Barça que al llegar el Mundial de Rusia, José Pekerman no lo incluyó entre los titulares para el debut colombiano, preocupado por su falta de continuidad. Colombia perdió, el entrenador cambió de planes para lo que vendría y Yerry le respondió a la perfección: fueron tres partidos, tres cabezazos y tres goles de Mina para una selección que sólo fue superada en los penales por Inglaterra.

"La vida me ha dado palos, pero vuelvo y me levanto", es otra frase de Yerry Mina. Él, que nunca se rindió a los contratiempos, además ayuda a su gente. Con su padre Eulices y su primo Bryan llevan adelante la Fundación Yerry Mina "para la esperanza, reconocimiento e inclusión integral del ser".

Durante su paso por Palmeiras conoció la fundación de Neymar e inspirándose en ella creó la suya donde, hoy, más de 200 chicos de Guachané reciben asistencia física, deportiva y psicológica y muchos más también tienen apoyo escolar, actividades culturales y otros deportes. Yerry, tal vez mejor que nadie, les puede enseñar a pelear para abrirse camino en la vida, sin rendirse.