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La última decisión de Jerry Buss

Jeanie Buss está a cargo de parte de los negocios de su padre, pero interfiere en la parte deportiva M. Phillips/WireImage

LOS ÁNGELES -- La sombra de esplendores pasados es alargada para Los Angeles Lakers, pero no infinita. La hecatombe deportiva en la que se encuentra sumida la franquicia en los últimos años está llegando a su clímax en una década que se antoja insípida tras ganar el último de sus 16 campeonatos en 2010. Sin embargo, la afición por este equipo legendario sigue en alza, la confianza en que los buenos tiempos volverán permanecen intactas y en el plano de los negocios, los Lakers continúan siendo un referente mundial.

El Staples Center se sigue llenando de aficionados, algunos fieles feligreses y otros meros curiosos y amantes del básquetbol que desean vivir la experiencia Lakers alguna vez en su vida. Nunca faltan las almas generosas que disfrutan de los juegos en los asientos a pie de cancha, que llegan a ascender a 5.000 dólares cuando el equipo visitante es de categoría.

Los partidos se cuentan a base de llenos absolutos a pesar de que esta temporada el plantel disputó el primer encuentro sin las gradas a rebosar en más de seis años y el interés que existe a nivel global desde China a Turquía pasando por los más recónditos lugares del mundo es incuestionable (véase el fervor que levantan en las redes sociales (casi 18.3 millones de seguidores en Facebook y 3.6 millones en Twitter).

El acuerdo con Time Warner Cable (3.6 billones de dólares por 20 años) es otra muestra del amor ciego que se procesa a la segunda franquicia mejor valorada de la NBA (1.3 billones de dólares según la revista Forbes). Eternos patrocinios, inversores feroces, publicidad escondida en la cortesía de estrellas del celuloide, la música y otras artes de impacto social que fomentan la marca Lakers. Son tantos los aspectos favorables de este reino angelino que la mala situación deportiva ridiculiza más aún el presente del equipo.

Los éxitos actuales que sobrepasan los límites de la duela son fruto del pasado, la consecuencia de una época dorada que vio desfilar a varios de los mejores jugadores de todos los tiempos; pero sobre todo es la nítida sombra de un triunfo que no se repetirá en un futuro cercano. Los Lakers no volverán a ser lo que fueron sencillamente porque Jerry Buss se marchó hace un año, y antes de hacerlo tomó la decisión más desacertada como gestor: dejar al mando de la nave a su hijo Jim, responsable del área deportiva con 54 años de edad junto a Mitch Kupchak, que un rango por debajo, ostenta el cargo de gerente general.

CONFIANZA DE PADRE

El Dr Buss fue el visionario, el revolucionario de la era moderna de la NBA, un hombre doctorado en la persuasión y en la construcción de sueños por cumplir que acabaron por llevarse a cabo. A golpe de talonario, a base de ostentación y de promesas de otras galaxias que se hicieron terrenales. Durante 33 años, sus dotes como gestor en vida le valieron 10 anillos de la NBA (sobre 16 finales) gracias a la construcción de planteles de identidad definida capaces de girar sobre líderes de la talla de Kareem Abdul-Jabbar, James Worthy, Magic Johnson, Shaquille O´Neal o Kobe Bryant.

Sus noches de desvelo hasta el amanecer nunca mermaron su capacidad para los negocios, todo lo contrario, la potenciaron, porque cuando él se acostaba el resto de los trabajadores de su empresa comenzaban sus labores y eso engrandeció su carisma, su singularidad y unas aptitudes que hicieron que hasta sus enemigos íntimos lloraran su muerte.

Pero además de emprendedor arriesgado desde sus inicios, de jugador de póker, de gran especulador y estratega, de mujeriego y de propietario mayoritario de los Lakers (el 27 por ciento de la franquicia pertenece a AEG y el 5 por ciento a Patrick Soon-Shiong, empresario y una de las fortunas más cotizadas de EE.UU), el Dr Buss también era padre. La debilidad que profesó por su hijo Jim podría hacer que los Lakers acaben pagando las consecuencias.

LA HERENCIA

El panorama tras el fallecimiento del patriarca de los Buss dejó al frente del área de negocios a Jeanie, que junto a Jim, son las cabezas pensantes de la nueva era que se avecina para la franquicia (Janie, Jesse y Joey cuentan con cargos menores aunque son parte de la herencia). Sin embargo, el cerebro en los aspectos deportivos es Jim, defensor de un terreno en el que su hermana ni dibuja, ni pinta, ni colorea.

La primera decisión de envergadura en la que tuvo mucho que decir Jim fue en la adquisición de Mike D´Antoni en lugar de Phil Jackson para dirigir al equipo tras la fulminante destitución de Mike Brown. El Dr Buss pasaba sus últimas semanas con vida y la jerarquía familiar de los herederos quedó patente cuando el varón se impuso sobre la hembra.

Jeanie es la pareja sentimental de Jackson y asumió la decisión con el mismo estupor que su cónyuge. Jackson recibió una llamada de Kupchak en la que el gerente general le mostró su interés en el coach responsable de hilvanar el equipo que ayudó a los Lakers a lograr cinco anillos de campeón. Otra llamada de un Kupchak más ejecutor que responsable de la decisión descartó el tercer periplo de Jackson en la franquicia.

A partir de ahí hay otras decisiones que no han pasado desapercibidas, como la renovación de un Kobe Bryant tan legendario como imprevisible en el aspecto de las lesiones (dos años por 4.5 millones de dólares).

SIRVIENTE ANTES QUE MONARCA

El Dr Buss quedó cegado por su hijo, que no ha demostrado aptitudes ni siquiera cercanas que le asemejen lo más mínimo a su padre. No brilla por su capacidad persuasiva, ni por su carisma. No está capacitado para lanzar mensajes tranquilizadores a los jugadores para que recalen en una franquicia sin liderazgo ni pretensiones tan altivas como las de aquellos maravillosos años ochenta, noventa o la primera década del nuevo milenio.

El declive de los Lakers en su filosofía deportiva y en el aspecto institucional se acentuó con los últimos suspiros del Dr Buss, que con sus virtudes y defectos, fue capaz de comprar la franquicia en 1979 por 20 millones de dólares y dejarla con un valor de mercado de 1.3 billones.

Es ahí donde reside la gran diferencia que acabará pasando factura a los Lakers: no es lo mismo lograr el poder desde la nada, construyendo un camino propio con poco y empezando de cero, que hacerlo por honores de sangre y alcanzando el trono sin haber sido sirviente antes que monarca.

Si Jim no claudica o no acepta compartir su cargo con alguien más experimentado, los Lakers seguirán en barrena, una situación en la que el equipo lleva dos años y cuyo futuro no trae aires de cambio. Todavía se siente el rebufo de un pasado brillante pero las dudas emergen cuando la gestión se muestra tan frágil.

¿Por cuánto tiempo se alargará la sombra de los Lakers de antaño?

Esa pregunta solo la pueden contestar los miembros de la familia Buss, propietarios mayoritarios de los Lakers, que sin intención alguna de vender la franquicia, tienen la clave para no echar por tierra el imperio creado por su padre.